Salir en la foto

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, junto a su equipo a su llegada a la reunión con el líder del PP, Pablo Casado, el 16 de septiembre de 2019. Foto: EFE/FV

Salir en la foto

La cuestión ya no es dialogar, negociar, acordar o convencer; se trata, simplemente, de salir en la foto y ocupar espacio mediático

A tanto han llegado la degradación de la política española, la inquina de los políticos entre ellos y el desprecio de los partidos a sus propios votantes, que la cuestión ya no es dialogar, negociar, acordar, o en su defecto convencer, sino salir en la foto.

Se trata, simplemente, de ocupar espacio mediático. El resultado, si es para bien o para mal, es lo de menos. Portada para mí o para los demás. Los centímetros cuadrados de papel o de pantalla son limitados. A por ellos pues, aunque sea a codazos.

En lugar de participar en el campeonato nacional de la propuesta seria y viable, desierto por falta de participantes, en esta última etapa cronometrada del ascenso al monte del ridículo colectivo, todas las energías se dedican a destacar, todo el aliento a resoplar a fin de subir al podio imaginario del protagonismo.

¿A fin de qué? Vaya preguntita. Llamar la atención es un fin en sí mismo. Un fin que se confunde como el medio idóneo para conseguir votos.

Hasta que un Albert Rivera desaparecido sin combate, harto de no salir ni en las fotos ni en los titulares, ni siquiera en los análisis y comentarios, se las arregló para conseguir un primer plano, y vaya si lo ha conseguido, la partida estaba centrada en el flagrante y creciente desencuentro entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Ambos han procurado con tesón aparecer como lo contrario de lo que son, flexibles en vez de empecinados, razonables en vez de testarudos, con máscara inocente y sonriente tras los colmillos de implacable predador.

Si vamos a nuevas elecciones como todo parece indicar, el fracaso será de los dos.

Sánchez pretende forzar a Podemos de parecida manera a la que usó Rajoy para doblegar al PSOE

Como todo el mundo sabe desde la noche electoral, y a pesar de la multiplicidad de fotos, de decorados y de cábalas para distraer al personal y quedar bien a base de hacer quedar mal a los demás, no había, no hay y tal vez no habrá más que una fórmula para un gobierno estable: el acuerdo entre PSOE y Unidas Podemos.

Todo lo demás, el sosiego aparente del agazapado Pablo Casado, el afán de Rivera por quitarse de encima el papel, o más bien papelón, de actor secundario, deriva de la incapacidad de ambos para llegar a un acuerdo.

Ellos son los responsables, no la derecha, no el PP, no Ciudadanos, no los nacionalistas, y que cada cual reparta las culpas entre los dos como le plazca. Entre los dos y solamente entre los dos, no más allá de este perímetro.

Pensando desde el primer momento en imitar a Mariano Rajoy, si bien Rajoy no tenía otro remedio y el sí, Sánchez pretende forzar a Podemos de parecida manera a la que usó Rajoy para doblegar al PSOE, y de paso quitarse a su díscolo secretario de encima.

Al ser un resucitado, Sánchez confía demasiado en su buena estrella sin tener en cuenta que una palingenesia no convierte a nadie en un ave fénix.

En volandas de una autoconfianza desmesurada y un cierto desprecio a la verdad objetiva, Sánchez pretende situarse, no en el centroizquierda que es donde debería estar firmemente anclado, sino en el centro, ocupando todo el centro, pero a la vez en la izquierda, como si él fuera toda la izquierda.

Por eso no necesita negociar con nadie, porque mediante su extraordinario don de la ubicuidad política él sólo se basta y se sobra para sentarse en dos bancos a la vez y llenar un espacio tan ancho que, en la realidad, en la sociedad y en cualquier otro país, da cabida a una pluralidad de partidos.

Que Rivera no tiene la menor intención de apoyar a Sánchez es de sobras conocido

Del abandono del centro por parte de Cs no cabe acusar al líder socialista. Un regalo es un regalo, y si ha resultado envenenado es porque Sánchez es demasiado glotón y quiso, y aún quiere, tragarse el centro entero sin dejar sitio a su izquierda. En política, de cuadraturas del ciclo, pocas.

Las almas caritativas y las que viven de la beneficencia sociata, repiten hasta la saciedad, como si no supieran la respuesta, la misma pregunta a Iglesias: ¿por qué renunciar a un gobierno de izquierdas?

Porque la razón de ser de un partido a la izquierda del PSOE que no se pretenda testimonial o simple contrafuerte, consiste en ser útil a sus votantes, que no son precisamente de centro. A la derecha no se le exige que sea útil porque le basta con ser de derechas, a la izquierda sí.

Que Rivera no tiene la menor intención de apoyar a Sánchez, y ya veremos si en el futuro no intenta malherir a Casado aunque sea al precio de su muerte política, es de sobras conocido. Pero la treta, que no la oferta sincera, le ha servido para situarse mejor en la casilla de salida de las elecciones.

Unas elecciones que se van a centrar, si la lógica política, ajena a nuestros políticos, no lo remedia, en el cruce de acusaciones por haberlas provocado. Tras la maniobra del césar de Cs, tal vez consiga no ser el peor parado en esta competición por colgar el sambenito a los demás.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Xavier Bru de Sala

Analista, Economía Digital

De Xavier Bru de Sala recordamos su aclamado Fot-li, que som catalans (2005) y la vuelta de tuerca Fot-li encara més que som catalans (2006). Su producción literaria ha logrado varios premios. Además de con Economía Digital, colabora en El Periódico.

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