Todavía en busca de Marta

24 de abril de 2014 (00:00 CET)

Estos días sigue la búsqueda de los restos de Marta del Castillo, en una escombrera de Sevilla. Tenía 17 años y desapareció en enero de 2009. Eso fue hace cinco años y medio.

No sabemos en qué ha cambiado la sociedad española desde entonces, aunque el principal asesino lleva ya tiempo en la cárcel, después de una investigación que fue truculenta y con una cobertura mediática abundante en intromisiones, falsedades y descaro.

Desde entonces hasta ahora, todavía en busca del cuerpo de Marta del Castillo, la crisis económica ha generado mutaciones sociales cuyo significado aún desconocemos. Los abuelos han salido de sus residencias de la tercera edad para ayudar a sus familias. Los inmigrantes regresan a sus países. El paro es trágico. La clase media ha sido alcanzada por el torpedo de la precariedad. Y hemos perdido confianza en algunas cosas.

Al mismo tiempo, siguen vigentes los rasgos de la familia desestructurada. Perdura un modo de hacer televisión que es un gran escaparate de roles negativos. Desde el asesinato de Marta del Castillo no parece que haya menguado el impudor de los reality shows a los que se acude para desnudarse de lo más privado.

Entonces, un crecimiento económico acelerado había extendido la capacidad adquisitiva de las clases medias a sectores sociales que no habían conocido la lenta sedimentación de valores e intereses que define los arraigos históricos y morales de una clase media.

 

Sigue en expansión alarmante un autismo moral que la televisión basura celebra y glorifica
Ahora nos sabemos endeudados, sin ahorro, con un paro juvenil muy elevado y un futuro gravoso, de sociedad que envejece y no se renueva demográficamente.

Probablemente todo había comenzado en los años sesenta, en lo que se llamó tardofranquismo. Aparecieron nuevas formas permisivas. Comenzó un proceso acelerado por el cual figuras como el padre o el profesor perdían su condición de modelos a imitar.

Consumada la ruptura de vínculos, entraron en escena nuevas generaciones ya naturalmente desvinculadas. Eso culminó en la España del El Gran Hermano. Y de algún modo, ahí estamos. En realidad, ¿sabemos cómo somos? O tal vez la pregunta es si queremos saberlo.

La crisis económica ha generado nuevas formas de solidaridad tanto como iniciativas con mucha imaginación. Ese es parte del efecto de creación destructiva. Las crisis pueden acabar siendo oportunidades. Se siguen buscando los restos de la joven Marta y sigue en expansión alarmante un autismo moral que la televisión basura celebra y glorifica.

Extraña sociedad: detención de redes de pederastia mientras el AVE cruza los paisajes de siempre, las viejas escombreras donde se descomponen los restos mortales de cada Marta.

Si aceptásemos un senequismo digitalizado, es que fuimos y seremos así. Pero nada está escrito para siempre.
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