Parecidos razonables

Vista de la manifestación soberanista, a su paso por el Arco de Triunfo de Barcelona, con motivo del primer aniversario del 1-O, bajo el lema "Recuperemos el 1 de Octubre". EFE/ Alberto Estévez

Parecidos razonables

Las consecuencias del legal referéndum inglés y del simulacro catalán tienen más en común de lo que los líderes independentistas quieren admitir

A la vista de lo que está pasando en Inglaterra, y de lo pasó hace ahora un par de años en Cataluña, tal parece los pueblos también sufren crisis de la mediana edad, y que, al igual que los hombres tratan de superarlas comprándose una Harley-Davidson, a las nacionalismos les da por tener un subidón de soberanismo cuando se dan cuentan de que han cruzado el Rubicón y de que en el mundo globalizado ya nada volverá a ser como en el nostálgico pasado que intentan resucitar.

Pero como acostumbra a ocurrir con los cincuentones metidos a tardo-moteros, también los pueblos pueden acabar causando más vergüenza ajena que admiración. Aunque Artur Mas y sus lugartenientes se apresuraron a exclamar, no sin cierta excitación, que lo impensable era posible, y que el brexit era un ejemplo magnífico de ello gracias a la democracia directa, ahora nadie acepta las comparaciones con la pantomima en la que se ha convertido el febril pedaleo en el aire del Reino Unido para dejar atrás el pelotón europeo.

Y, sin embargo, las consecuencias del legal referéndum inglés y del simulacro catalán tienen más en común de lo que los líderes independentistas pueden admitir a estas alturas del partido. Desde los intentos de suspensión efectiva de la actividad parlamentaria, a la demonización del judásico disidente, encontramos en el Reino Unido los mismos patrones que conocemos de primera mano en Cataluña, que nos han demostrado lo rápido que una comunidad puede dividirse, y lo frágiles que son los mimbres de la cohesión social cuando sacamos al espíritu de la identidad del baúl de los recuerdos.

La humillación sufrida por los vanilocuentes líderes soberanistas ingleses y catalanes, fruto en ambos casos de su propia incompetencia, es directamente proporcional a su soberbia y sofisteria, mientras que los resultados de su negligencia son asombrosamente similiares.

Si en Cataluña el ahora maltrecho procés abrió la veda para la desintegración de los partidos existentes, en el Reino Unido ocurre exactamente lo mismo, dándose un constante trasvase de políticos entre diferentes formaciones, frecuentes harakiris políticos y creación de plataformas de nuevo cuño, todo ello acompañado del eco de una voluntad popular que se empeña en seguir estrellándose contra el muro de la realidad.

Y lo que ocurre entre políticos, sucede asimismo en la sociedad civil, e incluso entre familias. Hasta en la del Primer Ministro. Naturalmente, el sustrato de diferencias sociales, económicas, culturales y geográficas que ahora sirven para alimentar la polarización social en Inglaterra y Cataluña, precede tanto al brexit como al procés, pero en ambos casos, el oportunismo populista de políticos petulantes, que han puesto a sus partidos por encima de sus gobernados, ha corroído la tenue pátina que cubría los conflictos sociales latentes en sus respectivas sociedades, que ahora campan por sus respetos en toda su esplendorosa desnudez.

Está por ver cuánto tiempo estarán dispuestos a mantener la apuesta los tahúres metidos a políticos de Londres y Barcelona

Otro punto que ambos fiascos tienen en común es que se trata de procesos políticos auspiciados por y para las oligarquías económicas, que se presentan como la voz del pueblo gracias al abrumador apoyo de sicofantes medios de comunicación, y que no reparan en gastos merced a la generosidad de grupos de interés afines. Pero en ambos casos, es el pueblo llano el que acaba pagando las consecuencias de sus majaderías, bien con sus bolsillos, bien perdiendo derechos, cosas ambas que sólo los adinerados se pueden permitir; allí, y aquí.

Está por ver cuánto tiempo estarán dispuestos a mantener la apuesta los tahúres metidos a políticos de Londres y Barcelona, toda vez que la realidad se obstina en no adaptarse a sus fantasías, y bien pueden acabar traspasando la delgada raya que separa la vanagloria del ridículo.

En el mejor de los casos, una y otra cosa acabarán como acostumbran a acabar los arrebatos del cincuentón en crisis; con la Harley acumulando polvo en un garaje bajo una funda protectora, y cambiando prontamente de tema cuando algún conocido le pregunta por la Ruta 66 que iba a recorrer a lo Peter Fonda, cualquier día de estos.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Santiago Mondéjar

Analista, Economía Digital

Santiago Mondéjar cultiva una visión pragmática de la actualidad. Y la transmite con prosa directa, sin adornos. Es estratega empresarial, reconocido por mejorar los negocios en términos de operaciones, rentabilidad, gestión y crecimiento.

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