Todavía hay dos Coreas

13 de febrero de 2014 (00:00 CET)

Que no se diga que el mundo amanece todos los días sin una sobrecarga de absurdo y tragedia. La península de Corea lleva tanto tiempo medio partida que incluso es noticia que el Norte --país de hambre, comunismo dinástico, corrupción y purgas-- acceda a facilitar el recuentro de súbditos suyos con sus familiares del Sur. Incluso así, no es la primera paloma de paz que el Norte --como tal vez hace ahora-- se saca de la chistera a modo de diplomacia embaucadora.

Segunda década del siglo XXI y Corea sigue dividida; de una parte, un sistema opaco, totalitario y agresivo; de otra una sociedad que ha avanzado en libertad y crecimiento económico. Aunque la caída del muro de Berlín a muchos les parezca ya una batallita del remoto pasado, comparar la prosperidad y democracia de Corea del Sur con la depauperación drástica del Norte sigue siendo una lección de historia.

Como guinda del pastel, la grotesca megalomanía de la dinastía fundada por Kim Il-sung al término de la guerra coreana, hace vivir a su gente sin pan para poder tener un arsenal nuclear. Pero a uno le cuesta creer que, cada vez que un ingeniero nuclear norcoreano aprieta una tuerca, las redes occidentales de vigilancia por satélite no lo tengan controlado.

 
Por ahora no se concibe un proceso de pacificación inicial y una futura reunificación
 
¿Cómo catalogar un sistema político que durante décadas ha dividido familias negándoles la posibilidad de un abrazo? Impedir un reencuentro familiar va contra la vida misma. Imágenes eternas de familias separadas por un muro o las alambradas de espino.

Y al mismo tiempo, el régimen de Pyongyang sigue con sus acciones de hostilidad militar. ¿Es esa una oportunidad creíble? Hoy por hoy no parece concebible un proceso de pacificación inicial y una futura reunificación. Siniestro despojo totalitario en un mundo globalizado, en un mundo transformado por el chip o el container.

Según The New York Times, lo que interesa a la Casa Blanca es comprobar hasta qué punto esa oferta de reaproximaciones familiares representa el nuevo modo de hacer de Kim Jong-un, esperpéntico heredero del fundador y aclimatado desde la infancia en la corrupción despótica. Pekín le echa una mano, por su política de intereses y equilibrios. Para nada desea que le lleguen masas de refugiados norcoreanos.

El Norte necesita inversión extranjera, ayuda humanitaria y que arribe el turismo, hoy por cuotas y bajo control policial. El aislacionismo en que vive Corea del Norte explica que pueda imaginarse que conseguirá todo eso reforzando fronteras y haciéndose con armamento atómico.

Es cierto que las dos Coreas nos quedan muy lejos. Pero más allá de las posibilidades de comercio con Seúl, lo que está más cerca es la imagen de esas familias divididas, a la espera de un reencuentro soñado durante décadas. Esas son las pequeñas grandes cosas que verdaderamente importan.
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