¿Somos de verdad un país serio?

13 de enero de 2013 (00:18 CET)

"Mantener viva la sospecha sobre los que gobiernan, no perder nunca el sentido crítico ante sus actuaciones, dudar de sus promesas, son actitudes muy adecuadas si se quiere evitar que los gobernantes acaben sucumbiendo a las tentaciones del poder. La desconfianza tendría que ser una virtud democrática. Y, sin embargo, los gobernantes nos piden que les tengamos confianza. Y los medios se envuelven en discursos de colores para apelar a la recuperación de la confianza entre gobernantes y gobernados… En realidad, la desconfianza es la virtud democrática que se opone a la indiferencia. La insistencia en la confianza forma parte de la herencia que la religión ha incrustado en la política: fe en el poder, es decir, servidumbre voluntaria…”

Me venía a la cabeza esta reflexión de Josep Ramoneda, contenida en su reciente libro La izquierda necesaria, editado por RBA, mientras preparaba este artículo repasando lo que había ocurrido a lo largo de la última semana y la desproporción entre la gravedad de algunos hechos y la falta de respuesta, cuando no complicidad, por parte de actores esenciales de la sociedad.

Veamos. El actual presidente de la Generalitat es a su vez el líder de CDC, un partido cuya sede está embargada por la justicia por haberse beneficiado de uno de los mayores escándalos de corrupción de los últimos tiempos: el del Palau de la Música; Unió Democràtica, el partido coaligado con CDC desde tiempos inmemoriales y por lo tanto con el que comparte cientos de estructuras de poder, ha admitido esta semana ante el juez haberse financiado irregularmente con fondos de formación para parados, y, last but not least, se ha producido una de las mayores burlas al parlamentarismo que recuerdo: Oriol Junqueras, cofirmante junto a Mas del pacto de gobierno que sustenta al actual govern ha sido nombrado jefe de la oposición, con no sé qué tipo de pretensiones porque me niego a pensar que haya sido simplemente para tener alguna que otra prebenda económica más.

En los dos primeros casos, me resulta inconcebible la ausencia de dimisiones por parte de los máximos responsables políticos de las formaciones imputadas. Tan dados que somos en Catalunya a compararnos con otras naciones y no soy capaz de recordar una situación similar en alguna de las democracias con las que nos podamos cotejar. ¿Realmente, somos un país serio y avanzado? ¿A la vista de estos tres ejemplos no tenemos un grave problema político que debería situarse en la primera posición de nuestras prioridades?

Más grave aún que esos tres asuntos es la indiferencia con que el país los recibe, la sensación de que es lo que hay y que no hay más, que no pase nada, que incluso acaben pareciendo un capítulo más de la normalidad. Esto es, de verdad, lo más preocupante, la falta de capacidad de reacción ante hechos que en cualquier otra sociedad democrática habrían acabado provocando un saludable terremoto político. Aquí, no. Sin alternativa política, cuesta pensar que pueda despertarse una mínima contestación ciudadana. Pero sin alternativa no hay democracia y haríamos muy mal en olvidar este riesgo.
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