Hungría, Europa a puerta cerrada

El presidente de Hungría, Vicktor Orbán, en una sesión del Parlamento Europeo / EFE

Hungría, Europa a puerta cerrada

Europa afronta el reto iliberal de Viktor Orbán, cuya voladura controlada le permite posicionarse bien en esa unión de la que reniega

El politólogo John Mearsheimer fue una de las pocas voces discordantes en el coro de líderes internacionales que se interpretaron la tesis del 'Fin de la Historia’ de Fukuyama avant la lettre. En contraste con el ‘optimismo antropológico’ que apuntaló la expansión del Proyecto Europeo hacia los países del este, el neorrealismo de Mearsheimer nos advertía de que de este proceso de incardinación en el nuevo orden liberal surgirían nuevas crisis,  para las que las democracias occidentales estaban poco preparadas.

Se hace difícil refutar que su análisis se ha visto validado por la evolución de los acontecimientos, y la cristalización de una disidencia a los principios liberales del Tratado de Roma, organizada bajo la égida intergubernamental del Grupo de Visegrado. Esta alianza antiliberal está liderado por el primer ministro húngaro Viktor Orbán, epítome de políticas que vacían de contenido la democracia liberal manteniendo su aspecto formal,  modificando la constitución para posibilitar el encaje de decretos ad-hoc, contra adversarios, o a favor de correligionarios cuando encuentran la oposición del poder judicial.

Orbán reviste su acción política con un halo de nostalgia magiarista, caraterizado por el desafío abierto al postradicionalismo, las políticas de identidad, el antihumanismo, y el postestructuralimo que es prevalente entre las élites académicas –y por ende políticas- de la Europa Occidental. No se trata, por lo tanto, de un mero desacato a ciertos principios normativos que garantizan el acceso al club europeo, sino de un radical conflicto de visiones culturales.

El reto para el proyecto europeo es reconciliar dos bloques separados por una fractura histórica, ofreciendo incentivos para avanzar superando el enraizamiento en el pasado. A diferencia de los países del este, en el resto de Europa el tránsito hacia el multiculturalismo tiene base en su pasado colonial, que mitiga los choques culturales. Por añadidura, los países occidentales no han padecido las limpiezas étnicas y desplazamientos forzados que tuvieron lugar en los países del este para imponer homogeneidades étnicas tras la desintegración de los imperios que los agregaban.

Prima facie, la conclusión que cabría derivar de esta situación es que la cohabitación entre ambos bloques culturales es una entelequia voluntarista, abocada a la ruptura. Sin embargo, no hace falta entrar en grandes profundizamientos para darse cuenta de ni a Budapest ni a Bruselas les interesa tensar la cuerda más allá de unas ciertos límites de tolerancia no escritos: Orbán es un veterano político,  sagaz y dotado de una consumada habilidad para separar el grano de la paja, y captar el punto principal de una cuestión política. A diferencia de otros líderes continentales, que acaban incurriendo en creerse su propia retórica, Orbán entiende perfectamente que la Unión Europea tiene más de emporio que de imperio, y que la ultima ratio son los intereses económicos de los estados miembros.

Ni a Budapest ni a Bruselas les interesa tensar la cuerda más allá de unas ciertos límites de tolerancia no escritos

Ciertamente, al tiempo que la economía húngara se deteriora, aumenta la frustración entre la población, y se erosiona el apoyo electoral al Fidesz, el partido en el poder. En consecuencia, Orbán no puede permitirse comprometer el recibo de la ayuda económica europea, especialmente porque la parte del león del Sustainable Europe Investment Plan presentando a la Comisión Europea contempla que Alemania y los países del este se hagan con el 50% de su monto para decarbonificar sus industrias. Al mismo tiempo, Orbán es consciente de que la Comisión Europea sabe que no existe, hoy por hoy, una alternativa creíble a él, lo que le da cierto margen de maniobra para mantener sus políticas a fuego lento, sin temor a un deterioro radical de las relaciones con Bruselas ni mucho menos a una injerencia europea en los asuntos húngaros,  de que cualquier interferencia externa en apoyo de la oposición,  reforzaría el resentimiento nacionalista, favoreciendo de rebote a Orbán.

Pero además, Viktor Orbán y su círculo de confianza, han tejido en años recientes importantes vínculos económicos  y complicidades con las élites políticas y empresariales alemanas, especialmente en el sector de la automoción. Un ejemplo de este entendimiento se manifestó en el decisivo apoyo del Gobierno de Orbán en el Consejo de Europa a la atribulada industria del automóvil alemana, que estaba en horas bajas a consecuencia de los problemas regulatorios y judiciales derivados del ‘Dieselgate’. Hungría cuenta con ingentes inversiones alemanas en los sectores automotriz y auxiliar, dando empleo a un importante número de trabajadores húngaros, en una actividad económica que representa un 8% del PIB del país. Lo que Rusia supone para Hungría en términos de suministro energético, lo constituye Alemania en clave de empleo.

Por su parte, las empresas alemanas se benefician de condiciones muy favorables en Hungría, que otorgan una ventaja competitiva a sus manufacturas en ese país. Con todo, no es de extrañar que exista una red de contacto al más alto nivel entre ambos países, y que el Gobierno de Orbán tiene el mayor interés en ofrecer a los inversores alemanas un horizonte de estabilidad política y seguridad jurídica que les permita seguir operando en Hungría sin cortapisas de la Comisión Europea a cuenta de cuestiones sobre el Estado de Derecho.  Lejos de dar palos de ciego, Orbán se ganó la confianza de mentores en las más altas instancias de las élites alemanas, como el presidente honorario del FDP, el aristócrata Otto von der Wenge Graf Lambsdorff, el ex comisionado alemán de la UE, Günther Oettinger,  o el ex Ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble. No es de extrañar pues que las políticas industriales y fiscales húngaras sintonicen con los intereses de la industria del motor alemana, tanto en lo que respecta al marco impositivo, como en la concesión de subsidios estatales y desarrollo de obras públicas de infraestructura industrial, mucho más ventajosos que los percibidos en Alemania.

Orbán ha sido muy hábil haciendo política de alto nivel y entre bambalinas, efectivamente suscribiendo una póliza de seguros frente a la hostilidad del Parlamento Europeo a sus políticas autocráticas. Un ejemplo de ello es el episodio de la candidatura del político alemán Manfred Weber a la presidencia de la Comisión Europea, cuya oposición frontal encabezó Orbán, facilitando en cambio el nombramiento de una persona de total confianza de Angela Merkel, la también alemana Ursula von der Leyen, para cuya elección el voto del Fidesz fue decisivo.

Coincidentemente, el Gobierno húngaro se había convertido ya por entonces en el mayor comprador de armamento alemán durante el mandato de von der Leyen al frente del Ministerio de Defensa Alemán, superando incluso el volumen de pedidos de las Fuerzas Armadas Alemanas. No ha de sorprendernos pues que tanto Merkel como von der Leyen no hayan escatimado algún que otro elogio a propósito de la disciplina fiscal de Hungría, su buen uso de los fondos europeos,  y de su fiabilidad como socio comercial.

En definitiva; más allá del ruido mediático, y del esperable oportunismo de los ‘frugales’ para llevar el agua a su molino -exigiendo condicionar las ayudas del presupuesto de recuperación de la crisis del Covid-19 al respeto estricto del Estado de Derecho en los países del Grupo de Visegrado- podemos aventurar,  con cierto grado de confianza,   que la Realpolitik de Mearsheimer, con cuyas reflexiones Orbán parece estar familiarizado,  prevalecerán por encima de otras consideraciones.  

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

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