Urdangarín, la infanta y sus mosqueados patronos

11 de mayo de 2013 (19:54 CET)

Cuando hace unos años la infanta Cristina de Borbón decidió casarse con el jugador de balonmano Iñaki Urdangarín e instalarse en Barcelona, la sociedad civil de la ciudad se lanzó en su apoyo. La decisión de instalar su domicilio en la capital catalana, los gestos del Príncipe de Girona hacia la comunidad y la aparente descentralización monárquica fue bien recibida, sin excepción, por todos los poderes catalanes.

Parecía que tener a la monarquía cercana era una oportunidad que aproximaba a Barcelona a esos activos intangibles, de proximidad al poder, de capacidad de interlocución, que Madrid lleva en su ADN capitalino desde tiempos inmemoriales.

No fueron pocas las instituciones de la ciudad que se brindaron a darle cobertura a la actuación de la Casa Real. Hubo instituciones educativas, financieras, se creó una fundación ad hoc, se invitaba al matrimonio a cualquier evento de relevancia... Sólo es necesario invocar la memoria para recordar varias fiestas de asociaciones patronales en las que los grandes invitados eran algún miembro de la Casa Real y los empresarios y sus mudadas acompañantes hacían cola, pacientes y expectantes, para obtener una fotografía con el Príncipe Felipe y su esposa.

Eran otros tiempos, de exuberancia, de delirio, de apariencia permanente y servil. La monarquía en España tenía una imagen aceptable, casi de renovación generacional. Con algunas salvedades, era una institución en la que la ciudadanía se sentía relativamente reflejada.

No es que haya pasado mucho tiempo, pero una década es una eternidad en determinadas ocasiones. Hoy, ni la monarquía ni sus soportes políticos, económicos y ciudadanos están en su momento más álgido. Los affaires que han salpicado a varios miembros de la Casa Real han sido más determinantes que la presión republicana para llevar esa institución constitucional a sus más bajas cotas de popularidad, solvencia y reputación.

Tanto es así, que si antes las grandes empresas contrataban a sus miembros para dar lustre a sus consejos de administración, fundaciones o actividades sociales, hoy preferirían no haberlos conocido jamás. Los yernos o exyernos (Jaime de Marichalar, en la aseguradora Winterthur; Urdangarín, en Telefónica) fueron elevados a categorías profesionales que sobreponderaban sus habilidades por el enlace que suponían con la corona. La infanta Cristina fue acogida por la Fundació La Caixa cuando José Vilarasau pilotaba la entidad financiera y el socialista Lluís Reverter, antigua mano derecha de Narcís Serra, era el todopoderoso secretario general y hombre de absoluta confianza de la Casa Real. Ya saben, favor con favor se paga…

El entramado del caso Nóos ha hecho saltar por los aires la bonhomía de los patricios barceloneses. Algunos observan con recelo su participación en la Fundació Príncep de Girona (ver patronato) y en La Caixa no sólo han dejado de cobrar las cuotas de la hipoteca concedida al matrimonio Iñaki-Cristina, sinó que tienen que apechugar con el daño reputacional que la financiación y la vinculación laboral suponen para un banco en un momento de crisis financiera como la actual. Telefónica, siempre cerca de la Casa Real en tiempos de César Alierta, tampoco se siente cómoda con el yernísimo. Nadie, o si acaso Miquel Roca, que ha pergeñado una buena operación de márketing jurídico asumiendo la defensa legal, está por la labor.

No extraña, en consecuencia, que quienes estimularon los vínculos hoy estén más preocupados por reducirlos, cuando no eliminarlos, con urgencia. Por ejemplo, ayudando a encontrar un inversor institucional que desee adquirir el lujoso chalet de la infanta y su marido en Barcelona por un precio de entre siete y ocho millones de euros. Tanto Isidro Fainé como César Alierta han puesto a sus respectivos equipos a dar voces para buscar soluciones laborales e inmobiliarias para la pareja.

Vender el palacete permitiría reducir la exposición pública de las dos grandes compañías con respecto a Urdangarín y señora. Todavía se sospecha que la deriva judicial del presunto caso de corrupción puede complicarlo todo (hay delitos indiciarios para la infanta que deben despejarse después de que se anulara la primera imputación), y de ahí que las urgencias y los apremios no sean menores.

TRATAMIENTO SEMANAL DE CHOQUE:
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Supositorio matinal >> A los obsesionados con la protección de sus conversaciones telefónicas. Se está llegando al paroxismo, y en especial en algunas esferas de la Administración. En Catalunya, hay consejeros que reciben en sus despachos y piden a sus interlocutores que abandonen su teléfono móvil en una sala adyacente o en la antesala. Empresarios que barren permanentemente sus sedes corporativas, hombres de negocios que quitan la batería del móvil en los restaurantes y así un largo etcétera. Conclusión: quien más se protege, más tiene que esconder.


Supositorio nocturno >> A Antoni Serra Ramoneda y Josep Maria Loza, antiguo presidente y director general de Catalunya Caixa, respectivamente. Dejaron una entidad arruinada, con un agujero que en proporción es mayor que el de Bankia. También debieran administrarse supositorios para los socialistas que en su día formaban parte del consejo de administración. Antoni Castells, entre ellos. Tanto mirar a Madrid, tanto quejarse de la caspa del PP financiero en la capital y en Valencia, han perdido de vista el lodazal financiero catalán. Loza se fue bien retribuido, Serra Ramoneda con predicamento para escribir libros y artículos en los que aleccionaba… En fin, también para los chicos del FROB, del Banco de España, del Ministerio de Economía. Si Adolf Todó no era la solución de futuro, que es dudoso, debieran haber actuado con mayor diligencia y responsabilidad.
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