¿Vale la pena presentar un concurso de acreedores?

12 de diciembre de 2012 (19:25 CET)

Por circunstancias de la vida, tanto personales como profesionales, una de las labores que realizo --y, sinceramente, a plena satisfacción-- es asesorar de forma gratuita a gente que se enfrenta a un concursos de acreedores.

Desde hace un tiempo, los perfiles de los usuarios han cambiado. Hemos pasado de personas luchadoras a gente totalmente derrotada. Incluso alguno me ha hecho dudar sobre la propia validez del sistema concursal. Los afectados razonan argumentos descorazonadores: ¿Para qué pagar un concurso y un administrador para perder hasta la casa? Sí, cada día parece más sencillo mantenerla sin pagar.

Efectivamente, muchos concursados pierden la casa y, encima, pagan al administrador concursal por “hacer bien las cosas” mientras que otros, quienes directamente no pagan, se fortifican en una guerra sucia contra el sistema por mantener unas prebendas sin pasar por la mediación del concurso. Uno de los afectados sacó a la luz el caso de la periodista/ heroína/ escritora Cristina Fallarás, quien incluso se negó a aceptar la dación en pago (algo que muchos verían un alivio). ¡Cómo si tener una casa fuera un don divino que había que mantener por encima de todo!

Todos estos temas nos tienen que hacer reflexionar sobre esta doble vía estúpida que estamos creando. Aquellos que cumplen la ley y presentan concurso son criminalizados. En el caso extremo de un desahucio, incluso pierden su casa o su empresa. Pagan, encima, a un administrador concursal y una estructura judicial. Por otro lado, aquellos miles que prefieren huir, bien por desconocimiento o por incapacidad, gestionan una salida basada en los sentimientos, pero no en la ley. Permanecen, en muchos casos, hasta en su casa.

Es decir, este país ha convertido la obligación (presentar concurso) en pena; mientras la devoción (primero, mis sentimientos) en virtud. Tras años de vinculación con una infinidad de concursos, me doy cuenta que, entre todos (yo, el primero), hemos prostituido la ley y el sistema concursal hasta tal punto que es más recomendable estar fuera de la ley que dentro de ella.

Eso es cierto. Lo proclaman los medios, los pseudo medios, y todos aquellos aldatares que se pasean por tertulias explicando batallitas en las que priman los sentimientos antes que las leyes, e incluso que las formas. Seguramente, es la perfecta plasmación de aquello tan denostado en otras columnas de lo “políticamente correcto”. Cada vez que lo pienso, confirmo cuál es el gran error de este país: no hacer las cosas porque hay que hacerlas, sino porque lo más guay es hacerlo o decirlo así. “El parecer antes que el ser”, que diría cualquier filósofo griego en un bar de copas nocturno.

Y, la verdad, da un poco de vergüenza ajena, por no decir asco, pensar que aquellos que han cumplido con lo que marca la ley --presentar concurso cuando se incurren en unas presentes o previsibles deudas-- son enviados al infierno mientras que aquellos que acumulan deudas --pero tiran del sentimiento y del persianazo-- siguen cabalgando orgullosos de sus actos. Una auténtica vergüenza.

Pero no sólo afecta a los concursados, salpica a todo el mundo. Perder los principios, ignorar las leyes y prostituir la convivencia se está volviendo algo tan habitual que, quizás, mi próxima recomendación a un potencial concursado sea algo así como: “¡Lárguese del país y que les den a todos!”.

Pensemos en todos los que conocen el sistema. Sinceramente, ¿qué ganan con presentar un concurso cuando el único fin ya no es proteger a los acreedores o mantener la empresa, sino simplemente el desmantelamiento de la actividad? O, peor aún, la genuflexión del empresario. Y ya no hablamos de un concurso personal, en los que uno está cerca de perderlo todo. A lo que se tiene que añadir gastos de abogados y la administración concursal.

Podemos escribir más frases que podrán crear polémica. Por ejemplo: “Vamos fulminando gente honrada y manteniendo con el dinero de todos a personas que no tienen dónde caerse muertos”. A los pobres de solemnidad debe atenderlos la beneficencia y los servicios sociales. A los ciudadanos que han arriesgado lo suyo, que han querido cumplir con la ley, deben atenderles el Gobierno y protegerles la Justicia. Y eso, tristemente, no ocurre. El Ejecutivo crea una propuesta de desahucios infumable en la que, en su afán de quedar bien, protege a quién debería proteger la beneficencia y abandona al verdadero motor del país: la clase media. Aunque si repasamos los actos que tienen lugar en algunas tertulias como las citadas anteriormente, alguna clase media no debería estar en esa categoría por su simpleza moral.

Lo increíble es que quiénes no lloran --algo típico del esperpento de país que tenemos-- son, en su mayoría, gente emprendedora que al final se montan su Guantanamo particular. Pasan al lado oscuro de la sociedad y se difuminan en la oscuridad de los años. Mientras, aquellos que jamás han aportado nada y que han olvidado sus obligaciones anteponiendo sus sentimientos, pasan por delante. Los acabamos manteniendo todos. Y esa dicotomía no sólo es mala, avala un futuro negro. Oscuro de solemnidad, marcado por los que someten y los que les gusta vivir sometidos.

Al final, cuando estas semanas alguien me pregunta qué debe hacer siempre le digo que tiene dos opciones. Si quiere vivir en la oscuridad pero con dignidad, es preferible presentar el concurso voluntario de acreedores y olvidarse de ser una persona social. Si quiere vivir en lo políticamente correcto, en el ego de sus sentimientos y ser una persona socialmente reconocida, que baje la persiana y llore en diferentes medios. Lo triste es que la sociedad no deja de ser el reflejo de nuestros actos, y estos avergüenzan ante el espejo.

Muchos dirán que es un problema de políticos, jueces, o legisladores. Yo, cada día tengo más claro que es un simple problema de nivel cultural, educativo y formal. Algo tan básico como el respeto a uno mismo hace años que ha desaparecido en este país. Y cuando uno no se quiere a sí mismo ocurren las barbaridades que cuento. Realmente, da hasta vergüenza tener que escribir que uno vive aquí.
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