¡Váyase señor President! (2)

04 de enero de 2013 (21:09 CET)

La política catalana es dadaísta. Hay una corriente en los últimos días que la califica de surrealista, pero no, se equivocan. Lo de aquí es puro dadaísmo, pura antipolítica. Provocación y rebelión, o un mestizaje desproporcionado de ambos conceptos, contra la razón.

El episodio último sobre el que apoyo esta tesis es el de la mayor privatización que conoce Catalunya. Se trata del agua, del servicio de distribución de ese bien público desde las cuencas fluviales hasta los municipios. Se le llama técnicamente suministro en alta, porque otra cosa diferente es la distribución en el interior de cada población, desde donde lo deja Aigües Ter-Llobregat (ATLL) hasta el grifo de cada quien.

Desprenderse de los bienes públicos ha tenido dos grandes corrientes en España. La primera ola de privatizaciones se produjo a finales de los 80 y principios de los 90. Puso la primera piedra un gobierno de Felipe González y continuó José María Aznar, acelerando aún más, con la venta de todos los antiguos monopolios –electricidad (Endesa), teléfono (Telefónica), banca pública (Argentaria), gas (Enagás), carburantes (Repsol), aviación (Iberia)...– al capital privado. Las razones de aquellas urgencias no fueron otras que obtener ingresos para constreñir el déficit público al listón del 3% del PIB que preveía el Tratado de Maastricht para acceder a la moneda única, el euro. Las urgencias son malas consejeras y algunas se hicieron entre regular y mal. Salvo, eso sí, para ciertos amigos y antiguos compañeros de pupitre.

La segunda gran oleada de privatizaciones llega ahora, cuando la crisis empuja las finanzas públicas al descontrol. Para disciplinarlas, vender patrimonio. Los políticos no han encontrado otra fórmula. Quizá no les quede tiempo de pensar entre mítines, cenas con militantes y delirios radicales varios. Tanto en Madrid, con un gobierno de los conservadores del PP, como en Barcelona, dirigida por otros conservadores, los de CiU (aunque a veces lo disimulen con la bandera), la privatización es un modelo ideológico que encaja bien. Ambas formaciones pierden más tiempo en defender la eficiencia de lo privado frente a lo público, que en lograr mayor eficacia y competitividad en la gestión del ámbito público. Curioso, porque esta última es una de las razones por las que los ciudadanos les votamos y les costeamos el salario. Cuestión de convicciones.

A veces se empeñan en adjudicarse hasta la razón. Basta con analizar al detalle la privatización de ATLL para concluir que el sector público si se lo propone es altamente ineficaz, cuando no una verdadera calamidad. Este medio ha seguido al detalle la evolución de ese proceso cuando casi nadie se interesaba por él. Desde el primer momento hemos intuido que las cosas no se estaban haciendo bien. ¿Por qué? Sobre todo, por el oscurantismo del Govern en este asunto. Empezando por el silente e independentista responsable de comunicación de Territori i Sostenibilitat, Quim Torrent, y acabando en las penosas explicaciones ofrecidas el jueves por el nuevo conseller y portavoz, Francesc Homs.

Por más listo que se suponga ante la canallesca, Homs quedó en evidencia: a preguntas de Economía Digital se contradijo y más allá de la retórica propia de la politiquería no supo explicar por qué Acciona se llevó el contrato del agua catalana mientras existían dudas razonables (jurídicas incluso) de que habían demasiados puntos oscuros en ese concurso. O tampoco supo tranquilizar a nadie sobre la inseguridad jurídica que provoca una chapuza como la que acaban de cometer.

El presidente de la Generalitat, Artur Mas, que debería haber dimitido la misma noche de las elecciones a la vista de su fracaso, debería hacerlo ahora por este mayúsculo fiasco de ATLL. De nada me sirve el argumento de quienes recuerdan que tanto él como su fiel escudero Germà Gordó (hoy flamante conseller de Justícia –y no es una broma– y aforado parlamentario) eran favorables a la oferta de Agbar. Alguien de su gobierno, se llame Lluís Recoder, Leonard Carcolé o Pau Villòria se ha equivocado en este proceso llevando al Ejecutivo catalán, a su presidente incapaz de corregirles y a todos aquellos que se han empecinado en gobernar de esta manera al precipicio de la sospecha. Sospecha de corruptela, de ineficacia, de incapacidades manifiestas, de falta de respeto por los principios democráticos...

Pero tras la dimisión del presidente dadaísta, que desfile detrás la mayoría de la oposición parlamentaria catalana, a quien se le ha pasado por alto la importancia estratégica de este proceso de privatización, lo que podía esconder detrás y los malos modos con los que se ha llevado a cabo. Ni Alicia Sánchez ni Pere Navarro merecen gobernar este país si son incapaces de ejercer de opositores a la altura de los tiempos y las circunstancias.

Dadaísmo, de verdad, puro dadaísmo.

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TRATAMIENTO SEMANAL DE CHOQUE:

Supositorio matinal >> Pronto se sabrán cosas de cómo evoluciona en lo judicial el llamado caso de las ITV. Hay algunos nombres que aparecen en ese sumario, lejos aún del punto de mira de los jueces, que acaban de ser recompensados con altos cargos en el nuevo Consell Executiu. El más llamativo es el del conseller de Justícia, Germà Gordó, antiguo gerente de CDC. Pero no es el único. Su secretario general procede del equipo Esade que promovió Francesc Xavier Mena (el consejero cómico de la anterior legislatura). Se trata de Enric Colet Petit. Un nombre que también, hasta ahora, aparece de forma tangencial en el sumario de marras.

Supositorio nocturno >> Sorpresa en la inmobiliaria Metrópolis por la información divulgada hace unos días por este diario y caza de brujas posterior. Casi siempre sucede y para este medio se ha convertido ya en un clásico. En vez de preocuparse por la información de fondo de la mayoría de los asuntos, en algunas compañías prevalece el quién lo ha dicho o, como decimos los de pueblo, quién ha sido el chivato... Tan acostumbradas están algunas empresas a controlar sus vergüenzas que cuando, ocasionalmente, aparecen en los medios les preocupa más matar al mensajero y a sus fuentes que arreglarlas. Y, además, algunas actuaciones dan risa.
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