Ser empresario de uno mismo

Rafael Suñol

11 de enero de 2015 (20:02 CET)

Seguramente conocerán a mucha gente que trabaja como freelance. Yo los tengo muy cerca. Se trata de una tendencia que irrumpe cada vez con más fuerza especialmente en los países anglosajones. Se estima que en Estados Unidos un tercio de la población laboral trabaja de esta forma.

The Economist ha publicado esta última semana un muy interesante y sugestivo artículo que lleva por título The future of work, del que les recomiendo su lectura. No les voy a resumir el artículo sino comentar algunos aspectos relacionados con el tema.

Es obvio que las empresas actuales han cambiado mucho respecto de lo que llamamos los recursos humanos, su gente, sus empleados. Se ha pasado de una relación estable y leal, casi para toda la vida, a unas relaciones mucho más abiertas de relación contractual más flexibles.

La globalización ha puesto en cuestión las relaciones laborales. Por un lado ha introducido más competencia entre compañías, a lo ancho del planeta, lo que ha conducido directamente a un mayor control de costes --de ahí las deslocalizaciones-- y después ha focalizado en el coste laboral. De ahí surge el outsourcing. Se trataba de cambiar costes fijos por variables, más fáciles de controlar y gestionar. Las legislaciones sobre el trabajo después de la II Guerra Mundial habían creado una estructura rígida destinada a proteger al trabajador fijo, pero el ajuste en condiciones recesivas era muy costoso.

Pero la globalización no ha sido el único factor. La crisis económica ha ayudado mucho, pero la espoleta que ha facilitado el trabajo fuera de las empresas ha sido el progreso tecnológico. En concreto, los ordenadores, los teléfonos inteligentes, internet y la mejora de las comunicaciones. Esta conjunción ha dado pie a unos nuevos modelos de negocio cuyo ejemplo quizá más conocido es el de Uber pero que se ha extendido a cualquier prestación de servicios.

Se trata de casar trabajos (habilidades, servicios), con la demanda en un espacio de una cada día mayor competencia.

Es lo que llaman on demand economy. Una relación más abierta, más flexible entre especialistas y demanda de servicios que empezaron compartiendo el coche pero que ahora se puede encontrar incluso en colectivos organizados de freelance consultants. La empresa segmenta su cadena de valor, va al mercado a contratar, los freelance se agrupan y se establecen unas relaciones más o menos estables. La compañía controla el producto o el servicio obtenido.

La crisis ha aligerado de las empresas mucho talento fijo. Este no es probable que vuelva a trabajar en estas compañías de forma fija y full time. Han tenido que espabilarse. Han aprendido a ser competitivos, a venderse a sus antiguas firmas y a otras. Se han organizado el empleo por su cuenta, tienen que trabajar más, a cualquier hora, ganan más aunque sincopadamente, tienen que crearse tanto su fondo de pensiones como su propia marca. Disfrutan de mayor flexibilidad y trabajan --si tienen talento y educación-- en todo el mundo. No necesitan oficinas, ni secretarias. Pero es imprescindible conocer el mercado y que éste aprecie sus habilidades.

Todo es más frágil. Todo es más inseguro. Aunque unos por necesidad y otros porque las grandes empresas no les ofrecían una carrera atractiva han pasado a formar un colectivo cada vez más numeroso. Es un nuevo mundo, no escaso de riesgos.

Por un lado están las regulaciones administrativas. La legislación laboral todavía está pensada para empleados fijos y a tiempo completo y regula mal las subcontrataciones. A continuación, desaparece la lealtad a la empresa. Unos y otros contratan según las circunstancias. El freelance necesita mantenerse al día con formación y aprender nuevas técnicas, difíciles de adquirir si no se pertenece a una estructura que ya está establecida. Pero no necesita mucho más que su capital --es decir, sus conocimientos, habilidades y espíritu de riesgo-- para nadar en un mar que no acostumbra a ser amable.

Sin embargo, en este nuevo mundo que está llegando a Europa se de establecer algún tipo de seguridad. No puede ser la jungla, como comenté hace semanas en un artículo sobre el servicio de transporte Uber. No se trata de explotar a los nuevos trabajadores que, por otro lado, las empresas necesitan porque entre otras razones son más baratos que una contratación fija.

A medida que los servicios prestados se vuelven más sofisticados, se requieren especialistas más profesionales que den garantías de que los trabajadores por su cuenta son competentes y honestos. Y ello requerirá dar más y mejor información a los que les contraten. Serán tan importantes los estudios como su hoja de experiencia y sus referencias, con sistemas de evaluación conocidos.

Mucha gente no se adaptará a este nuevo tipo de sociedad del trabajo. Otros tendrán que acostumbrarse, aunque temo que en Europa continental la evolución será más lenta, y tendremos que pensar en qué tipo de educación, desde las escuelas, se da para poder, además de trabajar, ser tu propio empresario.

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