Votemos, ya

12 de septiembre de 2014 (14:14 CET)

Pasó el 11-S catalán y ya está claro que la V convocada por la ANC y Òmnium ha sido un éxito rotundo. En la Gran Vía y en la Diagonal de Barcelona se agolpó un gran número de personas, una inmensa marea humana de color “oro y flama”, que es uno de los eufemismos catalanes que sirven para designar a la bandera del país y evitar así la combinación rojo y gualda, que se atribuye en exclusiva a la bandera española, aunque los colores coincidan.

Fueran los que fuesen, la Guardia Urbana habla de más de un millón de personas, pero me da igual, porque no voy a entrar en la típica guerra de cifras, la percepción de cualquiera que estuviese por aquellos lares el jueves a la hora de la siesta no puede ser otra: en las calles barcelonesas había mucha gente, muchísima gente vestida con camisetas o bien rojas o bien amarillas que les sirvieron para formar una gran V con los colores de la bandera catalana a las 17:14 en punto.

El mosaico fue bello y el recuerdo pacífico de la guerra de 1714. Algo muy simbólico teniendo en cuenta los tiempos que corren y la cerrazón del Gobierno español que hace oídos sordos a lo que pasa en Cataluña.

En Tarragona, en cambio, se congregaron unas 2.500 personas, según fuentes oficiales. Digo lo mismo que he escrito arriba: para mí como si los de la SCC y C’s hubieran logrado concentrar hasta 7.000 personas, que es lo que dicen ellos. Lo que sí que he visto es que el color predominante en el foro romano tarraconense era, precisamente, el rojo y gualdo de la bandera española, aunque los organizadores reivindicasen la senyera con una reproducción gigante que encargaron para la ocasión.
 
¡Que barbaridad, y qué error, también, el que cometieron Albert Rivera, Carme Chacón y Alicia Sánchez Camacho en Tarragona
! Los tres se convirtieron en los líderes de un unionismo cuyas bases se arropan con la bandera de la “roja” subordinando —o menospreciando, lo que es peor— la simbología catalana. Esa batalla la tienen perdida, por lo menos en Cataluña, porque la mayoría de los catalanes consideran que Cataluña es una nación y quiere que eso quede claro. Pero ya se sabe que para estos tres dirigentes políticos unionistas, lo de menos es la política catalana, porque lo que de verdad les importa es mandar en Madrid. Cataluña es sólo un trampolín para conseguir medrar en la política española.

Si en los ambientes políticos de la Villa y Corte no se dan por enterados sobre lo que acaba de pasar en Barcelona, intoxicados por esa minoría unionista tripartita catalana, lo que van a descubrir bien pronto es que tienen un problema muy gordo. Si la respuesta de Madrid es mandar al fiscal general y poner en marcha el Código Penal, lo que pasará dentro de menos de 60 días es obvio. Entonces se verá que la propuesta consensuada por los partidarios de consultar al pueblo de Catalunya sobre su futuro no es ningún juego.

La revuelta catalana puede ser de órdago si aquí no se ven las urnas el día 9N y el Gobierno español sólo aplica la represión. El presidente Artur Mas ya no podrá vacilar —aunque soy de los que cree que él no duda en absoluto— cuando se produzca lo que parece inevitable, que Mariano Rajoy impugne la ley de consultas y prohíba su convocatoria. Se acabó lo que se daba y CiU lo sabe.

El músculo soberanista está fuerte, a las imágenes me remito, sin que le haya ablandado la tensión el caso Pujol, que es lo que deseaban algunos, en Cataluña y en Madrid. Ahora falta saber si los políticos catalanes están a la altura para buscar una solución que no sea un fraude.

Negocien lo que quieran, porque hay tiempo y nadie criticará que lo intenten, pero que no se lleven a engaño, la única solución pasa por votar. Y eso deben metérselo en la cabeza los agoreros del diluvio, quienes, aunque parezca mentira, tienen más cancha en los medios de comunicación que en la calle.

Sin consulta no hay solución. La gente quiere decidir y se lo demanda, en primer lugar, a los políticos nacionalistas, hoy en el gobierno de Cataluña Y, por otra parte, a ver si se enteran de una vez en Madrid: la gente quiere votar porque está harta de los políticos y de sus mangoneos bajo mano. Exige democracia y rechazan la vieja política, preñada de corrupción, que les margina en la toma de decisiones. Quien quiera prescindir de la democracia ya puede ir preparando su entierro. En Cataluña, en España y en todas partes.


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