Varias razones para alegrarse de la defunción de las cajas de ahorros

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20 de abril de 2012 (18:49 CET)

Heráclito de Éfeso, también conocido como El oscuro de Éfeso, era de esos filósofos griegos anteriores a Platón que se hicieron los amos del aforismo gracias al uso de las antítesis y del oxímoron. Todo fluye, todo cambia, nada permanece, dijo y consiguió pasar a la historia del pensamiento.

Heráclito dijo cosas tan obvias como que nadie podría bañarse dos veces en el mismo río. Las circunstancias del cauce fluvial cambian y nunca son exactamente igual que antes.

Cito al filósofo griego para ilustrar lo que está sucediendo en Caixabank y en otras muchas antiguas cajas de ahorros españolas que se han transformado para afrontar los nuevos tiempos. Cuando oigo algunas voces que defienden el modelo anterior de cajas de ahorros no las escucho y me sorprendo de que, desde una perspectiva de modernidad y progreso, pueda defenderse un modelo tan anacrónico que sus resultados han acabado empozoñando a todo el sistema financiero español. Por fortuna, en ese río (Caja Castilla-La Mancha, Cajasur, CAM, Caixa Girona...) nadie podrá bañarse de nuevo.

Algunas paradojas: Caixa de Catalunya (o de Girona o de Tarragona) eran entidades fundadas por las respectivas diputaciones provinciales. Esos organismos, hoy perfectamente prescindibles, se rigen por el proceso democrático de las elecciones municipales. Los plenos de un ayuntamiento o de una diputación son abiertos a los medios de comunicación. La opinión pública puede tener información sobre qué y cómo se trata en esas instituciones, aunque esa circunstancia tampoco vacune contra las prácticas desafortunadas o la propia corrupción.

En cambio, las asambleas de las cajas de ahorros eran un coto cerrado a un grupo determinado de compromisarios que nadie supo nunca a qué se dedicaban (si exceptuamos la recogida del libro o de la caja de bombones con que eran obsequiados) cuando levantaban el brazo representando en teoría al conjunto de la sociedad a la que servían y a sus instituciones democráticas.

Quienes me recuerdan que las cajas eran pluralidad financiera, más competencia y más obra social deberían saber también que eran unas instituciones de fisonomía predemocrática, en las que se amañaban los sorteos de compromisarios representantes de los impositores, los políticos se repartían las representaciones de ayuntamientos, consejos comarcales y diputaciones... Las cajas daban sentido a instituciones de la sociedad civil –y en Barcelona pueden citarse algunos ejemplos– que sólo persistían porque eran depositarias de una serie de asientos en la asamblea de alguna caja.

La imagen de Juan Pedro Hernández Moltó (Caja Castilla-La Mancha), el cura Miguel Castillejo (Cajasur) o Arcadi Calzada (Caixa Girona) al frente de esas instituciones sólo puede evocar tiempos oscuros, tenebrosos... Eran años en los que las cajas eran defendidas como un modelo de apego al territorio, de pluralidad y competencia financiera, pero nadie hablaba del clientelismo político, del oscurantismo en la gestión, de la ineficiencia de los gestores...

La mayor pérdida sobrevenida con el cambio es que ahora los trabajadores no están representados en los consejos de administración. Y añado a esa tesis que el papel de los sindicatos durante años tampoco es para felicitarlos ni lanzar cohetes. Se resumían, en síntesis: resguardar los intereses de cada central, oponerse a cualquier medida que pudiera mejorar la eficiencia laboral (o hacérsela pagar a precio de oro) y, finalmente, votar en la mayoría de ocasiones a rebufo de lo que hacía el resto. Salvo alguna excepción, han influido poco y no siempre acertadamente en la gestión.

Han pasado los años, y como Heráclito decía, nada permanece. Ni tan siquiera las malas prácticas a las que me refería. Esa transformación en bancos nos ha permitido ver como algunos de los grandes gestores de cajas han perdido la cobertura y privilegios antiguos para afrontar ahora juntas de accionistas en las que desde el cuentacorrentista con acciones hasta los trabajadores piden explicaciones a los gestores y pueden afearles la conducta. Son los minutos de gloria a los que se refirió Andy Warhol, pero que antes no existían para preguntarle a Isidro Fainé por qué razón no hay cartuchos de tinta en los cajeros o qué solución piensa dar La Caixa a los suscriptores de participaciones preferentes que no han aceptado el canje propuesto por la entidad.

Han cambiado los tiempos y los gestores de los nuevos bancos procedentes de antiguas cajas de ahorros tienen un compromiso con la transparencia: demostrar que la transformación en bancos no supone un paso atrás, sino un avance en términos de transparencia y fiabilidad.

Hay algunos bienintencionados defensores de las cajas de ahorros que insisten en convencerme. Pero me atrinchero: cualquier tiempo pasado, en términos de transparencia financiera, fue peor.
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