Todos somos Don Quijote

02 de agosto de 2015 (17:30 CET)

Érase una vez un país maldito que supo aprovechar la muerte de un villano bajito y estridente para reconducirse. Un cúmulo de casualidades, indecisiones, pulsos, traiciones y consensos edificó las bases de la vieja ausente democracia.

Hubo nostalgias venenosas, mandíbulas apretadas y "¡se sienten coño!", pero el equipo nacional evolucionó, despojándose de algunos complejos y abriendo al mundo una ventana donde las cosas buenas de siempre (cultura, clima, paisajes y sí, también gentes) eran compatibles con cierto halo de modernidad y ambición. Como en las mejores pirotecnias capitalistas, un formidable arreón económico abrió a patadas las puertas del cielo: fueron los tiempos, recientes y a la vez remotos, del vino, las rosas y el ladrillo. España iba bien.

Después llegó el estallido. Una inmensa bola de fuego amasada en Estados Unidos y esparcida como un escupitajo de Goliat por todo el primer mundo. Alguien levantó la alfombra y descubrió un agujero donde debía estar el sueño hispano. No había excepciones por siglas políticas: la recalificación, la licencia, los mausoleos, el chiringuito, los cochazos y un puñado de centelleantes sueldos vitalicios fueron el cordón umbilical de una raza, la latina, predispuesta al chanchullo y el despilfarro.

Esos mismos culpables nos hablaron de catarsis. ¿Eh? Recortad vuestro humilde despliegue pequeñoburgués. Vamos a desmantelar algunas esencias del sistema por el bien del sistema mismo. Vamos a aprender la lección a través de vuestro sacrificio.

La izquierda englobó el fenómeno bajo el neón del austericidio. La derecha optó por una interpretación más castrense: seriedad, responsabilidad, aplicación. Alemania observaba y asentía, los mercados mordisqueaban primero y optaban luego por presas más sencillas (Grecia), el Íbex 35 encendía algunas de sus mejores antorchas tras densos meses de pavor y la ortodoxia institucional mundial (FMI, BCE, EEUU, Schäuble) emitía su nota final: sobresaliente.

Presuntamente, nos hemos recuperado a costa de devaluarnos (menudo oxímoron). Sin peseta, eso significaba por fuerza más paro y menores salarios, aunque sería injusto olvidar los avances operados en paralelo: parece que por fin hemos aprendido a competir en casa y sobre todo fuera. Mínimamente.

Flotan sobre nuestras civiles cabezas dos dudas. La primera es si la distribución del esfuerzo es equitativa (echen un vistazo al coeficiente de Gini). No se trata sólo de una duda horizontal, entre pares, sino también vertical, entre administradores y administrados. La segunda es la duración de la carga o, dicho más crudamente, la sospecha de que España se haya convertido ya en un espacio de expectativas low cost para la mayoría. Quizás la franja del mileurismo no sea una estación intermedia.

Competir, decíamos. Es una de las esencias del darwinismo yanqui, posiblemente la que más virtuosismo encierra. Suena bien, claro. Idear un producto, encontrar y coronar un mercado, diseñar un mensaje, mejorar cada día… y vivir a menudo del aire.

Porque siguen como estaban Hacienda y sus satélites autonómicos y municipales, empeñados en rozar lo confiscatorio con impuestos de dudosa constitucionalidad (sucesiones, plusvalías, IBI, el IRPF que pagan los autónomos y hasta las sangrías al crowdfunding), campa a sus anchas la telaraña burocrática, tan proverbial como inmortal, y pesan como una losa los porcentajes de esos créditos modo Breakfast at Tiffany's. No importa quién maneje el cotarro, el fondo es invariablemente el mismo. Lo cual nos lleva a una cervantina conclusión: todos somos Don Quijote. Y la estepa nos acabará devorando.
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad