Vividores o ‘disruptores’

09 de marzo de 2013 (17:29 CET)

Esta semana hemos conocido la voluntad del Presidente Mas de fijar un límite a los sueldos de los responsables de la cosa pública, en un movimiento moralizador del que veremos nuevos episodios que, si no se venden desde arriba, serán impulsados desde abajo. El pasado fin de semana vimos lo mismo, desde Suiza, donde se ha aprobado en referéndum, tras una iniciativa popular, que los accionistas de las compañías cotizadas puedan forzar una votación y vetar las retribuciones que se asignen a sí mismos los directivos de la empresa.

Los accionistas tendrán voz en las retribuciones convencionales, pero también en los bonus de bienvenida y de final de la relación que habitualmente reciben los altos directivos. Si los dirigentes empresariales incumplen los límites impuestos por la junta general de accionistas de su empresa, pueden ser condenados hasta a tres años de prisión. Tanto el gobierno suizo como las patronales se oponían a la iniciativa. Y perdieron. También son recientes, tanto la decisión de la Audiencia de encarcelar a los culpables de financiación irregular de Unió, como la imputación de altos cargos de Caja Penedès por delito de conspiración contra bienes societarios al subirse sueldos e indemnizaciones poco antes de abandonar un barco que ellos mismos habían hundido.

En este contexto de actualidad me gustaría situar dos hechos estructurales que cabalgan sobre estas decisiones mencionadas. El primero es que la OIT sitúa España entre los estados con más desigualdades de la OCDE. Los estados nórdicos están una vez más entre los más igualitarios. En Finlandia los salarios del 10% de la población con sueldos más altos multiplican por 2,3 los del 10% de sueldos más bajos. En Suecia y Dinamarca la relación es de 2,7. Los poderosos estados centrales del bienestar, Francia y Alemania, muestran relaciones del 2,9 y 3,3; y España, liderando los estados continentales, presenta una relación de 4,1.

Y todavía se quedan fuera de las cuentas los altos sueldos de la banca y las grandes firmas del IBEX, y los ingresos de los parados. Entonces la cifra sería escandalosa. Sólo somos superados por los estados anglosajones ultraliberales, como EE.UU, Gran Bretaña, o Nueva Zelanda. Pero en su favor hay que destacar, como mínimo, que en estos lugares la creación de empresas tiene apoyo social y público.

Pero atención, cuando se mira con lupa la media española, en realidad en Catalunya y en los territorios industriales la pirámide es mucho más plana que en Madrid y los territorios subsidiados. España tiene una economía en la que el gran capitalismo ha crecido bajo las faldas del Estado y dos terceras partes del territorio están subsidiados por Europa y Catalunya para mantener la desigualdad salarial y social. El mensaje que se envía al mundo es que los vividores cobran más que los emprendedores y trabajadores.

El otro hecho estructural es que, a pesar de que la pirámide social y salarial sea tanto poco eficiente, la revolución científico-tecnológica global puede llevar --y esperamos que lleve-- a muchos de los grandes dinosaurios económicos y políticos a la extinción. En un artículo reciente en el SmartPlanet Daily se analizaba cómo, incluso, las empresas más innovadoras y tecnológicamente avanzadas no pueden mantenerse al día con el ritmo del cambio. Y muchos de estos cambios son ‘disruptivos’  --verdaderas innovaciones creativas-- no simples mejoras y evoluciones de productos o servicios existentes.

Larry Downes y Paul F. Nunes escriben en Harvard Business Review que el ritmo de ‘disrupciones’  se está acelerando. Y algunos de los cambios son promovidos a éxito internacional por los usuarios en cuestión de semanas. Downes y Nunes denominan a esta nueva generación de emprendedores- inventores: “big-bang disruptors". Gente que no tiene miedo al riesgo y a la experimentación, aliados con los usuarios innovadores que a menudo participan en el desarrollo de productos; sin la pesadez de las empresas tradicionales que tienen ciclos largos en la implementación de novedades; y compartiendo una estrategia indisciplinada. Por todo esto, las empresas grandes, con grandes sueldos por sus conservadores altos directivos, que no quieran acabar en el cementerio de los dinosaurios, tendrán que adaptarse a los nuevos tiempos.

Conclusión o “moraleja”. En los tiempos de la globalización, de la sociedad 2.0, de la creciente fuerza del consumidor que todavía no ha acabado de descubrir,  ¿alguien cree que se podrá continuar manteniendo pirámides salariales tan enormes, primando económicamente las posiciones de poder económico y político por encima del valor añadido de la creación, producto o servicio?

¿Alguien cree que una democracia de calidad, la única que puede coexistir con una economía del conocimiento eficiente, tolerará que los vividores cobren mucho más que los trabajadores y que las personas creativas y ‘disruptores’?

¿Qué continuarán en lo alto de forma desorbitada aquellos que viven en muchas ocasiones a a expensas de los otros; y al fin y al cabo aquellos que aportan algo a los otros? Diganme utópico, pero veo señales de cambio en la vieja Europa. Y sólo por la fuerza y la limitación de la democracia, que es el camino emprendido por el PP en tantos ámbitos, podrán parar, temporalmente, este movimiento de fondo.
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