Una cita en ninguna parte

30 de septiembre de 2014 (00:00 CET)

El proceso secesionista ha entrado en una fase de mayor intensidad para construir la figura del enemigo. Es el enemigo que ahora no dejará votar a los catalanes que quieren decidir en una consulta sin legalidad. Entre los rasgos del nacionalismo, Isaiah Berlin cita la necesidad de tener un enemigo, no un adversario como sucede en la política pluralista, sino un enemigo culpable de la herida colectiva que padece aquella comunidad sojuzgada.

Ahora ya no es que España expolia a los catalanes o maltrata la lengua y la cultura catalana. Ahora es que no deja votar a Cataluña. Es que la Constitución de 1978 impide el ejercicio democrático. Así es posible refutar todos los argumentos jurídicos sobre la ilegalidad de un referéndum camuflado y, de cada vez más, las razones económicas que de un parte son la patente incapacidad de gestión por parte de la Generalitat en estos momentos --endeudamiento, paralización, impago-- y de otra parte los riesgos económicos que representa una Cataluña separada de España. En forma de crescendo son más insistentes las advertencias, de mayor calado, y de procedencia más generalizada.

 
No se improvisa en dos días una Junta Electoral, un Consejo de Estado, todo un sistema jurídico o un Tribunal Constitucional
El enemigo construido por la iniciativa de Artur Mas es magmático, pero el perfil siempre resulta ser el de España, esas “tierras españolas” a las que se refiere recientemente. En fin, el Consejo de Estado, el Tribunal Constitucional, La Moncloa, el corsé constitucional, el ministro Wert, la abogacía del Estado, Hacienda. ¿Es que el catalanismo fue siempre así?

La cita en ninguna parte del 9N tiene muchas probabilidades de generar una notable frustración. Artur Mas, sus aliados y el entorno mediático de la secesión han convencido a un buen número de catalanes que la independencia estaba a la vuelta de la esquina, lo que aportaba enormes beneficios y ningún coste. El espejismo de una tierra de promisión acaba generando una frustración de la que sus agentes más inmediatos casi nunca asumen la responsabilidad. Así ocurrirá tras el 9N.

Uno se pregunta qué seguridad jurídica podrían ofrecer en una Cataluña independiente sus nuevas “estructuras de Estado”. ¿Qué Constitución? No se improvisa en dos días una Junta Electoral, un Consejo de Estado, todo un sistema jurídico o un Tribunal Constitucional.

Luego están, deliberadamente innominados, los enemigos en casa. Son el caso Pujol, la demagogia desatada, la autodestrucción de Convergència, el nuevo populismo, la tenaza de Oriol Junqueras. Al otro lado, aparece otro enemigo en casa que es la existencia de sectores críticos a la secesión. En fin, el colectivo silencioso de quienes votarían “no” si algún día, como hipótesis, hubiese una consulta verdaderamente legal y rigurosa
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