Tragicomedia del honorable que no lo era tanto y la herencia que él nos deja

27 de julio de 2014 (19:05 CET)

Las reacciones a la noticia avanzada el mediodía del viernes por este medio y relativa a la confesión de Jordi Pujol se fraccionan en dos. Por una parte tenemos el cabreo generalizado y lógico de la ciudadanía. Es la respuesta de quienes consideran que los incumplimientos tributarios del ex presidente catalán insultan la democracia. Se creía que él la ayudó a construir y ahora se constata que más bien se sirvió, junto a su entorno, en beneficio propio. El muy honorable admite que lo era bastante menos de lo que su tratamiento protocolario obliga.

De otra parte llega la respuesta de los más fervientes defensores del movimiento a favor de la independencia catalana. Estos minimizan el asunto porque su magno ideal está por encima de los latrocinios personales. Lo describen como un chantaje de las cloacas del Estado del que se quieren separar, en una primera lectura argumental (ERC), y luego lo alejan del partido sobre el que ha recaído el impulso del soberanismo y el pulso al Gobierno central (Mas y CDC). Las ideas, vienen a sostener, están por encima de la honorabilidad de quienes las defienden.

 
Pujol no sólo ha sepultado su historia democrática, sino todo el activo político que atesoró mientras lideró la comunidad

 

¿Qué se puede añadir a la queja de los primeros? Están en su justificado derecho de volverse unos incrédulos con respecto a la clase política en general y muy escépticos sobre algunos de sus representantes en particular. La reflexión ya sobrepasa la falta de liderazgo en la política: cada vez está más presente la ausencia de referencias morales. No pocos nacionalistas templados, gente de orden y ética contrastada, están viviendo la confesión de Pujol como un desengaño y una frustración casi personal. Por cierto, ¿alguien ha escuchado algo procedente de Unió?

Con respecto a los hooligans del independentismo, es recomendable que actualicen su galería de ídolos y analicen el subyacente que los impulsa. Pujol era más que inspirador de sus postulados. Actuaba como una especie de patriarca y guardián de su idolatrada nación desde que consumó el paso a la reserva generacional. De hecho, si hoy hay que reconocerle algún mérito es la habilidad con la que construyó y alentó un determinado imaginario identitario en el pasado del que la política catalana vive más que nunca. O la extrema astucia con la que unió su suerte y la de su país al ser acusado de prácticas dudosas como gestor de Banca Catalana. Lo recuerda Juan García en El fin de la dinastía Pujol.

Que el ex presidente y su familia se beneficiaron de sus años de gobierno es obvio. Se ha constatado ese hecho, aunque todo es presunto hasta que el juez Pablo Ruz concluya sus investigaciones en la Audiencia Nacional sobre las peripecias empresariales del mayor de los hijos (Jordi Pujol Ferrusola) y la magistrada Sílvia López Mejías cierre el sumario sobre las ITV y las desinversiones de multinacionales que afectan al más político de los herederos (Oriol Pujol Ferrusola). Que el padre ha actuado como un delincuente fiscal durante tres décadas no es ahora una especulación de la maledicencia españolista, sino un hecho confesado. Estamos ante el mismo personaje que se atrevía a amenazar a los periodistas de El Mundo por desvelar extraños negocios en los paraísos del dinero mientras colegas de la canallesca catalana y dependiente, como Jordi Barbeta, Pilar Rahola o Vicent Sanchis, lo jaleaban. ¿Cómo podían atreverse con el muy honorable? ¡Menudos unionistas! Un episodio más de la comedia trágica que se vive en los medios de comunicación que operan bajo la todopoderosa aureola del virrey y los suyos.

El concepto político Catalunya será, a partir de ahora, malsonante en la boca de algunos dirigentes de CDC y de los corifeos que desde la supuesta intelectualidad orgánica han defendido hasta la saciedad la virtud de la familia y de su entorno. Supuestas defensas del territorio quedarán, muchos años, bajo sospecha. Su partido se ha transmutado en un lodazal político: con la sede embargada por la corrupción del caso Palau; su máximo dirigente histórico (¡qué confesión tan próxima a la de Fèlix Millet!) humillado a los 84 años y enterrando cualquier legado para salvaguardar a sus hijos de los tribunales; y toda una generación política filial manchada por las dudas respecto a su integridad. Pujol no sólo ha sepultado su historia democrática, sino todo el activo político que atesoró mientras lideró la comunidad. Se ha deslizado por la borda del barco a la deriva que es su coalición y el entorno agradecido que de ella vive.

Ese mismo estado del que se pretenden separar unos cuantos catalanes (algunos recuentos serios minimizan determinadas grandilocuencias sentimentales) es el que ha puesto al descubierto el engaño de los Pujol. Sin el aparataje y su maquinaria administrativa, jamás hubieran aflorado comportamientos corruptos practicados bajo la coartada intachable de la nación. Pasó con el caso Palau, volvió a suceder con el asunto de las ITV y, finalmente, con los manejos de los Pujol en paraísos fiscales. Si la justicia estuviera aislada únicamente a este lado del Ebro jamás hubiéramos sido conocedores de demasiados asuntos. Los Artur Mas, Germà Gordó, Francesc Homs y compañía se habrían encargado sibilinamente de impedir filtraciones de información y de que los organismos encargados de evitar la corrupción y el fraude permanezcan convenientemente atenazados. Y hasta emerge la duda de si eso puede estar sucediendo ya.

Lo de Pujol y su partido no es sólo una grave historia de corrupción como la del tesorero del PP, la trama Gurtel, los ERE en Andalucía o los chanchullos menores de Sabadell. Él, un auténtico virrey, sí que deja algo: las bases y el respaldo moral para que su partido excitara los sentimientos de una parte noble y tranquila de la sociedad catalana para alejarse cada vez más de quienes podían poner barreras a un determinado ejercicio del poder. Sin la responsabilidad que se les suponía y de la mano de un romanticismo propio de siglos pasados han sumido a la sociedad catalana en una innecesaria tensión política cuya finalidad última despierta tantas sospechas que ahora será difícil que muchos ciudadanos puedan analizarla sólo con criterios políticos. Eso sí que es una herencia realmente incobrable.

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