Victoria Álvarez: la ex novia en la cueva de los hurones

23 de febrero de 2013 (12:45 CET)

Victoria y Alicia, dos señoras de empeine alto pilladas bajo el huroneo y los secretos de alcoba. La España de Rajoy muere en Método 3, la gran mentira de la conspiración y el espionaje con la que se trata de encubrir el auténtico flanco débil: el caso Bárcenas, una derivación del inmenso sumario Gürtel, que hunde en el fango a la derecha española y que ofrece vía libre a la revisitación franquista de la otra derecha, la latente, comandada en la sombra por José Mará Aznar. Si la España de Rajoy habla bajo sospecha, la de Rubalcaba no quiere ser menos. Su discurso metódico en el debate sobre el estado de la Nación no disiente de su natural propensión al bisbiseo. El jefe de la oposición conoce bien los métodos de Paco Marco, el patrón de la dichosa agencia que trafica olímpicamente con la discreción ajena.

Tan lejos ha llegado el eco de las escuchas, que el jefe del contraespionaje, Félix Roldán, declarará a puerta cerrada en la Comisión de Secretos del Congreso. Echará pelotas fuera; no es precisamente un espía surgido del frío, como los de John le Carré y tampoco parece un héroe del M 16 británico en plena Guerra Fría. Lo suyo es una especie de segundo capítulo de Francisco Paesa, aquel funcionario de Interior relacionado con la trama de los Gal que fue descubierto por Método 3 y que se dio por desaparecido en Bangkok. Para entonces, la agencia, hoy abocada al cierre, presumía de ser la versión española de la Pinkerton, un ejemplo de moral perdedora inmortalizado en la serie negra de Dassiel Hammett, El hombre delgado.

Descartada Alicia, la espía-espiada se encarna en Victoria Álvarez, la ex novia del presunto. Sobre todo desde que las cloacas del poder emergieron por lo visto en un florero de mantel en La Camarga. Ella se ha convertido en la impensable cúspide de un iceberg que sumerge secretos de políticos, fiscales, empresarios y periodistas de diferente pelaje. Cuando salió de denunciar los supuestos malos tratos y las maletas andorranas de su ex, Jordi Pujol Ferrusola, Victoria se encontró su declaración colgada en Internet. Actuaba como testigo protegida, pero conoció entonces el tenor de la indefensión: la declaración de un secreto, realizada en secreto, es el mejor altavoz. Y, hoy, semejante pandereta hace imposible calibrar la seguridad jurídica de la ciudadanía.

El suyo no es un asunto de Estado, pero rechaza el gesto paródico de los que han querido convertirla en heroína de un capítulo de Mortadelo y Filemón. Emerge en la pantalla revestida de Christine Granville, aunque ni por asomo; se mueve, eso sí, con el sigilo de la dama de Carlisle, la que inspiró a Dumas en Los tres mosqueteros. Se reclama pepera pero trabajó con Jordi, el mayor de los Pujol, jugando a dos bandas, como lo hacía Aline Griffith, más conocida como condesa de Romanones, que lo mismo actuaba en zona nacional que ante el desmantelado lugarteniente de Líster, en el frente aragonés. No es una heroína al estilo de Valerie Plane ni tiene el estoque de Margarita Konencova, aquella agente del KGB, que quiso fichar a Einstein para la investigación atómica soviética. Pero juega con fuego, inconsciente de que la patria --“el último refugio de los canallas”, escribió Samuel Johnson-- dará para muchos quebraderos de cabeza, antes de que “sobre las ruinas de las naciones, edifiquemos la Ciudad”, en palabras de Eugeni d’Ors.

La corrupción abre el apetito de los detectives. Aunque lo de Método 3, más que hambre es incontinencia. La agencia tiene unos 20.000 expedientes de investigaciones realizadas en los últimos 28 años, el equivalente a diez furgones de policía. Entre los trapos sucios, que el nacionalismo no ha sabido lavar en casa, la agencia encontró a Victoria y trató de cruzar en su camino pruebas que la relacionaran con el Palau y con la Fundación manchada, que ha llevado el nombre del gran economista Ramon Trias Fargas. Cuando Método 3 podía con todo, investigó a los herederos de Joan Laporta en la junta del Barça y conoció las muescas que dejaron las noches de Castelldefels en los bongos de Ronaldinho, mago del balón. Allanarle el camino a Guardiola (despidió a Ronie y a Deco) y conocer las intimidades de algunos miembros de la junta le costó al Barça 20.000 euros, una baratija que enganchó a Xavier Martorell, ex director de Mossos d’Esquadra, jefe de Seguridad de CDC y hoy responsable de prisiones.

El secreto ajeno es una droga de diseño que Marco y sus detectives han sabido vender. Martorell se aficionó; descubrió el elixir del dossier por el que había pasado años antes Miquel Sellarès, el actual responsable del Centro de Estudios Estratégicos (CEEC), quien no hace mucho exigió un ejército para la Catalunya independiente del mañana. Sellarés vuelve siempre; la pólvora le puede. Su toque carlista sigue la línea insurreccional de Prats de Molló, aquel intento de Macià contra Primo de Rivera, abortado por la gendarmería francesa, con la ayuda de Ricciotti Garibaldi, espía fascista italiano y nieto de Giuseppe Garibaldi.

Martorell, por su parte, moderniza el mismo anhelo que Sellarès. Quiso montar los servicios de inteligencia de la Catalunya independiente, un CNI catalán, pero su poesía chocó con el pragmatismo de Felip Puig, en su etapa al frente de Interior.

Los detectives y las damas son una dupla siempre fiel. Por donde han pasado Alicia y Victoria le tocará el turno a Cospedal, otra mujer de tronío. Ella desveló en público la existencia de una chicharra debajo de su coche, sin saber que se trataba del dispositivo de seguimiento utilizado por las agencias. La número dos del PP, toledana en los aires y madrileña en el desdén, fue al parecer un blanco de Método 3. Quién sabe si su palabra se grabó un día en los micros florales de un centro de mesa. Su ambición no conoce precedentes; ella sabe qué pie calza su partido. El sumario de Gürtel saldrá a la luz y no podrá esconderse detrás de un espionaje pueril.
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