Ser una empresa internacional

26 de enero de 2014 (19:34 CET)

Esta semana he estado tres días en Budapest (Praga) para la celebración, por segundo año consecutivo, del kickoff de una compañía internacional de la que soy socio en España. Para los que no estén familiarizados con este término, un kickoff es como una especie de seminario o reunión de empresa donde se intercambian estrategias entre los distintos departamentos y territorios que configuran el grupo. Donde se hace un alto y se fijan objetivos.

La compañía de la que estoy hablando cuenta con 70 empleados y socios y están presentes en prácticamente todo el mundo. Estas intensas sesiones me han permitido observar de cerca y participar en cómo se comporta una empresa internacional. Me gustaría compartir algunas ideas, dado que España exporta mucho pero las empresas no tienen todavía una organización de las características necesarias para competir abiertamente en un mundo globalizado, con independencia del sector al que se pertenece. En el bien entendido de que no pretendo tomar este grupo como modelo.

Básicamente, ser internacional es una manera de ser y de comportarse. Estas empresas son muy ágiles. Tienen las mínimas estructuras, no disponen de sede. Los directores viven donde quieren, donde estén más cómodos, con lo que se evitan muchos costes y muchos inconvenientes de concentrar las decisiones en un lugar concreto. Son ejecutivos en red. Se desplazan, casi siempre en avión para visitar a los clientes, pero no para reunirse entre ellos. Lo hacen por vídeoconferencia o Skype.

El organigrama es muy plano. En teoría, es matricial. Pero prima la colaboración mutua y no la lucha por el poder.

El objetivo fundamental es vender. Obviamente, tienen un muy buen producto y lo mejoran constantemente, pero el foco está en conseguir clientes donde quiera que estos estén. El acercamiento al cliente potencial se realiza por un equipo compuesto por el responsable de ventas y el responsable de producto. Es más lento pero más útil, ya que a partir de la primera reunión ya se pueden despejar muchas incógnitas. El producto no es fácil de vender. En el submercado en el que se mueven existen competidores muy fuertes y muy grandes que utilizan sus fortalezas de gama para capturar al cliente.

Esta compañía compite con éxito precisamente por su manera de gestionar. Por su agilidad, por el buen servicio, por las referencias, porque se juegan la supervivencia.

Es una firma participada por un pequeño fondo de capital riesgo que les exige una rentabilidad financiera muy por debajo de su rentabilidad industrial. En todo caso, les dejan llevar la gestión, aunque forman parte del consejo de administración.

La reunión del kickoff sirvió para comentar experiencias. Exponer casos de éxito para aplicarlos en otros contextos y mercados. Casi no se habló del pasado. Hubo un fuerte intercambio de experiencias ocurridas en tres continentes distintos. Todas ellas muy ilustrativas de las diferentes maneras de hacer negocios.

La tecnología y la producción están ubicadas en uno de los nuevos países emergentes, donde los costes son más bajos pero con talento suficiente.

Como no podía ser de otra manera, el latín es el inglés. El nivel es alto pero todo está matizado por la enorme diversidad de acentos. Y todos intentan entenderse. El idioma no discrimina.

Se toman su tiempo para la selección de personal. Son procesos rigurosos, donde interviene tanto el currículum vitae como la manera de ser del candidato. El resultado es una mezcla tremenda de nacionalidades y razas.

La reunión sirve para conocerse. Para poder hablar unos con otros, tanto jefes como empleados. El clima que se desprende es de colaboración, de ayudarse porque todos forman parte de una comunidad de intereses. Todos alineados.

Casi todos viajan los fines de semana. Todos cuentan las millas (¿se acuerdan del film de George Clooney Up in the air?) para llegar a su destino más cómodamente. ¡Y se conocen las compañías aéreas mejor que los propios ejecutivos! Han viajado por todo el mundo, de vacaciones o por cuestiones laborales, y tienen una conversación muy variada sobre temas culturales, educativos, de ocio o de deportes (el gran Rafa Nadal ha estado presente).

La compañía de la que estoy hablando, aunque seguro que es aplicable a muchas otras, ha incorporado recientemente un grupito de jóvenes expertos en redes sociales. Han tomado esta decisión para darse a conocer de otra manera y emplear otros procedimientos de venta. Todo lo nuevo cuesta, al principio. Pero el empuje con que tratan a veces temas muy complejos tecnológicamente hace prever que la compañía continuará innovando y progresando.

Y, finalmente, el nivel de exigencia es muy alto.

Los salarios son altos, con fuerte componente variable, pero también se exigen resultados cuantificables.

Seguro que existen muchas empresas españolas con este perfil, pero todavía no las suficientes. La forma de gestionar que relato no ha impregnado suficiente nuestro tejido empresarial.

Los que vuelan frecuentemente por Europa apreciarán la creciente cantidad de españoles con los que se encuentran en los aviones. Antes, eran exportadores de bienes. Ahora, son consultores o chicos jóvenes que se han instalado en el mundo, en empresas globales.

Quizá porque las cajas ya no ofrecen empleos no tienen más remedio que moverse. O quizá porque los jóvenes que se incorporan al mercado laboral ya lo hacen pensando en el mundo. Y de otra manera.
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