Un recorte inteligente (en la administración pública)

25 de abril de 2013 (20:44 CET)

Un recorte inteligente significa reducir de forma importante lo que no funciona y no rebajar ni un euro el presupuesto de lo que va bien. También es centralizar servicios comunes y dejar de tener miles de pequeños chiringuitos, y cada uno remando en una dirección diferente.

Un recorte bien ejecutado es selectivo, establece unos baremos objetivos y valora los indicadores de gestión para que actúe ofreciendo el palo y la zanahoria, al mismo tiempo evalúa su impacto en términos de eficiencia y de eficacia y mide dónde se ha podido extralimitar la tijera (y dónde se ha quedado corta).

Un recorte correcto permite concentrar los pocos recursos que nos quedan para potenciar aquello en lo que somos excelentes y dejar de subvencionar la mediocridad. Esto significa ir más allá de la aritmética y entrar de lleno en las emociones, ya que si la reducción está bien hecha, da esperanzas a la gente que se esfuerza día a día para hacer más con menos.

Un recorte sano potencia los sectores que son capaces de sacarnos de la crisis en la que nos hundimos cada día más y, por qué no, serviría para hacer limpieza, que creo que hemos hecho muy poca hasta ahora.

Sin embargo, el primer problema de los recortes es que se pide a unos políticos que sean ellos los que resuelvan un problema de gestión. Y los políticos, no son expertos en gestión. Son expertos en política.

El segundo problema es que el político no (siempre) se rodea de personas con capacidad de gestión, sino de personas de confianza. Y el círculo de confianza de un político profesional, está nutrido de profesionales de la política. Y por muy amplio que este círculo sea, no puede abarcar a los mejores profesionales de la gestión (aparte de un apunte ... ¿qué buen profesional de la gestión querría entrar en política hoy en día?).

El tercer problema de los recortes es que son contradictorios. Si seguimos criterios de gestión, no serán justos y si seguimos criterios de justicia social, no serán eficientes.

El cuarto problema es que requieren un conocimiento profundo de aquello que se reduce. Y este conocimiento no lo tiene el político, ni sus cargos de confianza, ya que se necesitan muchos años para conocer el funcionamiento de un sector económico (consejeros, directores generales) o de una ciudad (alcaldes y concejales), y los mandatos son de 4 años.

El quinto problema de los recortes es que premian la desidia y la ineficacia. Allí donde había mucha grasa, es fácil ir recortando sin que se note. Pero los que al principio estaban fibrados y sólo tenían hombro y tendones, los recortes les ha amputado la motricidad.

Intuyo que pido peras al olmo, y que nos cuesta mucho ser capaces de gestionar lo poco que tenemos de forma eficiente. La configuración actual del poder político-administrativo no permite vislumbrar muchas esperanzas de mejora. Ojalá me equivoque. Creo sinceramente que habría que hacer un cambio profundo de instituciones y de sistema. Seguir como hasta ahora, sólo nos lleva a un callejón sin salida.
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