Volver al campo

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01 de junio de 2012 (09:46 CET)

Hablaba el otro día con un agricultor de secano del Solsonès que me decía que, visto el panorama, a ellos no les iba mal. El precio de los cereales remonta y la ganadería, depende del ámbito, aguanta. Leía también las declaraciones del famoso alcalde de Rasquera, Bernat Pellissa, que después del pavoroso incendio (¿intencionado?) que ha quemado 3.000 hectáreas en Rasquera, el Perelló, Tivenys y Benifallet, hablaba de la oportunidad de empezar de cero. Con esto quería decir que ahora se podrían enmendar los errores hiperconservacionistas que sucedieron en el anterior incendio de la Sierra de Cardó de 1995.

El impedimento de la entrada de rebaños a pasturar provocó un crecimiento descontrolado de bosque y sotobosque que al no existir otra gestión forestal que la ganadería ha sidocombustible fácil para el último incendio. Los rebaños de cabra blanca (especie autóctona) y de bueyes podrán, al parecer, esta vez, comer en estas zonas lo que permitirá crear un mosaico de vegetación diversa y sostenible.

Otro dato es que, tanto en Grecia como en Catalunya, la crisis de civilización estructural y la crisis económica coyuntural pero de larga duración que se divisa, está propiciando el regreso o simplemente la llegada de jóvenes con titulación universitaria a desarrollar actividades vinculadas con la vida rural. Si a esto añadimos el hecho que sea por convicción ecológica, o sea por necesidad de subsistencia, hay una eclosión de huertos urbanos en terrazas o en espacios habilitados, podríamos decir que un aspecto positivo de la crisis es el regreso al campo.

El índice de población activa agraria catalana es ridículamente inferior a la media de los países desarrollados de Europa. La atracción migratoria de las urbes industriales y la apuesta única –fomentada por la mayoría de gobiernos- por la agricultura y la ganadería industrial ha creado algunas oportunidades pero han liquidado muchas otras.

En la liga internacional de la agroindustria, Catalunya está muy bien posicionada. Importantes multinacionales de transformados alimentarios tienen sede en Catalunya y esto ha sido posible, en un primer momento, asentándose sobre la capacidad de producción industrial de agricultores y ganaderos catalanes. Ahora que ya tenemos multinacionales catalanas, esperemos que crezcan.

Pero el siguiente paso tendría que ser que compensara el precio que han pagado territorios enteros para lograr esta primera acumulación de capital. En este sentido, el problema de una parte importante de los agricultores es la dificultad para comercializar. El problema ya no es la calidad y originalidad, donde han hecho inversiones físicas y también en talento. El problema es que o no consiguen poner en valor sus productos frescos o, cuando los productos son elaborados, el minifundismo empresarial les impide tener éxito en los mercados.

Así pues, el primer deber es apoyar a las producciones que tienen valor añadido y que, por tanto, no necesitan incrementar sistemáticamente la cantidad. Así se apostaría por la calidad, las denominaciones de origen o certificadas, la producción ecológica o de kilómetro cero o slow food. Se debe aprovechar también el tirón de la gastronomía catalana más de lo que ya se hace. Se tendría que apostar por productos de la tierra que son los que ofrecen la excelencia.

Pero todavía hay más por hacer. Se tienen que cambiar los criterios conservacionistas por los de sostenibilidad verdadera. Un territorio no gestionado con actividades agrarias y ganaderas tradicionales es un territorio expuesto a la degeneración. El ulraconservacionismo que ha impregnado muchas actuaciones de los departamentos de medio ambiente con gobiernos de todos los signos es el peor enemigo del territorio sostenible.

El regreso de ciertas actividades agrícolas o ganaderas con la obligación --si quieren ustedes-- que sean ecológicas y destinadas a la elaboración de productos singulares tendría que estar incentivado ya que tenemos el porcentaje de superficie boscosa más grande de Europa en un marco de clima mediterráneo.

Esto pasa por favorecer abiertamente las centenares de hectáreas destinadas a estos usos. Y los primeros que podrían dar ejemplo son los gestores de espacios naturales, el fundamentalismo de algunos de los cuales es patético ( y si hay que cambiar alguna ley se cambia) impidiendo replantar viñas donde hace cincuenta años había viñas. O impedir rehacer prados donde hasta hace poco había prados.

Catalunya Caixa, principal propietario privado de suelo protegido, podría ser también el motor de un movimiento de gestión sostenible de sus espacios, es decir garantizar la preservación gracias precisamente a la recuperación de actividades rurales o turísticas.

Y dejemos para más adelante la propuesta de reutilización de los solares urbanos que no se edificarán en décadas y espacios periurbanos abandonados para facilitar a los parados su cesión para la plantación de huertos de subsistencia y como terapia de trabajo.

Garantizar la supervivencia a algunas familias (mejor que la caridad) y aumentar la población activa con dos o tres puntos gracias a una potenciación de las actividades agrarias del país, no es una frivolidad. Esto que estamos viviendo, no es el fin del Imperio Romano, pero lo parece.
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