Sumergidos

Josep Huguet

07 de diciembre de 2014 (00:00 CET)

La economía sumergida en el Estado español representa el 18,6% del PIB, 190.000 millones de euros, según el reciente informe de Ransdat y la Universidad de Sheffield.

Se sitúa en el tercer bloque en el ranking. En el primer bloque de estados con menos del 10% del PIB sumergido figuran EEUU, Austria, Nueva Zelanda, Luxemburgo, Japón, Holanda, Australia, Reino Unido y Francia. En el segundo bloque del 10 al 15%, están Canadá, Irlanda, Alemania, Dinamarca, Finlandia, Suecia y Eslovaquia. En el tercero, la República Checa, Bélgica, España y Portugal hasta el 20%. Y de 20 a 30%, Italia, Hungría, Eslovenia, Grecia, Polonia, Malta, Chipre, Letonia, Estonia, Lituania, Croacia, Permanecía, Bulgaria.

La lista da algunas sorpresas. No parece haber una correlación directa entre tradición estatalista o liberal y el nivel de inmersión. A pesar de que, predominan los estados de tradición liberal democrática entre los que hay menos inmersión. Es curioso también, que los estados que lideran las listas de sociedades del bienestar, como sueño los nórdicos, aparezcan en el segundo bloque de la clasificación.

Y una coincidencia clara: los estados mediterráneos y los excomunistas coinciden en el vagón de cola de la economía sumergida. Haría falta sin embargo poner la lupa en el interior de estos estados porque no se distribuye del mismo modo por comunidades autónomas.

Según otro informe más pesimista sobre el volumen sumergido en España, la tasa de economía sumergida es "sorprendentemente baja" en Madrid, del 17,3% de su PIB, fruto de "el efecto capital" y la elevada concentración de grandes empresas estatales y extranjeras, y grandes fortunas. En el otro extremo, está Extremadura, con una tasa estimada del 31,1%. Cataluña se sitúa en la media, con un nivel del 24,6% de actividad.

Las consecuencias para los trabajadores son claras: sin derechos laborales ni legales, escasa seguridad laboral, pérdida de ocupabilitat, riesgos de sanción. Y para las empresas legales supone una creciente competencia desleal de los sumergidos, la extensión de la cultura de la evasión, la pérdida del potencial del mercado.

En España aflorarían centenares de miles de puestos de trabajo si se acabara con la economía sumergida. Según la OCDE, 1.800 millones en todo el mundo están sumergidos, un 60% del total.

Según el organismo para combatir esta situación, hace falta un alto nivel de protección social, la protección de los grupos más vulnerables y facilitar el acceso al trabajo temporal. Pero no se puede despreciar lo que es uno de los principales obstáculos, las dificultades burocráticas y las cargas impositivas de los trabajadores autónomos nuevos. Cuando un trabajador en paro, porque se le acaba el subsidio, se decide a entrar en el mundo de los autónomos, lo más normal es que, yendo bien, encuentre trabajo para cubrir un sueldo próximo al salario mínimo. De este salario, el Estado se queda la mitad. Por eso, mucha gente apura el vivir del subsidio y hace trebajitos en negro.

Pero en definitiva, a pesar del gran volumen de microinmersión, criminalizar la gente que utiliza este mecanismo por pura subsistencia, no lleva a ninguna parte. Sobre todo cuando los poderes en mayúscula, acontecen una auténtica cleptocràcia asimilada a la estatocracia. Centenares de políticos imputados en casos de corrupción que afectan también a centenares de empresas corruptoras. Y las más importantes multinacionales denunciadas por la misma UE por evadir la fiscalidad con ingenierías diversas. Aquí reside el problema gordo en volumen y en carencia de ejemplaridad.

MACEDONIA

Hablando de sumergidos, lo estamos en la primera etapa de la última (?) fase del proceso hacia la independencia, siempre caótica. Una vez superado el 9N, las fuerzas políticas y sociales soberanistas discuten abiertamente qué calendario y qué forma de unidad es la más eficiente para el nuevo reto. Desde el unionismo, una vez más, pueden equivocarse en el análisis, pensando que esto es la división definitiva del adversario.

Pero, hace cuatrocientos años, los clanes de los nyerros y de los cachorros, que practicaban el bandolerismo, dividían aparentemente Cataluña. De hecho, la monarquía castellana no controlaba nada. Pocos años más tarde tenía lugar la Guerra de Secesión en la que Cataluña, como Portugal y Holanda, luchó por la independencia. Nos tocó la lotería y le tocó a Castilla, como se lamentaba el traspasado Peces-Barba, de no haber colonizado Portugal en vez de Cataluña.

Mas quiere una lista única para rehacer la hegemonía liberal; y el núcleo central del movimiento soberanista está de acuerdo. Junqueras prioriza, a expensas de perder peso en el ala centrista, no dejar ningún indeciso ni protoindependista procedente del socialismo y del cinturón metropolitano en manos del neopopulismo de dudosa adscripción catalanista. Hay que discutir la hoja de ruta y no habrá problemas para decidir, ya ahora, quiénes lideran los famosos 18 meses.

No olvidamos tampoco la inestimable ayuda al proceso del unionismo. Este año para poder poner bajo un mismo paraguas constitucionalista al PSC, C's y PP en Cataluña, han tenido que hacer una profesión de fe de reformismo constitucional en el acto organizado por Sociedad Civil Catalana, el mismo día que el PP cerraba la puerta ( y van....) a la tímida propuesta del PSOE.

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