Señores de Podemos: ¡con la deuda no se juega!

27 de noviembre de 2014 (21:04 CET)

Una de las propuestas más preocupantes y quizá desafortunadas de Podemos en lo que sería su programa electoral, preelectoral o simplemente charla tertuliana, es la reestructuración de la deuda pública de manera que, en principio, un 30% de la misma, podría quedar sin efecto y en consecuencia se amortice sin pagar ni el principal ni los intereses pactados, es decir que la propuesta llevaría directamente a estafar a los inversores que adquirieron deuda española confiando en que nuestro país en su conjunto estatal era serio y cumplidor de sus compromisos.

En los dos cuadros adjuntos se muestra la situación actual de la deuda pública española:


Dejar de pagar ese hipotético 30%, supone suspender pagos por un importe nominal cercano a los 316.000 millones de euros y ahorrar intereses anuales por importe aproximado a 11.500 millones.

Hasta el día de la fecha, el Estado español central y sus administraciones autonómicas y locales han cumplido sus compromisos de pago. La situación actual no da a entender cambios en dicho comportamiento, pues a pesar de que las cifras de endeudamiento han crecido de forma espectacular en los siete últimos años, hasta casi triplicar el saldo de deuda vigente, la tasa de costes financieros de la misma se ha reducido significativamente y en un contexto de mantenimiento o crecimiento del PIB, las cifras de intereses parecen asumibles para el erario público.

En un discurso aparentemente progresista y renovador, pero en el fondo nada novedoso y altamente demagógico, se pretende estafar a los propietarios actuales de la deuda, decirles que, por ejemplo, un 30% de su dinero ha desaparecido, que ya no lo recuperarán y que no cobrarán los intereses pactados, dinero que se va a ahorrar el Estado y se va a transferir a economías domésticas o empresariales supuestamente más necesitadas, es como robar a los aparentemente ricos para dárselo a los pobres, algo así como si volvieran Robin Hood o Curro Jiménez.

Las consecuencias de una decisión de estas características son previsibles y nefastas para la economía nacional, el efecto positivo podría ser de magnitud “X”, mientras que el efecto negativo es difícil de cuantificar de forma precisa por la envergadura que conllevaría, pero lo podríamos acotar en una magnitud de entre “5X” y “10X”, todo ello muy afectado por el impacto internacional generado. Sería extraordinariamente peor el remedio que la enfermedad.

Hacer desaparecer por arte de “birli birloque” un 30% de la deuda afectaría a todos estos agentes económicos: fondos de inversión y fondos de pensiones, entidades de crédito y aseguradoras, empresas y familias.

Es importante recordar que detrás de estos agentes económicos, en todos los casos, absolutamente en todos, están las personas físicas. A modo de ejemplo, detrás de un fondo de inversión hay un partícipe, que puede ser una persona física que ha incorporado a esa institución de inversión colectiva los ahorros de su trabajo de muchos años, que vería cómo de golpe una decisión populista confiscatoria le reducía su patrimonio para entregárselo a terceros.

También conviene recordar que el Fondo de Reserva de la Seguridad Social al cierre de 2013 tenía un saldo de 53.000 millones, el 98,5% estaba invertido en deuda pública española. ¿También se eliminaría ese posible 30% del valor de esa deuda quitándoselo así potencialmente a futuros pensionistas? En el caso de ser selectivo en la quita y no aplicarlo a dicho fondo de reserva, ¿nos propondrían incrementar el porcentaje de quita a otros agentes económicos?

Como tema adicional, pero no por ello menos importante, ¿saben en Podemos que cerca del 40% del saldo de la deuda pública española está en poder de inversores no residentes? Quizá desde la perspectiva del papanatismo, podemos pensar que da igual incumplir los compromisos de pago, al pensar que dichos acreedores son un ente supuestamente abstracto genéricamente denominado “capital financiero internacional”, que normalmente se vincula a ese conjunto de inversores-especuladores perversos, demoniacos, maléficos y enemigos de la economía nacional, como decían algunos miembros del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. La realidad es que detrás de esas inversiones conjuntamente multimillonarias están inversores institucionales que representan a millones de inversores finales, que verían cómo el Estado español tomaba una decisión gubernamental consistente en estafarles y no pagarles los importes pactados.

El problema no es sólo que los malos augurios se cumplan, sino que con mucha antelación se hable de ello como intención ejecutable, ya que si un inversor internacional o nacional creyera que ello iba a pasar, no es que ya no vaya a comprar deuda pública emitida en el futuro, sino que va a salir a toda velocidad de la deuda pública española, pues los mercados financieros anticipan tendencias de la realidad económica futura, pero eso además es lo que haría cualquier inversor residente racional al creer que le van a rebajar en un 30% su patrimonio actual invertido en deuda.

Si la deuda se vende de forma masiva por parte de sus tenedores en los mercados secundarios, los precios bajarán y las tasas de rentabilidad (TIR) subirán intensamente, con lo cual las primas de riesgo se pueden volver a disparar y los costes de financiación del Tesoro público estatal, CCAA y ayuntamientos pueden crecer en magnitudes muy elevadas ya vividas, con el peligro de alcanzar tasas de interés de dos dígitos que ya no recordamos para nuestro país.

Señores de Podemos, hagan números, si ustedes deciden dejar de pagar ese hipotético 30% de la deuda pública se ahorrarán intereses por aproximadamente 11.500 millones, pero mi pregunta es si se han parado a pensar que todas las nuevas necesidades de financiación se tendrán que costear a intereses notablemente superiores y que la decisión habrá sido inútil y perjudicial.

Por cierto, en 2015 se debe renovar cerca de 240.000 millones, que es el 28% del saldo actual de la deuda pública, si nos empeñamos en generar incertezas innecesarias y sembrar dudas sobre la solvencia de la Deuda, va a ser difícil financiar el nuevo déficit público y refinanciar vencimientos de deuda vigente. En la dirección general del Tesoro deben temblar cada vez que Pablo Iglesias o alguno de sus camaradas lugartenientes expertos en economía salen a la palestra y lanzan sus extravagantes ideas.

Es importante asumir que la deuda pública no suele rebajar su saldo vivo de forma consistente en casi ningún país, que los emisores deben ser capaces de pagar los intereses y generar la confianza suficiente para renovar la deuda que vence y poder financiar nuevos déficits públicos cuyas magnitudes conviene reducir significativamente, así como lograr crecimientos razonables del PIB, que en definitiva acaba siendo el elemento determinante de la solución a la mayoría de problemas macroeconómicos, ente ellos el del crecimiento excesivo del saldo de la deuda pública.

Querría pensar que la propuesta de Podemos ha sido decidida por alguien que nunca ha trabajado en mercados financieros y quizá se ha redactado en un momento de irreflexión al amanecer, cuando cada uno lanza la primera barbaridad o propuesta populista que se le pasa por la cabeza. Peter Drucker, afamado economista austriaco, repetía en sus discursos que “cada vez sabíamos más de menos y que lo llegaríamos a saber todo de nada”. A mí me da miedo que la nueva casta política muy curtida en tertulias radiofónicas y televisivas aplique “el saber cada vez menos de más y lleguen a saber nada de todo”. Reconozco que me preocupa pensar que si en este tema de la deuda pública se han hecho propuestas tan atolondradas, ¿quién sabe cómo se habrán elaborado otras muchas propuestas de importancia económica relevante?

A modo de reflexión final, me hago la pregunta de si es conveniente que la alternativa a la clase política, muy vinculada a la corrupción de todo tipo, sean jóvenes solo aparentemente cualificados, con conocimientos de economía muy cuestionables y con tendencias marxistas leninistas renovadas o recogidas de los archivos de otras economías históricamente ubicadas en la falta de prosperidad para la ciudadanía. Pensemos en lo que hacemos, igual podemos (con minúscula) hacerlo mejor, seguro que nuestros políticos nos querrían llevar al Edén o al Nirvana, pero me da miedo que nos lleven desde Guatemala a otro sitio peor.

Si existiera el equivalente antagónico al Premio Nobel de Economía, el candidato seguro a tal preciado logro será quien haya hecho la propuesta de reducción del saldo de la deuda pública a través del peligroso atajo del incumplimiento del saldo vivo. No hay por qué ponerse la venda, antes que la herida, aún están a tiempo de rectificar, los políticos cuando se equivocan suelen decir “no se ha entendido bien mi discurso”, rectifiquen la propuesta, háganlo, no solo se lo pido, se lo debo exigir, por el bien de la economía nacional, del sistema financiero, de mi economía propia y de muchos de los que me rodean.

*Pablo Larraga, economista. Director del Máster en Finanzas del Instituto de Estudios Financieros (IEF); EFP
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