El estado espiritual de la Humanidad

Un hombre se lava las manos en su casa con la mascarilla puesta por recomendación de su médico de cabecera

El estado espiritual de la Humanidad

Queremos todos ayudar, ansiamos todos trabajar con sentido, estamos todos recogidos, atentos a la sorpresa

Vivimos inevitablemente en la conciencia de todo, somos lo que está pasando, formamos  parte de un todo efectivamente, cualquier detalle es relevante, cualquier detalle lo es todo, cualquier acción que llevamos a cabo es significativa y simbólica, la austeridad cobra sentido a cada instante, cualquier estado de ánimo es absoluto y no es nada, estamos cara a cara frente a la espera y percibimos por momentos que el futuro se desdibuja, se desvanece, que no es aquel firme agarradero, el tiempo se ha convertido en nuestro espacio, y se repite la espera.

Conocemos nuestra privación y nuestros límites, sabemos más que nunca que el mundo está acotado, nos preguntamos si somos capaces de aceptar el mundo tal y como es, en todos bulle inevitablemente la energía del comprender y la del querer comprender, percibimos fácilmente todo lo que hemos añadido, todo lo que nos hemos añadido, todo lo sobrante, vislumbramos con certeza lo fútil e intuimos la identidad que nos hemos puesto encima y que tanta seguridad nos da allí fuera, nos preguntamos por la necesidad de nuestra existencia, por el rol que cumplimos y por nuestro oficio.

Queremos todos ayudar, ansiamos todos trabajar con sentido, estamos todos recogidos, allí al fondo, en ese pequeño hueco que vibra y poco más, atentos a la sorpresa soñamos lo total, en todos habita el deseo de ir más allá, de trascender nuestro yo, vemos claramente el rostro de lo extraño, convivimos con lo desconocido en cada respiración, en cada porción de día, desconocemos el plan fundamentalmente, desconocemos el plan, dudamos proverbialmente sobre el presente.

Somos conscientes de que una misma condición nos conecta a todos, vivimos serviles y entregados a la circunstancia, aceptamos lo que es, más allá de nuestras proyecciones y ambiciones, comprendemos el sacrificio, vivimos en la repetición, cada amanecer es un gesto mayor, de una voluntad que no es nuestra e insiste, el día es el cielo, por momentos sospechamos de que esto ya no es el mundo, de que esto ya no es una ciudad ni un pueblo, de que no pertenecemos sólo al mundo, conscientes de lo que falla y falta en nosotros, nos embriagamos quietos, en nuestro espacio, celebrando lo mínimo, ya no podemos ni ansiamos ganar, vivimos sin todo aquello que nos hacía… Toda la Humanidad, sin excepción, está en un estado espiritual.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Pablo Rosal

Pablo Rosal es dramaturgo y poeta. Está licenciado en Dirección Teatral por el Institut del Teatre de Barcelona.

Enviaremos un mensaje al correo indicado con el enlace que deberás clicar para completar el alta. No recibirás ningún boletín hasta entonces. Política de privacidad