Iglesias entrando en la prisión de Lledoners el viernes para su visita a Junqueras. EFE

Cuán peligroso es viajar a Lledoners para canonizar a Junqueras

Que un socio preferente de Sánchez acuda a una cárcel a negociar con Junqueras es una victoria separatista y un golpe a la justicia

El viernes, una delegación de Podemos encabezada por Pablo Iglesias visitó la cárcel de Lledoners, donde Oriol Junqueras está recluido en prisión preventiva. En un lugar tan insólito como una cárcel se celebró una cumbre política, hecho inédito en nuestro país. Debemos realizarnos tres preguntas, todas ellas con respuestas inquietantes. 

¿Es lícito celebrar una cumbre política con Junqueras de protagonista si está suspendido de sus funciones de diputado por mandato judicial dado que está procesado por rebelión? ¿De qué han hablado Junqueras e Iglesias? ¿De presupuestos, de presionar a la justicia o de todo a la vez? ¿Es Iglesias un enviado de Pedro Sánchez o actúa por libre?

El hecho de que un socio preferente de Sánchez acuda a una cárcel a negociar con Junqueras es en sí mismo una victoria para los separatistas y supone para la justicia una enmienda a la totalidad.

El líder de Podemos pone en cuestión la independencia judicial y da un balón de oxígeno al independentismo a la vez que sitúa a su partido y a su confluencia catalana, Catalunya en Comú, como un acólito al servicio del independentismo.

Iglesias, que es un tipo listo, sabe perfectamente las consecuencias de su visita y, por lo tanto, las acepta pensando que obtendrá beneficios tangibles e intangibles. Como, quizá, la aprobación de los presupuestos del Ayuntamiento de Barcelona o ser aceptado como parte del statu quo por el mundo "indepe".

Cataluña se ha convertido en un lugar extravagante donde los políticos, en vez de reunirse en el parlamento, lo hacen en penitenciarias o en el extranjero

En todo caso intuyo que su visita será valorada por muchos españoles –catalanes incluidos– como una traición, dado que no ha acudido a la cárcel como acto de humanidad hacia Junqueras, sino en búsqueda de su mero beneficio político.

Sobre la segunda pregunta relativa a en qué se ha centrado la conversación, la respondieron a la salida de la cumbre carcelaria, con todo detalle, los republicanos: presupuestos a cambio del final de la separación de poderes. Y es que ya lo dijo Santiago Rusiñol: “Cuando un hombre pide justicia lo que quiere es que le den la razón”.

Era evidente que ERC no podía ceder a la primera. Eso sería ponérselo demasiado fácil a Carles Puigdemont, que en pleno ataque de cuernos ha llamado a capítulo a Quim Torra para celebrar la enésima cumbre en Waterloo el lunes 22.

Aún nos falta por ver la firma de un acuerdo presupuestario en la cárcel. Cataluña se ha convertido en un lugar extravagante lleno de gente peculiar donde los políticos, en vez de reunirse en el parlamento, lo hacen en penitenciarias o en el extranjero.

Los republicanos sí ven que está a su alcance que el vicepresidente del Govern, Pere Aragonès, apruebe unos presupuestos autonómicos con el voto de Puigdemont y Miquel Iceta.

Apoyará las cuentas de Sánchez, porque esos presupuestos le permitirán hacer política a las puertas de las municipales.

La foto –no existente– de la reunión no hace ningún favor a Sánchez. Iván Redondo, el megagurú de Sánchez, que deja en nada a Pedro Arriola, lo debe haber visto tan claro que ha lanzado las terminales monclovitas a desmarcarse de Iglesias, pero el daño ya está hecho.

Al poder establecido le conviene la amnesia y congraciarse con Junqueras para que, a cambio, rompa con Puigdemont

Se hace muy difícil, por no decir imposible, que nadie crea que Iglesias no acudía a Lledoners con un mandato de Sánchez o, como mínimo, con los mensajes y ofertas a realizar alineadas. Iglesias lleva semanas ejerciendo de vicepresidente in pectore y ahora es poco creíble que no haya acudido a la cárcel sin coordinación alguna con la Moncloa.

Las visitas a Lledoners a homenajear a Junqueras son muy peligrosas: degradan nuestra democracia al cuestionarla.

El líder republicano es consciente de cuál es su horizonte judicial, sus responsabilidades e irresponsabilidades. Y lleva meses reconstruyendo el relato de su papel en septiembre y octubre de 2017 para poner todas las dificultades posibles a una sentencia acorde a la gravedad de sus presuntos delitos o para conseguir un indulto posterior.

La idea de que Junqueras no fue parte esencial del problema, sino la solución, no es nueva. ¿O es que nadie recuerda la operación diálogo de la que hoy reniega incluso el PP, o la foto en el congreso de móviles de Junqueras con sus manos en los hombros de Soraya Sáez de Santamaria?

¿Tampoco recuerdan las reuniones en la sala vip del Prat entre Junqueras y Luis de Guindos? ¿O el paseo por la Rambla de Catalunya de la ex vicepresidenta antes de visitar a Junqueras en la consejería, cercada semanas más tarde por manifestantes mientras se realizaba un registro por orden judicial?

Hoy a nadie del statu quo parece interesarle recordar que en el momento en el que Puigdemont iba a convocar elecciones autonómicas, por presión de Íñigo Urkullu en connivencia con la Moncloa, fueron los de ERC, con Junqueras a la cabeza, los que amenazaron con romper el Govern si esa convocatoria se hacía efectiva.

Podemos no ve problema alguno en que Cataluña se convierta en una republica bolivariana

Hoy a nadie parece interesar recordar que fue el portavoz de ERC en Madrid, Gabriel Rufián, quien colgó a Puigdemont del revés en Twitter y lo tachó de Judas.

Hoy nadie quiere recordar que ese día la que más fuerte gritaba por los salones de la Casa del Canonges era la número de dos de Junqueras, Marta Rovira... 

Hoy a todo el poder establecido le conviene la amnesia y congraciarse con Junqueras para que él, a cambio, rompa con Puigdemont y le aísle entre las brumas de Waterloo.

Porque unos, los de Podemos, no ven problema alguno en que Cataluña se convierta en una republica bolivariana. Y los otros, el poder establecido, que es mucho más que la Moncloa, no creen que se pueda cambiar el presente ni el futuro de Cataluña.

Ceen que partiendo al separatismo en dos, republicanos y Puigdemont, ya habrán ganado. Y se equivocan.

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Economía Digital y sus accionistas.

Joan López Alegre

Analista, Economía Digital

Joan López Alegre es autor de Hablar de todo y no saber de nada. Al margen de su carrera política, fue diputado en el parlamento catalán, es profesor de comunicación política en la UAO-CEU y licenciado en Historia (UB).

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