Un fracaso público con capital privado como coartada

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28 de enero de 2012 (19:17 CET)

Lamentablemente, teníamos razón. Desde el primer momento, creímos que el proyecto de Spanair era una aventura voluntarista, contracorriente desde cualquier perspectiva empresarial y sólo sustentada en un interés político difícil de explicar. Ahora, 200 millones de euros de dinero público y un par de años después, el tiempo ha demostrado que nuestro análisis y el de otras personas, muchas personas, eran correctos y Spanair ha acabado por tierra.

Lo nuestro no tiene más mérito que el de haber defendido lo que creíamos y haber aguantado las tarascadas de los talibanes de siempre y de aquellos a los que les molesta profundamente cualquier voz que discrepe del pensamiento único nacional. Va en nuestro sueldo. Para eso somos periodistas.

Hubo otras voces que alertaron sobre el riesgo que corría Catalunya si persistía en la idea absurda de poner en marcha una aerolínea de bandera. Por ejemplo, empresarios del sector, competidores o no, conocedores de cómo la situación económica actual empujaba hacia concentraciones empresariales y no en la dirección contraria; de cómo una financiación cada vez más cara y difícil y unos precios del petróleo al alza dibujaban un oscuro horizonte; y, en definitiva, todos aquellos que simplemente leían sin anteojeras las razones por las que SAS se desprendía de Spanair deprisa y corriendo.

Pero nada de eso desalentó a las fuerzas vivas que forzaron el relanzamiento catalán de Spanair para crear, ¿por decreto?, un hub en El Prat. Fuerzas vivas del país, por cierto, la mayoría de las cuales no puso un solo duro en la aventura. Cualquier razonamiento en dirección contraria simplemente o no se escuchaba o era tachado de derrotista. Se tiró de presupuestos y adelante. Si la Generalitat no podía invertir directamente, se llamaba a capítulo a Turismo de Barcelona, a la Fira y a quién hiciera falta. Sin embargo, comprarte en la tienda las botas de fútbol de Messi no te hace jugar al fútbol como el crack del Barça

Es curioso cómo a los pocos meses ya se pudo comprobar que muchos de los que vociferaban a favor de la aerolínea de tots se hacían los sordos cuando Ferran Soriano se les acercaba con sus power points a pedirles dinero. La idea inicial de la nueva dirección de Spanair era captar capital privado que sustituyera progresivamente al público. Pero nadie acudió a esa llamada. Nadie, no. Un pequeño grupo, apenas 3 ó 4 empresarios agrupados en la organización nacionalista Fem Cat, sí decidió invertir aunque en unas condiciones excepcionales: el ICF les prestaba el dinero y ellos avalaban. Capital privado como simple coartada de unos objetivos políticos.

¿El fracaso en la captación de capital privado no encendió las alertas entre los responsables políticos del proyecto, que nadie arriesgase dinero de su propio bolsillo no constituía una señal muy clara de la debilidad empresarial de la iniciativa que con tanto ardor defendió Montilla? Pues no. Más dinero público y a otra cosa mariposa.

De esperar a ese capital privado que siempre estaba a punto de llegar pero nunca llegaba, se pasó a hablar de fusiones con otras compañías, de buscar un socio industrial y hasta de sacar a bolsa una parte del capital. Puras ensoñaciones. El día a día arrojaba cada vez más pérdidas y demostraba a quién tuviera un mínimo de objetividad que la aventura estaba condenada al fracaso.

La llegada del líder nacionalista Artur Mas a la presidencia de la Generalitat tampoco fue un alivio para Spanair. En la primera rueda de prensa del nuevo ejecutivo autonómico, su portavoz, Francesc Homs, cometió un pequeño desliz cuando ya advirtió que la aerolínea no encontraría dinero en sus arcas. Los hechos le desmintieron poco después y la Generalitat tuvo que ir otra vez en auxilio de la tesorería de la aerolínea, aunque las palabras de Homs fueron esclarecedoras sobre el crédito que le quedaba a Spanair. Cuando cayó de la pared el clavo ardiendo de los cataríes al que se agarraba Soriano y sus compañeros de viaje, Spanair se derrumbó en horas.

Tiempo habrá de analizar con detalle la actuación de cada uno de los protagonistas de este fiasco público-privado y exigirles las debidas responsabilidades. Al menos, eso es lo que sucedería en un país serio. Mas ha tenido la valentía de cerrar el grifo y si acaso habría que achacarle que no fuera coherente con la idea que tenía al llegar al gobierno alargando en exceso la agonía de Spanair. Soriano, en cambio, debe muchas más explicaciones. Como la deben los miembros de un consejo de administración títere que horas antes de que ordenasen el cese de las operaciones decían a quién les quisiera oír que de punto y final nada, que aún les quedaba cuerda para rato. Exactamente, para seis horas.
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