Ser social-liberal es bastante confuso

09 de septiembre de 2014 (00:00 CET)

Nicolas Sarkozy se da hasta finales de setiembre --según su entorno más fiel-- para anunciar si quiere ser candidato de la UMP en las próximas elecciones presidenciales.

Ese lanzamiento pasa antes por tener la presidencia del partido, en la que provisionalmente está instalado un trío de figuras senior. El hundimiento del socialista François Hollande en el Palacio del Elíseo y el precedente de los votos que Sarkozy le arrebató al Frente Nacional, hoy más que pujante, seguramente le alienta a reincidir. En 2012 tuvo diecinueve millones de votos. En la UMP también está a la espera el muy capaz Alain Juppé, ahora en la gran alcaldía de Burdeos.

A diferencia del laborismo británico, de la socialdemocracia alemana o del PSOE, el socialismo francés nunca prescindió del suficiente lastre como para comportarse como social-demócrata. Y ahora, atascado en la post-crisis y con Hollande bajo mínimos en la estima popular, pretende con Valls saltarse las etapas y pronunciarse como social-liberal.

El visado lo lleva el nuevo ministro de economía, Emmanuel Macron, a quien le corresponde la botadura de un conjunto de reformas que, a cada intento anterior, han soliviantado a media Francia, especialmente los sindicatos del sector público.

¿En qué consiste ser social-liberal? En realidad, parece una fórmula mágica o más bien un slogan. Tener todas las ventajas del liberalismo capaz de generar crecimiento pero sin los pecados neoliberales; y ser social prescindiendo de los arcaísmos socialistas. En fin, conyugar la reducción del Estado con el mega-Estado. Ahí está Macron, fiel a Hollande y procedente de la Banca Rothschild, como el gaullista Pompidou, de quien el paso del tiempo ha recalcado sus virtudes.

 
Ni con caerles bien a los empresarios ni con presentarse como social-liberal se pueden resolver las inercias económicas
El reformismo de Macron va a topar con la izquierda del socialismo, protagonista de la crisis gubernamental que al llevado al poder al exsecretario general del Elíseo y antes hombre de los Rothschild. En la izquierda socialista, como Arnaud Montebourg, desencadenante de la crisis, hay algo del escorpión que se muerde a sí mismo.

Los obstáculos que tiene el reformismo post-crisis en Francia contrastan con el diagnóstico de la OCDE sobre la coyuntura española. Da por segura la recuperación y a la vez insiste en que el gobierno de Rajoy tiene que perseverar en las reformas. En fin, revisión al alza del crecimiento, aumento de la competitividad internacional. Buen impacto de las medidas del BCE. Queda, en fin, la grave dimensión del desempleo.

Por el FMI, Christine Lagarde también ha dicho que España es el único país que mejora, aunque no lo suficiente. Ni el FMI nila OCDE nunca dan matrícula de honor. Como es propio de la realidad cambiante, siempre quedan deberes por hacer.

Macron parte de un estadio muy anterior, en crecimiento cero. "Hay que reformar las reformas, porque nunca salen bien a la primera", ha dicho Gurría, secretario general de la OCDE, al presentar su panorámica de la economía española. Le queda un largo trecho a Macron para reformar y reformar las reformas. Ni con caerles bien a los grandes empresarios ni con presentarse como social-liberal puede uno resolver las inercias económicas de la noche a la mañana. En sus orígenes, Macron fue un filósofo aplicado. No sabemos si estoico o epicúreo.
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad