Partidarios de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea protestan a las puertas del Parlamento en Londres. EFE/ Neil Hall

Reinventar Europa, una oportunidad para España

Europa debe construir un proyecto en el que los diferentes países se sientan cómodos para evitar que se abracen al populismo

La situación sin precedentes creada por los prófugos catalanes pondrá de relieve las inconsistencias del proyecto europeo. 

Pero la previsible asimetría en la gestión de las euro-órdenes cursadas a varios países de la Unión Europea (UE) no será sino otra muestra de que el proyecto europeo se sostiene en un frágil equilibrio de intereses nacionales, que son un impedimento para que el Viejo Continente tenga el peso político que le corresponde en la escena global.

En muy pocos años, hemos visto como, a pesar de que la retórica dominante glose una profundización irreversible de la integración, lo cierto es que el no tan lejano optimismo fukuyamiano ha dado paso a crecientes tensiones nacionalistas expresadas en la tentación de volver a trazar fronteras y a socavar la prevalencia de la democracia liberal.

Es, sin duda, tentador argumentar que este recurso a la protección de las esencias nacionales, étnicas y religiosas denota una asimetría entre los ideales de tolerancia, civismo y solidaridad que subyacen en el este y el oeste de Europa.

Las tensiones nacionalistas han emergido en Europa durante los últimos años a pesar de los esfuerzos por la integración

Sin embargo, tanto el brexit como la centralidad de la inmigración en las recientes elecciones francesas, alemanas e italianas demuestran que los temores y preocupaciones sobre la pérdida del carácter distintivo y control sobre su propio destino que alimentan la oleada populista están más generalizados de lo que queremos creer.

Europa no puede permitirse mirar por encima del hombro a los países del este, y menos aún antagonizarlos ajustándoles un traje de talla única. En los países del este aún tiene mucho peso el recuerdo de la denominada Traición de Yalta, por lo que no debe sorprendernos su escepticismo hacia las promesas de la Europa occidental.

Para aquellos, la gota que ha colmado el vaso ha sido la crisis de los refugiados y las consiguientes presiones migratorias, que ponen en el punto de mira uno de los pilares de la integración europea, el libre movimiento de personas.

Las dos almas de Europa

El reto para el proyecto europeo es reconciliar dos bloques separados por una fractura histórica, ofreciendo incentivos para avanzar superando el enraizamiento en el pasado. A diferencia de los países del este, en el resto de Europa el tránsito hacia el multiculturalismo tiene base en su pasado colonial, que mitiga los choques culturales.

Y no han sufrido, como aquellos, las limpiezas étnicas y desplazamientos forzados que tuvieron lugar para imponer homogeneidades étnicas tras la desintegración de los imperios que los agregaban.

Sin entender estas radicales diferencias, no seremos capaces de incentivar a los países del este para que dejen de percibir la libertad de movimiento como un coste y se impliquen en el cambio de juego necesario para equilibrar democracia liberal, soberanía nacional y apertura de fronteras en una economía de mercado global. 

Muchos ciudadanos de Europa creen que están castigados por la política migratoria 

 A día de hoy, grandes capas ciudadanas creen estar situados entre el martillo de la política migratoria de la UE y el yunque expansionista ruso, como antes estuvieron atenazados entre nazismo y estalinismo. Por eso es más que dudoso que las políticas coercitivas de la UE hacia Polonia y Hungría, como en su día el despotismo tecnócrata aplicado a Grecia e Italia, no acaben haciendo más mal que bien.

Mientras la UE siga limitando su rol al de un poder normativo que impele a sus Estados miembros a gobernar, seguirá persiguiendo una suerte de utopía pospolítica, -una política sin políticos- gestionada por eurócratas que difícilmente hará nada para cohesionar a los pueblos europeos.

El relato de la UE no puede estar limitado a que la integración europea es preferible a las alternativas, porque deja un vacío narrativo que será fácilmente ocupado por el discurso del desafío populista a la democracia liberal que promete el Paraíso en la Tierra.

Porque, contrariamente a lo que a menudo se sostiene, el populismo no es únicamente la expresión emocional de desencanto por las bajas expectativas económicas, articulada como resentimiento hacia unas élites liberales -que son culpadas del terrorismo y de las amenazas a la propia identidad. 

El populismo tiene una estructura coherente que conlleva un riesgo existencial para el estado de derecho, por cuanto que las instituciones y los procedimientos formales y delimitados impiden que las mayorías populares ejerzan su voluntad incondicional.

El presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani. EFE/Stephanie Lecocq

El presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani. EFE/Stephanie Lecocq

Si la UE no elabora una visión que trascienda lo normativo, será muy fácil para los populismos ganar adeptos, ya que el relato de ser una respuesta democrática no liberal al liberalismo antidemocrático es muy persuasivo, por más que lleve a la autocracia.

Esta versión legitimista del buen salvaje de Rousseau hace que una vez que un movimiento populista alcanza su masa crítica, sea muy difícil dar razones por las cuales la gente no deba gobernarse a sí misma sin restricciones hobbesianas.

Plantear las diferencias políticas en términos morales lleva a enquistar una polarización social activa de muy difícil resolución, como bien sabemos en Cataluña.

Y esto es algo que los europeos no nos podemos permitir. Los problemas a los que se enfrentan todos los países europeos, sin excepción, son de tal envergadura que ninguna nación europea puede resolverlos unilateralmente.

Pero eso es precisamente lo que intentan demasiado a menudo los Estados de más peso, que acaban determinado la política de toda la UE, alimentando así la frustración popular en los países más pequeños.

Será muy fácil para los populismos ganar adeptos si la UE no elabora un relato convincente 

La ausencia de una política europea integrada, que sea más que la suma de sus partes, es la causa de muchas de las anomalías que aquejan a la UE.

Sin ella, no es posible hacer frente a las injerencias rusas, poner coto a las crisis humanitarias en el Mediterráneo, contrarrestar el expansionismo comercial chino ni tener una política económica unificadora.

Esto requiere de más y mejores instituciones supranacionales, no de menos. 

Es preciso desarrollar un sistema de gobernanza polimórfico, plural y representativo, que tenga capacidad y legitimidad para dotarse de un presupuesto relevante para todos y cada uno de los ciudadanos de la UE, priorizando aquellas acciones que, proporcionando beneficios tangibles y directos a los contribuyentes europeos, combatan la raíz de la latente fractura europea.

A partir de nuestra propia experiencia a la hora de sintetizar los intereses contradictorios de la mayoría y el respecto a las particularidades culturales, nuestro país está en una posición inmejorable para jugar un papel clave a la hora de reinventar el proyecto europeo, del que hasta ahora ha sido más sujeto que predicado.

España es posiblemente el país al que objetivamente más le interesa una integración europea basada en la política sin soberanías, y ciertamente tiene mucho que decir sobre cómo avanzar hacia un proyecto que debe que ser más, mucho más, que una asociación de deudores y acreedores.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Santiago Mondéjar

Analista, Economía Digital

Santiago Mondéjar cultiva una visión pragmática de la actualidad. Y la transmite con prosa directa, sin adornos. Es estratega empresarial, reconocido por mejorar los negocios en términos de operaciones, rentabilidad, gestión y crecimiento.

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