Titiriteros de Carmena, síntoma o anécdota

09 de febrero de 2016 (20:29 CET)

Se está demostrando que Podemos es un partido con un equilibrio interno difícil de hegemonizar, salvo por el férreo liderazgo de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. Un partido nuevo, de aluvión, aglutinado por la protesta extendida de un descontento social legítimo e intenso, sin cauce en el sistema tradicional de partidos y sindicatos.

Su núcleo primigenio está en la Complutense de Madrid. El resto de lo que ahora es Podemos ya existía antes; en forma de mareas, hijos de la protesta del 15M, que no fueron capaces de organizar un proyecto propio y se sumaron al de los profesores de la facultad  de Políticas de Madrid.

A su vez, estos se criaron en el CEES, una ONG de profesores de universidad, con epicentro en Valencia, que crecieron y se financiaron generosamente asesorando a los gobiernos izquierdistas y bolivarianos de América Latina.

A casi todos ellos les conocí en Venezuela, cuando circulaban libremente por el palacio de Miraflores, la residencia oficial de Hugo Chávez. Yo entonces vivía en Cuba y seguí muy de cerca los primeros tiempos, que para mí fueron esperanzadores, de gobierno de Hugo Chávez.

Estudié, viajando mucho a Venezuela, los inicios de la revolución bolivariana desde la ventaja de haber conocido la Venezuela anterior. Su idea primigenia fue exportar la revolución bolivariana hacia Europa y ahí está la hemeroteca y Youtube para quien quiera recopilar.

Tocaron poder en el Parlamento europeo. No necesitaron extensión territorial para elaborar las listas. La sorpresa en el resultado les llevó a pergeñar el asalto al cielo del poder; primero en las municipales y autonómicas y después las generales.

A su ventaja se sumó la crisis endémica y la decadencia de un PSOE alejado de las posibilidades de gobernar. El sorpasso fue la tentación.

No tiene historia, lo que es una ventaja inherente a cualquier novedad, pero no tienen el poso que proporciona el rodaje de partido, donde se forman líderes y se concretan proyectos políticos.

Su ideología no tiene un manual de uso o libro de estilo; es esencialmente ecléctica. Su radicalismo inicial ha sido envuelto en una conveniencia de raíz electoral que se ha definido por la prioridad de alcanzar el poder, parcelas de poder, sin explicar claramente para qué se quiere utilizar. De revolucionarios bolivarianos a pretendidos socialdemócratas. Sin explicaciones.

La incondicionalidad es un escudo protector que pocas organizaciones democráticas pueden disponer. Los cambios de estrategia o de programa no se debaten; se ejecutan. Y hay una legión de activistas en las redes sociales dispuestas a justificar cualquier exceso o cualquier contradicción, y a pasar por la trituradora a quien se atreva a criticarles.

Un blindaje mediático impulsado por las grandes cadenas de televisión que intuyeron un nicho de audiencia espectacular. Observen a Juan Carlos Monedero;  dimitió de la dirección, se distanció del "compañero Pablo" y actúa de portavoz en las tertulias.

Sus líderes son dialécticos; tienen una extraordinaria capacidad de comunicación y una habilidad extraordinaria para hacerse perdonar las contradicciones. Si existe debate interno es oculto y misterioso.

Y sus seguidores, más que militantes, tienen el carácter religioso que les proporciona la fe en el líder y la aceptación de los mensajes y resoluciones como una verdad relevada. Son auténticos misioneros de esta nueva religión laica.

Esencialmente disponen de un componente dogmático que les hace creerse únicos y revela su tentación autoritaria. Los demás son "casta", bunker y antiguos.

El dogma interiorizado les dificulta enormemente la comprensión de la diferencia. Y la autocrítica, si existe, no se exterioriza porque para eso están los adversarios que además son enemigos.

Es difícil conocer los límites que se auto imponen, de tal manera que como su doctrina no está detallada ni definida, su eclecticismo les permite justificar lo que a los demás les parecen errores. No tienen que dar explicaciones porque las críticas son campañas orquestadas.

Además de todo eso, la gestión desarrollada en las instituciones que gobiernan está en un segundo plano. Es cierto que ha pasado poco tiempo, pero no se está juzgando la gestión porque el postureo envuelve toda la vida institucional.

Hay mar de leva en algunas franquicias de Podemos. Compromís, que existía antes de Podemos, tiene vida propia. Sus diputados están en el Grupo Mixto y quieren negociar con voz propia. Acaba de estallar por los aires la dirección de Podemos en Galicia.

Hay que recordar que esa comunidad proporciona seis diputados al conjunto de Podemos. Y Ada Colau anuncia la creación de un partido propio. Si restamos los diputados provenientes de las franquicias, el grupo parlamentario de Podemos se encoge severamente.

El Ayuntamiento de Madrid, uno de los símbolos del poder de Podemos, es una olla a presión. La alcaldesa Carmena, una de las dirigentes del hemisferio de Podemos con más prestigio, está desbordada por una organización municipal que no controla ni es capaz de coordinar.

Los escándalos en el Ayuntamiento de Madrid eclipsan los aciertos de gestión y generan polémicas continuas que tienen una naturaleza infantil o de postureo.

Primero fueron los chistes sobre las víctimas del terrorismo, Irene Villa o el Holocausto;  el apoyo a dirigentes implicados en malos tratos o en acciones cuasi terroristas. Concejales del ayuntamiento implicados en asaltos a iglesias donde pedían "sacar los rosarios de las vaginas".

¿Excesos de juventud? Estos jóvenes radicales no han encontrado forma de diferenciar su labor de activistas con sus obligaciones institucionales.

Nadie con sentido común puede entender la fabricación de polémicas en torno al sexo de los reyes magos. Se dan el gusto de ofender con sus actos a gentes que no piensan como ellos, que son muchos. Una tentación infantil de no desperdiciar ninguna ocasión de provocar como niños traviesos.

He sentido lástima al observar a Manuela Carmena sin autonomía para resolver la crisis de los titiriteros. Algo que se hubiera acabado en cinco minutos con el cese de la responsable de cultura del Ayuntamiento.

En coherencia con el análisis realizado de que tienen prohibido reconocer ningún error, seis dirigentes de Podemos se han solidarizado con los titiriteros para demostrar que la transgresión, por sí misma, es un valor de prestigio.

Podemos puede desperdiciar una energía maravillosa proveniente del legítimo descontento de muchos ciudadanos. Lo primero que debieran es formarse en la utilización del poder institucional.

Respetar al adversario sin considerarlo enemigo. Y dialogar desde el respeto y la humildad.

Quizá sea pedir un milagro. Una refundación de la personalidad de quien tiene determinado el monopolio de la razón. Hay anomalías de personalidad más graves que tienen cura. Pero para empezar, hay que tener humildad para aparcar la soberbia intelectual y voluntad de rodar en democracia.
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad