No todos los Pablos son iguales

El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, en la primera sesión de control al Ejecutivo en el Congreso, el 15 de abril de 2020 | EFE/Ballesteros

No todos los Pablos son iguales

Alguna vez pienso en qué haría Paul Newman ante Pablo Iglesias. Supongo que lo que hacemos todos hasta ahora, pasar de largo

Hay pocas cosas tan estúpidas como la astrología y la homeopatía. Dentro del mismo género de necedades, algunas elevadas al extraño rango de pseudociencias, está la de creer que todos los que tienen el mismo nombre de pila comparten rasgos característicos de la personalidad.

Lo que sí es cierto es que la mayoría de nombres conocidos tienen un origen etimológico. Por ejemplo, Pablo viene del latín Paulus y viene a significar algo así como hombre lleno de humildad. De ahí a pensar que todos los que se llaman Pablo son humildes dista un océano empírico.

Los que me conocen un poco saben que no soy especialmente mitómano, aunque hay personajes que, con los años, y después de leer muchísimo sobre ellos, además de profundizar en su obra, pasan al submundo de las figuras que conforman mi “familia no consanguínea”, como toscamente la he definido alguna vez.

Por poner un ejemplo, en mi adolescencia deglutí un ciclo cinematográfico de François Truffaut en el UHF o La Segunda, como llamábamos entonces la La 2, la única alternativa a TVE1.

Devoré casi sin pestañear más de una veintena de las películas que dirigió aquel señor tan serio y genial al que yo le veía parecido físico con mi padre, desde Los 400 golpes a El hombre que amaba a las mujeres, y aquel hijo bastardo de un judío de Bayona, Roland Levy, al que el pobre Truffaut tuvo que llegar a través de un detective privado, se convirtió en parte de mi familia.

Siempre pensaba que un día lo conocería y podría abrazarle y besarle, agradecerle lo feliz que me había hecho. Cuando murió, en 1984, lo sentí vivamente. En mi imaginario siempre había pensado que un día se lo presentaría a mi padre y departiríamos los tres.

Tecleo a menudo 'Paul Newman tribute' en Google y me deleito

Quizás el miembro de mi familia de pega —supongo que Freud habría disfrutado mucho con un sujeto como yo— al que más he querido durante todos estos años ha sido Paul Newman. Aún veo una imagen suya y me emociono.

Tecleo a menudo "Paul Newman tribute" en Google y me deleito, con mucho más que afecto, imágenes de su vida, momentos de sus películas o diálogos como el maravilloso final que tiene en El buscavidas (The Hustler) donde le planta cara, con el aplomo que siempre he querido tener, a George C. Scott, un mafioso local de tugurios.

Paul Leonard Newman nació el 26 de enero de 1925 en Shaker Heights, Ohio. Hijo de un propietario de una tienda de deportes judío, desde niño se interesó por el teatro.

Sus padres trataron de convencerlo de que se pusiera al frente del negocio familiar, que le habría dado respetabilidad y posición en su localidad natal, parte de la industrial Cleveland, en los Grandes Lagos, pero tras cumplir con el ejército y participar en la Segunda Guerra Mundial, dos años en el frente del Pacífico, hizo la maleta y se presentó sin nada en los bolsillos en Nueva York para ingresar en el Actor's Studio.

Bueno, lo justo sería decir que se presentó con dos soles azules incrustados en uno de los rostros más hermosos que los miles de millones de Homo Sapiens que han poblado el planeta han podido adoptar.

Sí, la verdad es que mi amado Paul Newman era tan guapo que desde muy joven había tenido que refugiarse bajo las gafas de sol para no provocar destellos de refulgencia azul de unos ojos que todos hemos querido siempre tener.

Teniendo por ídolo a Marlon Brando, al que trataba de imitar sin mucho éxito al principio, se fue abriendo paso, primero con pequeños papeles, y luego ya de protagonista.

Newman era tan humilde que solía decir que le daba la risa verse interpretar hasta que no cumplió más de cincuenta años. A partir de ahí, remarcaba con nada de ironía, con absoluta sinceridad, solo fue un actor mediocre.

Todo lo que hizo Paul Newman lo hizo bien

Para mí, algunas de sus interpretaciones son de las mejores de la historia y, quizás, el ser tan guapo le jugó la mala pasada de no ser un intérprete tan reconocido en el oficio como otras estrellas. Lo cierto es que, aún hoy, le observas en sus interpretaciones ya de hombre maduro, desde Veredicto final o Camino a la perdición, y se te cae la baba, literalmente.

Pero si Paul Newman fue un coloso en su profesión, no tuvo una figura más menuda en las otras cosas que hizo en la vida, desde empresario a piloto de carreras (comenzó a correr con más de cuarenta años y llegó a quedar segundo en las 24 Horas de Le Mans).

Todo lo que hizo lo hizo bien. Si un día tienen tiempo y ganas de sorprenderse, prueben a buscar lo que decían todos sus compañeros del mundo del cine sobre Paul Newman, desde Susan Sarandon —Paul se bajó en sueldo y convenció a Gene Hackman para que hiciese lo mismo en Al caer el sol de 1998, para que Sarandon cobrase igual que ellos— a Tom Hanks, otro de los grandes, quien dijo que Paul Newman es, sin duda, el actor más grande con el que había trabajado; y lo dijo en 2002, después del rodaje de Road to Perdition, no después de morir Paul, lo cual tiene más mérito.

Quizás el epítome de declaración sobre Newman la hizo Robert Redford al salir del funeral laico —decía de si mismo que era, desde luego, judío pero, por supuesto, ateo— de Paul en 2008. Un reportero se le acercó y Redford con los ojos enrojecidos por el llanto le dijo “mire, joven, usted no va a tener espacio suficiente en su periódico para que yo le diga lo que ha representado este hombre para mí; y, además, yo no encontraría nunca las palabras adecuadas”. Casi nada.

Pero en lo que más triunfó Paul Newman fue como filántropo. Cuando murió se calculó que había donado más de 270 millones de dólares durante toda su carrera en decenas de causas. Perdió uno de sus seis hijos, Scott, por una sobredosis en 1978. Previamente su hijo le había dejado de hablar por una discusión. Paul no se perdonó esto nunca y arrastró su dolor hasta la muerte.

Entre sus fundaciones, son famosas A Hole in the Wall, una organización que organiza campamentos de verano para niños de familias pobres y ha logrado que decenas de miles de chavales veraneen en lagos de ensueño con todos los gastos pagados, o su empresa de salsas sin ánimo de lucro, Newman's Own, que a fecha de hoy ha donado más de 1.000 millones de dólares a diferentes causas.

Ahora piensen en otro Pablo, alguien que solo comparte el nombre con Newman

Me he leído todas las biografías publicadas de este galáctico de verdad, y no otros, y es difícil encontrar puntos oscuros en su vida. Está documentado que una vez echó una canita al aire y engañó a su segunda mujer, Joanne Woodward, en cincuenta años de matrimonio (solía decir que para qué salir a comprar una hamburguesa si tenía solomillo en casa).

Alguna vez se le fue la mano con la bebida, sobre todo con la cerveza, de la que era un auténtico adicto hasta llevar los bolsillos llenos de latas de cerveza en alguna gala de los Oscar (otra de sus frases más celebrada era de la “una caja de cervezas tiene 24 botellas y el día tiene 24 horas… ¡no puede ser una casualidad!"); y, sí, fumó compulsivamente durante muchos años, eran otros tiempos.

Pero la anécdota que mejor retrata a Paul Newman la contó su amigo Robert Redford después de muerto. Newman no era religioso, no celebraba ni la Hanukkah ni la Navidad, pero participaba de la alegría de la gente. Normalmente, en torno al 24 de diciembre solía llamar a Redford y le decía: “Oye, Bob, tú eres uno de los hombres más decentes que conozco. ¿Podrías darme nombres de gente que tú creas que necesita un aguinaldo esta Navidad? Es que estoy rellenando cheques de 10.000 dólares y ya se me han acabado los nombres de personas que sé que necesitan un empujón”.

Así era Paul Newman, un faro de dos luces azules que, cuando nos dejó el 26 de septiembre de 2008, el mundo fue un poquito peor y más vacío. Yo aún me conmuevo y enternezco al pensar en él. Deberían ustedes hacerle un hueco en su familia de pega.

Pablo

Ahora piensen en otro Pablo, que todos conocemos. Alguien que solo comparte el nombre con Newman. Siendo rematadamente feo, acumula romances por los diferentes barrios de la ciudad de Madrid, incluido, como no, el distrito de Salamanca, enamoradas a las que va colocando en diferentes puestos, en otra clase de caridad filantrópica.

A alguna, incluso, la hace ministra con 31 años y la pone de segunda en la lista electoral de su partido, como lo oyes, tía. Acumula propiedades y nunca rellena talones para los pobres, desde las muchas cuentas corrientes que acumula y con dinero procedente de democracias tan consolidadas cono Irán o Venezuela, a los que prefiere regar con el dinero de todos nosotros.

Es experto en encerrar ancianos en sus habitaciones de las residencias de la Tercera Edad, y en enviar a la UME a rociar las puertas antes de sacar las bolsas de cadáveres. Hace que personajes como Iván Espinosa de los Monteros, que nunca sería santo de mi devoción ideológica, te parezca un damnificado más de su lengua viperina: “Cierre la puerta al salir, señoría”.

Alguna vez pienso en qué haría Paul Newman ante un sujeto así. Supongo que lo que hacemos todos hasta ahora, pasar de largo, aunque alguna vez hay que plantarse delante de Bert Gordon (George C. Scott), de este Pablo tan poco humilde, e impedir que te vuelvan a romper los pulgares.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

José María F. Ameneiro

Consultor, empresario y, sobre todo, lector.

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