Telefónica vale hoy la mitad que cuando Alierta asumió la presidencia

14 de marzo de 2014 (19:31 CET)

Telefónica está muy cerca de adquirir al grupo madrileño Prisa la potente plataforma de televisión de pago Digital Plus, líder del ramo. Telefónica ya posee otra plataforma similar, Imagenio, de forma que si cierra la compra, alcanzará una aplastante hegemonía y un cupo de mercado próximo al 80%.

La Telefónica de hoy se parece bastante poco a la que su actual presidente César Alierta recibió al asumir el cargo en agosto del año 2000. Este ejecutivo forma parte de la escudería de paniaguados del PP que aterrizó en tromba sobre las grandes compañías españolas tras la toma de posesión de José María Aznar como jefe del Gobierno.

A Alierta le cayó en esa tómbola el mando supremo de Tabacalera, a la sazón controlada por el Estado, y de propina, obtuvo un asiento en el consejo de Telefónica. Durante su mandato en la tabaquera, ésta fue privatizada por completo, pero Alierta siguió incólume en la poltrona.

En julio de 2000, Aznar defenestró al mandamás de Telefónica, Juan Villalonga, un espabilado visionario que a punto estuvo de hundir la compañía. Alierta fue llamado a relevarle. Por tanto, el verano próximo, cumplirá 14 años de permanencia como máximo dirigente de la empresa.

En este periodo, Telefónica ha dejado de estar centrada en el mercado nacional y se ha expandido por el ancho mundo, siguiendo la estela transformadora que Villalonga ya había abordado, con suerte dispar. Hoy es un gigante de las telecomunicaciones, el mayor de Europa por facturación, y uno de los principales del mundo, con más de 320 millones de clientes.

Pero acontece que el montaje de este coloso se articuló mediante el engorde, hasta extremos nunca vistos, de su endeudamiento, que hoy se cifra en 45.000 millones de euros.

Además, el grupo arrastra unos vicios heredados de su época de dominio monopolístico, que Alierta ha sido incapaz de desterrar. Acaso el más notorio es su olímpico desprecio a la clientela. De ello puede dar fe cualquiera que haya contactado con la compañía para un mero trámite burocrático. Suele decirse que el cliente es el rey, pero en Telefónica más bien semeja el enemigo. Si a ello se añade que sus tarifas figuran entre las más caras del entorno, no puede causar extrañeza la fuga de millones de abonados a otras enseñas competidoras.

Gestión deplorable

Al asumir las máximas facultades gerenciales, Alierta dedicó interés primordial a la inconfesable tarea de irse deshaciendo, sin prisa pero sin pausa, del consejo de administración heredado, y sustituirlo por amiguetes de inquebrantable fidelidad. Para ello desencadenó sucesivas purgas, de modo que solo conservan la poltrona Isidro Fainé y Antonio Massanell, intocables en cuanto representan el grueso paquete accionarial obrante en poder de La Caixa. Los restantes miembros del actual consejo deben su nombramiento, sin excepción, a la consabida vía digital, esto es, al dedazo del gran mandarín.

Es de subrayar que don César no se estrujó mucho el caletre a la hora de buscar candidatos. Los halló entre sus propios amigos o socios de negocios bursátiles pasados. Es el caso de Alfonso Ferrari, Carlos Colomer y Gonzalo Hinojosa, entre otros.

El estado mayor de Telefónica luce también la consabida cuota política. Cuando Rodríguez Zapatero residía en la Moncloa, Alierta no tuvo empacho en incorporar al máximo órgano de gobierno a Javier de Paz, íntimo de ZP, con un sueldo de los que quitan el hipo. ZP ya ha desaparecido del mapa, pero De Paz sigue ahí tan campante, cubriendo el cupo socialista.

Como las arcas de la compañía van sobradas, todavía hubo sitio para una designación exótica, la de José Fernando de Almansa. Sus conocimientos sobre las telecomunicaciones son perfectamente descriptibles. Pero en su hoja de servicios luce haber sido jefe de la casa del rey Juan Carlos.

Alierta cumplirá en mayo 69 años. El día de su ascensión a la cima, Telefónica valía en bolsa 95.000 millones de euros. Casi tres lustros después, la capitalización ha menguado hasta quedar por debajo de los 50.000. En otras palabras, la empresa no solo no ha creado valor para su millón y medio de accionistas, sino que lo ha destruido a manos llenas. Ese escueto dato refleja, mejor que ningún otro, la paupérrima gestión de su primer espada. Así, al menos, lo proclaman los mercados, con su fallo inapelable.
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