Tanta hostilidad contra la moderación

21 de marzo de 2014 (00:00 CET)

Hay países de gentes moderadas pero con una clase político-mediática que vive de echar gasolina al fuego. Eso ocurre todos los días. Hay moderados en el centro-derecha y en el centro-izquierda. También en el centrismo. Hay moderados en el catalanismo. La moderación no es un patrimonio excluyente pero hay que estar dispuestos a propugnarla un día sí y otro también.

En toda efervescencia de la vida pública, especialmente cuando una cuestión conflictiva acapara la atención mediática, afloran más los argumentos extremos que los razonamientos de moderación. No es una fatalidad, sino un dato.

En el caso de la actualidad catalana es constatable que el lenguaje adopta formas expresivas de hostilidad que lo degradan. Esa hostilidad es especialmente agresiva con la moderación, venga de donde venga, como si un inapelable ritmo histórico la hubiese desechado ya como instrumento de convivencia y fuese la hora definitiva de una belicosidad incluso extra-política.

 
La política emocionalista puede acabar muy mal
Lo fácil sería ponerle nombres y siglas. Cada ciudadano puede hacerlo por su cuenta. Lo que está claro es que la moderación no es la anti-política. Según una vieja definición, es una transacción constante entre principios absolutos. Pero a menor sustancia, más anécdota.

A menor impacto de una razón política cada vez más indiferenciada, más recurso a la sentimentalidad. Y la política emocionalista puede acabar muy mal porque se atribuye legitimidades definitivas que de hecho sólo son pasajeras, como tantas emociones.

La política emocionalista genera frustraciones. El consenso razonable, en cambio, no contenta a nadie pero sirve para casi todos. La balcanización de la representatividad no es algo remoto. Ese retroceso puede evitarse si se respetan las normas del pluralismo crítico y si no hay suplantación de la representatividad por formas de acción directa.

Ahí está el riesgo de los plazos que quiere marcar la ANC, plazos asamblearios, ajenos a toda posibilidad de consenso, de expresividad hostil y liderato más que imprudente.

Son modos de radicalización específicos, concentrados en formulaciones de racionalidad precaria, instrumento de otros agentes políticos que sufragan la logística y proporcionan un espacio mediático desproporcionado y excluyente. Lo que no sabemos es si la ANC es materia sólida o gaseosa.

El particularismo, hoy, es como obstinarse en echarle la culpa de todo a la lentitud de los pasos a nivel cuando la información está circulando a la velocidad de la luz por fibra óptica. Por el contrario, las políticas de sentimentalidad creen haber liberado a la vida colectiva de toda contingencia trágica.

Es improbable pero no imposible. Pero desde luego así, unilateralmente, se pueden cometer errores que luego habrá de pagar la sociedad catalana en su conjunto.
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