Tomar decisiones

11 de abril de 2014 (19:32 CET)

El 22 de noviembre de 1574, el marino cartagenero Juan Fernández descubrió un archipiélago en las aguas del Pacífico que hoy sabemos que está a 834 kilómetros de Valparaíso. Esas islas fueron bautizadas con su nombre. La única isla habitada de dicho archipiélago se llamó hasta 1966 Más de Tierra. Después pasó a denominarse Isla Robinson Crusoe.

La razón para ese cambio de nombre tiene su historia. Fue en esa isla remota y desierta donde el marinero escocés Alexarder Selkirk pasó abandonado, por decisión propia, cuatro años y cuatro meses hasta que le rescataron el 12 de febrero de 1709.

La peripecia de ese náufrago, que luego volvió a Europa a contar su historia, fue la fuente de inspiración de la primera novela de Daniel Defoe: La vida y las extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe de York, marino (1719). El personaje ficticio estuvo en la isla mucho más tiempo que Selkirk. Pasó en ella 28 años, 2 meses y 19 días.

Esta semana, la isla de Robinson Crusoe ha vuelto a ser noticia. Mariano Rajoy la utilizó para criticar los propósitos soberanistas de Catalunya. El jefe del ejecutivo español dijo, concretamente, que quienes pretenden la independencia de Catalunya lo que están ofreciendo en realidad es “lo más parecido que se puede imaginar a la isla de Robinson Crusoe”.

A su juicio, es una “evidencia” que una Catalunya independiente sería “más pobre” y saldría sine die de Europa, del euro, de la ONU y de los tratados internacionales. En definitiva, para decirlo con otra metáfora, caerían sobre ella las siete plagas de Egipto.

Rajoy seguramente no ha leído la novela de Daniel Defoe. Se la resumo en un santiamén. Robinson Crusoe es un muchacho inglés de 18 años, que vive en la ciudad de York durante el siglo XVII. Contraviniendo los deseos paternos, Crusoe está decidido a ser marino mercante. Se embarca y después de mil peripecias los piratas turcos le hacen prisionero y le venden como esclavo en la ciudad africana de Salee. Embarcado de nuevo, su barco naufraga otra vez.

Entonces busca refugio y comida y vuelve a los restos del barco y consigue salvar, entre otras cosas, comida, armas y pólvora. Se construye un refugio que irá llenando con muebles rudimentarios y erige una cruz donde inscribe la fecha de su llegada, 1 de Septiembre de 1659. Desde ese momento hará una marca en la madera por cada día que pase para no perder la noción del tiempo. También comienza un diario, donde anota sus esfuerzos cotidianos por sobrevivir.

Los años que Robinson Crusoe pasó en la isla dieron para mucho: se enfrentó a piratas, naufragios, motines y caníbales, entre ellos a Viernes, un joven indígena que al ser capturado se convirtió en sirviente de Crusoe. ¡El náufrago nunca dejó de ser, ni en las peores circunstancias, un occidental!

Uno de los puntos fuertes de la novela es la descripción de la soledad humana, la historia de un hombre atrapado en una isla, sin más compañía que sus conversaciones con Dios y su sirviente y donde tiene que resolver las dificultades de la vida diaria sin las ventajas del mundo moderno.

La serie de televisión Perdidos
, que obtuvo un notable éxito hace años, se inspiró en la historia contada por Defoe, aunque los sobrevivientes de la serie descubrirían, entre otras cosas, una escotilla, una especie de refugio antinuclear con una entrada escondida en medio de la selva.

Allí dentro un extraño personaje, aunque no más extraño que ellos mismos, los supervivientes, está sometido a la monótona tarea de ingresar una clave numérica en una computadora cada 108 minutos, de lo contrario el mundo desaparecerá.

El personaje en cuestión es un escocés llamado Desmond. Desquiciado por la soledad, está obligado por las circunstancias a una especie de culto a la causalidad: si no presiono este botón, lo peor sucederá —se dice. Capítulos después se conoció su nombre completo; se trataba de Desmond David Hume. El filósofo escocés, David Hume, es quien pasa por haber desarticulado para el pensamiento occidental esa misma idea de causa y efecto a la que Desmond, el personaje, le dedicó los últimos tres años de su vida.

Así pues, en un caso y en otro, en la novela y en el telefilm, de lo que se trata es de tomar decisiones
. Como explicó Xavier Sala i Martin después del debate parlamentario de esta semana, el modelo Robinson Crusoe es el que utilizan todos los profesores de economía para explicar cómo funciona la macroeconomía: “Sirve --dijo-- para explicar la economía más simple del mundo, donde se han de tomar las mismas decisiones que deben tomar las economías más sofisticadas. Hecho esto, se introduce el personaje Viernes y la economía se va complicando”.

No se trata aquí de dilucidar si este modelo de análisis económico es válido o no puesto que, como dicen sus críticos, no es lo mismo tomar una decisión que afecte a un población de 4.000 personas que otra que tenga cuatro millones. Pero sirva su existencia para corroborar que Rajoy andaba muy despistado cuando comparó una futura Catalunya independiente con la isla Robinson Crusoe.

Si un individuo se encuentra ante una disyuntiva debe tomar una decisión. Y en Catalunya, que es la suma de muchos individuos a los que la democracia y el derecho designa como ciudadanos, el momento de tomar decisiones ya está aquí.

Además, claro está, Mariano Rajoy debería tomar nota de lo que le dijo el diputado republicano Alfred Bosch: “Mejor ser Robinson Crusoe que lo que somos ahora, que somos Viernes”. Efectivamente, mejor ser náufrago por decisión propia, emulando al marinero escocés (¡ay!) Alexarder Selkirk, que ser lacayo toda la vida, que es lo que fue Viernes, incluso cuando Crusoe retornó a la “civilización”.
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