Sueldos, mediocridad y clase política

11 de septiembre de 2011 (04:00 CET)

Desde el 8 de septiembre el patrimonio y el salario de los políticos pasa a ser público y de libre acceso. Esto me recuerda una anécdota: hace poco un político retirado, que ahora se dedica a su empresa, era interrogado por un amigo sobre la posibilidad de volver a la arena pública. El contertulio se lo miró con fijeza y le dijo: “¿Tú sabes que hacía yo cuando llegaba del trabajo el viernes por la tarde? Coger el coche y hacer más de 100 km para visitar a 15 o 20 personas en un rincón del país que esperaban mi visita desde hacía un año. Eran 15 o 20 personas que no conocía de nada, a quienes tenía que caer bien y convencer de alguna cosa. Eran 15 o 20 personas que esperaban que me quedara a cenar y que entre plato y plato las entretuviera. Ahora, cuando llega el viernes al mediodía, cojo el coche y me voy a mi segunda residencia o quedo con los amigos o salgo en bicicleta o disfruto de mis nietos durante dos días y medio. Y si hablamos de dinero, no hay color. Tú ya sabes cuando ganaba cuando era cargo público, ¿no? Pues ponle un par de ceros. Ni puedo ni quiero volver, a esta etapa. Ya ha pasado”.

La mayoría de la gente cree que los políticos cobran unos sueldos muy altos y trabajan poco. La mayoría de la gente también cree que si te bañas a la piscina justo después de comer puedes tener un corte de digestión. Ambas cosas son incorrectas. De hecho, el conocimiento que tiene la gente de algunas realidades es profundamente desalentador. Pero como en todos los mercados, el laboral político es poco atractivo.

En primer lugar, los cargos son provisionales e inestables. Los políticos escogidos (ganadores: Alcaldes y Presidentes) pueden durar cuatro años como máximo. Pero si han perdido les tocará estar cuatro años en la oposición. Los designados (Consejeros, Directores, gerentes, jefes de prensa, etc..) pueden durar cuatro años pero la mayoría ni llegan. Los cargos de confianza duran el que dura la confianza en política: muy poca.

En segundo lugar, la consideración laboral es escasa. Todo el mundo se cree con derecho a decir cómo tienes que hacer tu trabajo, y a diferencia del entrenador del Barça, te escupen sus opiniones a la cara y de forma poco educada. Tu vida pasada, tu familia y tus amigos más íntimos son objeto de un escrutinio constante e implacable. Si un amigo coloca al hijo de un cuñado en su empresa es que quiere la familia. Si lo hace un político, es que es un corrupto y practica el nepotismo.

En tercer lugar, la dedicación. Un profesional acaba la jornada a las siete, a las ocho o a las nueve de la noche y se va a casa con su familia. Los fines de semana que trabaja son excepcionales. Un político profesional acaba su jornada y tiene que ir a ver a 15 o 20 personas que le esperan en un rincón del mundo. Por otro lado, un alcalde tiene que estar disponible y al teléfono 24 horas al día, siete días a la semana. No se puede enfadar con su mecánico, ni puede ser brusco con el camarero del bar. Tiene que hacer buena cara siempre e incluso tiene que dar conversación.

En cuarto lugar, el sueldo. ¿Con quien comparamos los políticos? ¿Con un recepcionista? ¿Con un jefe de almacén? ¿Con un abogado? ¿Con un director médico? ¿Con un gerente d’una pequeña empresa? ¡Pues hagámoslo! Un recepcionista puede cobrar entre 16.000 y 22.000 euros brutos anuales (estudio Hays 2011), el triple que un regidor de obras públicas de un ayuntamiento de 3.000 habitantes que cobrará 7.000. Un vendedor de recambios de coche, entre 22.000 y 30.000 euros brutos al año más complementos. Un técnico de mantenimiento puede cobrar entre 28.000 y 40.000 euros brutos al año. El salario de gerente de un concesionario en Barcelona puede ir de los 55.000 a los 75.000 euros brutos más variable. Es decir, más que un diputado en el Parlament de Catalunya que no llega a los 60.000 brutos anuales.

El salario de un director de oficina bancaria puede ir de 50.000 a 65.000 euros más variables. Claramente superior a la de un diputado en el Congreso, aunque le sumamos la indemnización por alojamiento no llega a los 45.000 euros brutos  anuales (*). El salario de un abogado en un bufete internacional puede ir de los 25.000 euros con menos de dos años de experiencia a los 90.000 de uno que ejerce desde hace más de 10 años. Un visitador médico puede estar entre los 25.000 y los 40.000 euros brutos más coche de empresa, más dietas y más variables, que a menudo doblan el sueldo fijo. Un director médico puede cobrar entre 80.000 y 100.000 euros más bonus. Es decir, más que la mayoría de alcaldes de España. Un director general de una empresa que facture 25 millones d’euros puede cobrar unos 150.000 euros más bonus. Esto significa que una persona que gestione el trabajo que realizan 250 asalariados ya cobrará más que l’alcalde de Barcelona, el más muy pagado de l’Estado con 109.000 euros brutos y que gestiona un presupuesto de 1.700 millones de euros y tiene una plantilla de 7.000 personas. Un director de operaciones de una empresa que cotiza en bolsa puede cobrar 200.000 euros. Un director general de una empresa que facture 500 millones de euros y tenga 2.000 empleados puede cobrar 700.000 euros. Podría continuar, pero la conclusión es la misma: ¿qué políticos queremos?

Hasta ahora hemos tenido los que nos merecemos, gente que gestiona ciudades y regiones como si fueran tiendas de barrio. Gracias a todos ellos tenemos AVE’s sin pasajeros, aeropuertos sin aviones, autovías vacías, autopistas colapsadas y un sistema financiero en situación de quiebra.

En inglés dicen, si das cacahuets, te vendrán ximpancés (**).

Nota(*): Si el diputado es de fuera de Madrid, percibe un total de 55.652,76 euros brutos al año, pero se tiene que pagar el alojamiento en hotel o apartamento, que en Madrid no es precisamente económico.

Nota(**): “If you pay peanuts, you get monkeys”
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