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Jordi Amat publica la biografía de Josep Benet, en la que traza el triángulo entre Pujol, Tarradellas y el que fuera el senador más votado de España en 1977

Manel Manchón

Jordi Pujol y Josep Benet, se quisieron, colaboraron, pero también se distanciaron, con proyectos distintos./EFE

Barcelona, 04 de julio de 2017 (20:44 CET)

Un descanso durante el debate de investidura. Es el 22 de abril de 1980. Jordi Pujol baja las escaleras del Parlament junto a diputados de Convergència. En ese instante las suben Josep Benet y Antoni Gutiérrez Díaz, con otros compañeros de partido. Se cruzan, pero no se dicen nada. Unos segundos después, Pujol se gira y se dirige a Benet. “Josep, ¿qué haces con esta gente?”

El 24 de abril, Pujol era investido presidente de la Generalitat con los votos de Convergència, de los Centristes, y de Esquerra Republicana. Benet, que había sido el senador más votado de España en las elecciones de 1977, se quedaba a las puertas del poder, después de “haberlo hecho todo”, como el mejor representante de la resistencia a favor del catalanismo, tras una Guerra Civil que había dejado derrotado el país.

Lo explica Jordi Amat, en Com una pàtria, vida de Josep Benet (Edicions 62), que identifica la propia evolución personal de Benet con la recuperación de la cultura, la lengua y la identidad catalanas después del desastre de la Guerra Civil y del "genocidio cultural", en expresión de Benet. Amat, que presentó el libro este martes en el domicilio particular de Benet, junto a su viuda, Flòrencia Ventura, asegura que Benet tuvo un problema desde el punto de vista político: “Fue un Fouché bueno, pero un mal Maquiavelo”.

Florència Ventura y Jordi Amat, en el domicilio de los Benet-Ventura./ED

Las izquierdas habían ganado las elecciones generales de 1977, y las municipales de 1979. Todo presagiaba que obtendrían la victoria en las autonómicas de 1980. El socialista Joan Reventós, y Josep Benet, al frente del PSUC, se jugaban el primer puesto, pero ganó, de forma sorpresiva, Jordi Pujol. Tal vez, como apunta Amat, porque fueron tantos votos a Benet –aunque no suficientes-- que impidieron a los socialistas la victoria. Pero en aquel momento, la suma de las izquierdas, con ERC, hubiera permitido un gobierno diferente al de Jordi Pujol. ¿Todo hubiera cambiado? Amat no se olvida de una cuestión, y que Esquerra Republicana, la de Heribert Barrera, contó con el apoyo de Foment del Treball, que también apoyó a Jordi Pujol. Y aquella Esquerra Republicana se inclinó por un gobierno de centro-derecha, con Pujol al frente.

Amat traza un triángulo entre Benet, Tarradellas y Pujol en una lucha por el poder

Amat se pregunta, cuando explica la anécdota de Pujol en las escaleras del Parlament, cómo encajó aquel comentario Josep Benet, un niño de la Cervera previa a la Guerra, un niño pobre, con una familia desestructurada, que lo pasa realmente mal, y que estudia como fámulo en un colegio de los jesuitas, después de pasar como escolar en Montserrat, siempre con ayudas de religiosos amigos de la familia. Ese Benet, que se considera “pueblo”, que sabe que está con los que sufren, tiene claro que quiere estar al lado del PSUC, “una concepción que nunca entendió Pujol”, a juicio de Amat.

Florència Ventura explica que Benet no tuvo “rencor” por nadie, pero que sus últimos años fueron tristes. Murió en marzo de 2008. Nadie le consultó sobre la reforma del Estatut. Se sentía apartado. Había sido amigo de Jordi Pujol, colaboró con él en mil iniciativas para reconstruir el catalanismo, pero también se enfrentó a él, con duras palabras y una carta de nueve páginas en el que le reprocha que se sirva del país para sus negocios.

Benet, como relata Amat en el libro, se enfrentó a Josep Tarradellas, formando un triángulo, junto a Pujol, que sería la clave de la transición política en Cataluña. “Los tres sabían que uno de ellos sería presidente, que tendría el poder. Tarradellas contaba con el título, algo muy poderoso, al haber mantenido la presidencia de la Generalitat en el exilio; Pujol tenía el capital y el capital, es decir, los recursos y su capacidad de liderazgo y Benet tenía toda su activivad como antifranquista, como activista, que le llevaría a Dionisio Ridriuejo a hablar de él como El Guerrillero”. Pero ganó Pujol, después de la Operación Tarradellas.

El despacho de Josep Benet, en su domicilio en Barcelona./ED

Amat sabe narrar. Perfila y sumerge al lector en el contexto histórico. Utiliza todos los documentos a su alcance, y va demostrando las distintas tesis con un material apabullante. En este caso, y después de otras biografías brillantes, como la de Josep Maria Vilaseca Marcet o la de Trias Fargas, Amat ha contado con los documentos de Benet, que guardaba escrupulosamente en su domicilio con el objeto de preparar una segunda parte de su autobiografía, que ya no pudo escribir.

Benet contacta con Serrahima y Millet, y se inicia en la recuperación del catalanismo

Con todo ello, Amat ofrece el primer instante de la postguerra, la reconstrucción del catalanismo, desde la clandestinidad, con hombres clave como Maurici Serrahima, con el que entra en contacto Benet, o con Fèlix Millet Maristany (padre del Millet saqueador confeso del Palau de la Música). Benet formará parte de un núcleo muy reducido pero “muy denso” de los resistentes democristianos. Y ya no parará hasta su muerte. “Es un caso único, el de alguien que trabaja incansablemente por el catalanismo, sin fatiga”, asegura Amat.

Esa característica única, la de un democristiano, nacionalista, que quiere “al pueblo”, que sabe que sin incluir a los inmigrantes y a la clase obrera Cataluña no tendrá futuro, es la que valora Antoni Gutiérrez Díaz para ofrecerle la candidatura a la presidencia de la Generalitat por parte del PSUC. Se trataba de alcanzar, internamente, el llamado compromiso histórico que se quería conseguir en Italia entre los comunistas y la democracia cristiana, teorizado por Enrico Berlinguer y que se logró sólo de forma parcial con el apoyo externo del PCI al gobierno del democristiano Giulio Andreotti en 1978, y que acabó de forma trágica con el asesinato de Aldo Moro.

Benet podía ser ese hombre en Cataluña. Pero no lo fue. No fue presidente. “No fue, no sería, nunca podría ser él. Era casi como una fatalidad. Una injusticia poética. Lo había hecho todo por conseguirlo, pero llegado el momento de la verdad parecía como si la tragedia se interpusiera entre él y sus deseos de una forma dolorosa”, relata Amat.

Jordi Amat, autor de Com una pàtria, sobre la vida de Josep Benet./ED

Ahora Benet podría ser reivindicado. Siendo uno de los representantes de la comisión negociadora de los nueve, que había nombrado Josep Tarradellas, y después de haber conseguido ser el senador más votado de España, con 1.325.369 votos, --el rostro de la unidad de las izquierdas catalanistas con la Entesa-- el viejo presidente le expulsaba por unas declaraciones en las que aseguraba que la negociación con el Gobierno español se había dejado “podrir”, porque no se podía trabajar con un presidente en Sant Martin Le Beau.

Benet apostaba por la ruptura, en contra de la Operación Tarradellas

Y aquello fue determinante. Tarradellas, sin ser votado, pero con el aura de haber conservado la institución de la Generalitat en el exilio, toma deciones y expulsa a los que han conseguido ya ser representantes del pueblo. Todo eso ocurrió hace exactamente 40 años, antes de que Tarradellas, después de tener todas las garantías, decidiera regresar ya a Cataluña el 23 de octubre de 1977 con su Ja sóc aquí. Más tarde, Benet, en una entrevista a Arcadi Espada, diría que Tarradellas poco menos que se vendió a Madrid para regresar como presidente. Y que triunfó “la reforma, aunque con una pieza de la ruptura”, en palabras de Amat.

Benet apostaba por la ruptura, por una unión de las izquierdas, pero el Gobierno de Suárez logró la reforma, con Tarradellas, a pesar de que fuera una petición de los socialistas –no del PSUC-- que Tarradellas regresara y con él la institución de la Generalitat. En los acuerdos, según Benet, figuraba que Joan Reventós fuera el consejero jefe de la Generalitat, con lo cual se ofrecía el poder, en la práctica, a quien había ganado las elecciones.

Pero no ocurrió. Benet no fue presidente, “pero no se explica la recuperación de este país sin su figura”, concluye Amat.  

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