Volver a empezar

28 de diciembre de 2015 (19:30 CET)

Los resultados de las recientes elecciones generales del 20D, como también los de las autonómicas de Cataluña del 27S, nos han dejado mucha perplejidad y, asimismo, mucha materia de reflexión. Pero también han dejado, en mi opinión, algunas cosas muy claras. La más clara es que habrá que votar de nuevo, por dos ocasiones, y en breve plazo.  

En Cataluña, la más evidente de las conclusiones es que las elecciones autonómicas del 27S no han proporcionado ninguna respuesta viable a la situación compleja –diabólica, según dicen algunos– que se ha instalado entre nosotros. Siempre según mi personal criterio, no se puede formar Gobierno, ni mucho menos gobernar de forma sensata con el aliento de un puñado de anticapitalistas en el cogote.  

El apoyo de la CUP a la investidura de Artur Mas sería una mala noticia
, porque ahora ya sabemos que en eso de la CUP nadie, ni siquiera sus propios miembros –¿los tiene?–, conoce sus intenciones. Si no se aclaran en más de dos meses para decidir su voto, ¿cómo se aclararían en la compleja tarea de dirigir la cosa pública en una sociedad avanzada y moderna, como es la de Cataluña en la actualidad?  

Los muchachos y muchachas de la CUP están muy bien para oponerse a todo, pero muy mal para gestionar nada. Asumir tareas de responsabilidad, que exigen madurez y elevado nivel de preparación técnica, no es cosa para estos simpáticos mozalbetes. Nada, en Cataluña no queda más que volver a empezar.  

Respecto a la gobernación del Estado, andamos en las mismas. No es posible que alguien que trata públicamente de "indecente" al Presidente del Gobierno y candidato ganador, luego se coma sus insultos con patatas y le proporcione el apoyo de su partido en la investidura.  

Sería algo así como rectificar sus propias palabras y atribuirse a sí mismo la condición de "indecente". Además, la legislatura se convertiría en algo caótico y la gestión de la crisis económica que nos tiene contra la pared completamente imposible. Hemos visto cosas muy raras en política, pero ésta es, simplemente, inimaginable. En España no queda más que volver a empezar.  

Tampoco es posible la solución contraria: puesto que el partido más votado no puede formar Gobierno, que lo forme el segundo. Esto es, el PSOE. Para formar un Gobierno presidido por Pedro Sánchez, haría falta contar con el apoyo de Pablo Iglesias y los diputados de Podemos. De entrada, no.  

Por otra parte, eso supondría que Pedro Sánchez debería asumir un papel de reformador en profundidad. Tendría que hacer de sastrecillo valiente y matar a siete de un golpe. ¡Pero no a siete moscas! Por lo menos, a siete barones y, sobre todo, baronesas de su propio partido. El desvencijado casco del PSOE no está para esas piruetas.  

Por este lado, tampoco hay margen ni espacio. A Pedro Sánchez no le dejan más que comer las cáscaras de altramuces que el PP tira al suelo, según le explicó Patronio al Conde Lucanor y nos ha recordado, no muy recientemente, el gran Don Juan Manuel, Príncipe de Villena y Señor de la Llanura.  
Iglesias es el ganador moral de estas elecciones y ha demostrado una capacidad analítica y unas dotes de estratega que no abundan por estos lares. Yo no tengo dudas de que será presidente del Gobierno de España algún día. Pero para llegar a eso tiene que comer muchas sopas todavía.  

El PSOE no puede darle sus votos porque sería un verdadero harakiri. La derecha del PP y Ciudadanos tampoco puede echarse al campo así, a la brava. Lo suyo es estarse muy quietos conservando todo lo que haya que conservar. E incluso, lo que no haya que conservar. ¡Ah!... y construyendo AVE, muchos AVE. A ver si ganamos el campeonato mundial de AVE, ya que hemos conseguido el record Guinness del paro.  

¡Me olvidaba! Queda una última opción que es formar un Gobierno "Todos juntos en unión defendiendo la bandera de la Santa Inquisición". Es una fórmula imaginativa y prometedora. Seguro que le encantaría a Albert Rivera, porque le tiene más miedo a unas nuevas elecciones que un gato al agua.  

Pero va a ser que no. ¿Alguien se puede imaginar a Mariano Rajoy discutiendo respetuosamente con Pablo Iglesias en las sesiones del Consejo de Ministros? Yo no. Creo que esa fórmula no es de este mundo.  

Nada, en Cataluña y en toda España no queda más que volver a empezar. Es decir convocar nuevas elecciones. Es verdad que el momento no es para darse esa clase de lujos. Tenemos una deuda pública a punto de superar el monto del PIB de España.  

Pero bueno, eso, al fin y al cabo, no es muy importante. Muchos países tienen una posición deudora semejante o peor. Pero lo que sí es muy importante, y muy grave, es el déficit público. Que no hay quien lo pare. Y el saqueo de la bolsa de reserva de las pensiones, que nos obligará muy pronto a gastar más recursos ordinarios en el sostenimiento de las pensiones por jubilación. Así que, más déficit y, por tanto, más deuda.  

En otras palabras, lo grave, muy grave, de nuestra deuda es que sigue aumentando. También es grave, muy grave, que no se crean puestos de trabajo aunque se reduce el paro. Hay que tomar decisiones y proceder a reformas urgentes y muy impopulares.  

Es cierto que nadie puede asegurar que unas nuevas elecciones aclaren el panorama. Pero hay que intentarlo. ¡Cuánto antes!
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