La OTAN se aburre

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y el estadounidense Donald Trump en la Cumbre de la OTAN en Londres, el 4 de diciembre de 2019. Foto: EFE/EPA/OH

La OTAN se aburre

A pesar de ser socios estratégicos entre ellos, seguimos considerando que Turquía es un miembro imprescindible de la OTAN y Rusia un enemigo real

Aunque no sirviera para nada, seguiría siendo mejor mantener en pie la más poderosa y compuesta maquinaria de guerra de la historia que desmantelarla. La OTAN nació para enfrentarse al peligro soviético. Sin duda se erigió en un gigante militar que contribuyó a la derrota de la URSS, aunque no más que la ineficacia del propio sistema.

Como advirtieron a tiempo los sucesores de Mao Zedong, lo que verdaderamente hundió al comunismo no fueron las teorías que lo sustentaban, ni el control absoluto de población por las élites dirigentes, la represión de los díscolos o la ausencia de libertades.

Tampoco la OTAN, si no es en la medida en que obligaba a los jerarcas soviéticos a un sobreesfuerzo económico para no quedarse atrás en la carrera armamentística. Aquel sistema se hundió en primer lugar porque todos los trabajadores pasaron a ser funcionarios. No hay sociedad que sobreviva sin incentivos para el esfuerzo individual.

En vez de reformar su propio sistema, los soviéticos sustituyeron los flujos de análisis de su propia realidad por mecanismos de autoengaño que alejaban año tras año el bonito país oficial del decadente país real.

Después de la caída del Muro, incluso más que antes, la OTAN puso cerco a Moscú. Por mucho que ocupen Crimea, los rusos se han quedado sin imperio y han pasado de gran a media potencia, de protagonista de la historia del mundo, de sostener un pulso de décadas con el capitalismo occidental, a actor secundario en los escasos conflictos regionales en los que tiene la oportunidad de intervenir.

Rusia no es el problema. O lo es tanto como Turquía, con la diferencia de que Turquía está en el club y Rusia no. Aún así, a menudo preocupa más Turquía, socio a todos los efectos, que la propia Rusia, antiguo enemigo y a menudo colaborador indirecto de los intereses occidentales.

Los enemigos no surgen de la nada ni se arman de improviso o por sorpresa

La tesis pragmática de Emmanuel Macron, consistente en tender la mano a los rusos, tiene bastante sentido. Rusia va a su aire, como Turquía. Rusia intenta sacar tajada de cualquier circunstancia que pueda resultar favorable. Turquía también. La de Rusia es una democracia de baja calidad. La turca igual.

A pesar de ello, a pesar de lo amigos y socios estratégicos que son entre ellos, seguimos considerando que Turquía es un miembro imprescindible de la OTAN y Rusia un enemigo real. Ambos desprecian los derechos y los valores humanos por igual, pero Europa sanciona a Rusia y subvenciona a Turquía.

La OTAN no es, por supuesto, una asociación de angelitos mediante la cual se protegen contra el mal del diablo exterior. Es una organización militar que defiende unos intereses comunes que sin duda son los nuestros.

Ahora bien, la pregunta es contra quién. Si no hay y no se espera enemigo a la vista, ¿a santo de qué mantener la guardia tan alta de una costosísima defensa? Esgrimir un ‘por si acaso’ no es repuesta válida.

Salvo un ataque de extraterrestres hostiles sin posibilidad de respuesta, si algo enseña la historia es que los enemigos no surgen de la nada ni se arman de improviso o por sorpresa. Al contrario, se les ve crecer y venir a muchas leguas.

Si el momento de la Guerra Fría quedó atrás para no volver, el de la amenaza china como potencia militar tardará en llegar. China se arma, China gasta tanto en defensa como el que más, pero lleva un enorme retraso y de momento se guarda muy mucho de desafiar el poder militar de Occidente. Su guerra es otra, de dominio tecnológico y económico y contra ella nada puede la OTAN.

Que la OTAN se aburra es una excelente noticia

¿Entonces? Para enfrentarse a Rusia no es necesaria la OTAN (ni es necesario enfrentarse a Rusia). Para impedir que uno de sus miembros, Turquía, cometa barbaridades dentro y fuera de sus fronteras, la OTAN es impotente. Es demasiado grande para intervenir en conflictos de pequeña escala. Eso se puede de hacer de modo unilateral o mediante coaliciones específicas.

Menos aún para luchar contra el terrorismo, la prioridad marcada en la reciente cumbre del 70 aniversario. Una vez eliminados o neutralizados sus santuarios, al terrorismo se le combate con inteligencia y prevención, no con portaaviones, tanques y aviones de combate.

Ante la falta de peligro que afrontar, sin otro objetivo que mantener su unión, surgen las disidencias internas por falta de objetivo. Es lo normal. Occidente, su sistema defensivo común, están en un impasse militar.

Podríamos decir que la OTAN está varada o en punto muerto de no ser porque la maquinaria se renueva, se engrasa y se pone a punto de continuo. Es lo mejor que puede hacer, es un factor de unión y de colaboración y el mundo no anda sobrado de ellos.

Incluso más, que la OTAN se aburra es una excelente noticia. Que no disponga de perspectivas de entrar de veras en acción es, visto lo visto en los últimos siglos y milenios, algo insólito, positivo. Que se esfuerce en mantener e incluso incrementar su absoluta primacía militar sale caro, pero es mejor, mucho mejor que disolverse o perder operatividad.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Xavier Bru de Sala

Analista, Economía Digital

De Xavier Bru de Sala recordamos su aclamado Fot-li, que som catalans (2005) y la vuelta de tuerca Fot-li encara més que som catalans (2006). Su producción literaria ha logrado varios premios. Además de con Economía Digital, colabora en El Periódico.

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