Sueldos de infarto en un país hundido

14 de febrero de 2014 (21:08 CET)

Las empresas que cotizan en bolsa han comenzado a publicar los informes de gobierno corporativo correspondientes al pasado ejercicio. Estos documentos contienen un arsenal de datos e informaciones que vienen a complementar las cuentas anuales. Acaso el epígrafe más significativo es el que reseña las remuneraciones del estado mayor de cada firma. Semejantes pormenores se divulgan hoy con toda la naturalidad del mundo. Hasta no hace mucho, las compañías trataban de ocultarlos a los accionistas. Pero aún se dan bastantes casos de entidades que se limitan a facilitar cifras agregadas, sin el preceptivo desglose para cada miembro del consejo de administración.

BBVA ha sido en esta ocasión el más madrugador de los grandes bancos a la hora de dar a la luz su informe corporativo. Gracias a él sabemos que el capitoste de la casa, el gallego Francisco González Rodríguez, ex comisionista de bolsa, se embolsó el pasado año la fruslería de 5,1 millones de euros, con alza de un raquítico 1%. Su número dos, el consejero delegado Ángel Cano, se conformó con 3,7 millones.

Las pagas de los altos directivos de las sociedades cotizadas difieren de forma sustancial de las que cobra el común de los mortales, que suelen tener una sola nómina. González y Cano --igual que muchos colegas suyos del Ibex– perciben una profusa batería de remuneraciones. Ésta abarca pagas fijas, pagas variables, dietas de asistencia a las reuniones del consejo, dietas por pertenencia a sus distintas comisiones internas y estipendios adicionales por formar parte de los órganos de gobierno de las filiales

A todo ello se añaden ciertos programas de incentivos, cada vez más frecuentes, por los que reciben acciones del propio banco, gratis et amore. Por último, se suman también unas aportaciones millonarias a sus personalísimos fondos de pensiones, sufragadas íntegramente con cargo a las arcas sociales.

Y por si todo esto fuera poco, todavía se dan casos de algunos jerarcas que, en un alarde de codicia vomitiva, se llevan a la faltriquera cantidades astronómicas por el mero hecho de que la entidad que pilotan firmó tal o cual alianza internacional o adquirió participaciones de empresas ajenas, sean autóctonas o extranjeras. Me recuerdan a esos “brokers” futbolísticos, que se apañan comisiones siderales por intermediar en los fichajes de los reyes del balón.
Sólo se representan a sí mismos

Otra característica que encierran muchas planas mayores del Ibex es la escasa o nula representatividad de sus consejeros. La del BBVA, por ejemplo, sólo posee el 0,07%. De este dato se desprende el ínfimo grado de representatividad del consejo respecto del capital en circulación. Y queda meridianamente claro que sus miembros no representan a nada ni a nadie, salvo a sí mismos.

Francisco González (FG) es, entre los consejeros, el tenedor del lote menos exiguo, equivalente al 60% del que luce el órgano entero. Valga aclarar que buena parte de esos títulos se le entregaron “liberados” en los sucesivos planes de incentivos. O sea, en román paladino, que él no puso un céntimo de su bolsillo.

En los últimos años, FG se ha dedicado, con fruición digna de mejor causa, a prejubilar a millares de empleados que rondaban los cincuenta años. Debió de considerar a esos profesionales “acabados”, una especie de deshechos de tienta, pese a que se hallaban en la plenitud de sus carreras y acumulaban talento y experiencia. Los puestos vacantes, o bien se amortizaron, o bien pasaron a ocuparlos jóvenes recién licenciados, con sueldos muy inferiores a los de los cesantes.

Lo más llamativo del caso es que González aplicó esa criba implacable a todo bicho viviente, menos a sí mismo, el gran timonel de la casa, que casualmente disfruta del salario más abultado. FG cumplió 65 años en 2010. Sin esperar a la preceptiva jubilación, aprovechó la oportunidad para hacer efectivo el cobro del fondo de pensiones que el banco había ido nutriendo. Se llevó, así, a la faltriquera, nada menos que 70 millones de euros. Un año después redondeó la faena. Hizo modificar los estatutos para retrasar de 70 a 75 años la edad obligatoria de retiro de los miembros del consejo. De este modo, despejó el camino para poder continuar empuñando tranquilamente el timón hasta 2020.

Las gabelas del BBVA y las que irán publicando en breve otras compañías punteras de la bolsa revelan que, con crisis o sin crisis, los oligarcas del Ibex hacen de su capa un sayo y siguen dando rienda suelta a un afán insaciable de acaparar riqueza y poder.
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