Rosa Clará: las querellas del blanco satén

10 de agosto de 2013 (17:43 CET)

Rosa Clará es una exponente de la franquicia catalana. Su red es un reguero de pólvora y descontento. La diseñadora nupcial reagrupó sus empresas hace un año bajo el paraguas de Rosa Clará Holding Corporativo. Fue su penúltima estación junto a su socio histórico, Enrique Coronado, revocado esta misma semana, según la información disponible en el Borme. El capital suscrito superó entonces los 28 millones de euros, pero hoy las cuentas no figuran en el Registro. Clará no deja rastros.

Todo suena a metal. A Barcelona le faltan una vida difícil, como la de Cocó Chanel, y un par de perfiles andróginos de envergadura (los casos de Jean-Louis Scherrer o de Yves Saint Laurent servirían de ejemplo) para ser una ciudad sin complejos. Más atrevimiento; menos amabilidad. La radicalidad bate al mercadeo y abre de paso la llave de la fortuna. Balenciaga trabajó con Hitchcock y vistió a Ingrid Bergman. Saint Laurent diseñó decorados para Roland Petit, Claude Régy, Luis Buñuel o François Truffaut, y convirtió a Catherine Deneuve en el icono de su estilo. A su muerte, su compañero Bergé subastó en tres días su colección privada de arte, en el Grand Palais; también puso a la venta su mansión de la calle Babylon, con gran interés por parte del ex presidente Sarkozy y Carla Bruni.

Aquí, las colecciones privadas de la moda y de la confección --como la de Alberto Palatchi, el dueño de Pronovias, o la de Isak Andic, patrón de Mango-- levantan polvaredas de rumores sin fondo; son el resumen de compras impostadas. Nuestros diseñadores presumen de jardín y hasta de alberca, pero su estampa no traspasa fronteras. Internacionalizan sus franquicias, no su sello. Clará sobrevive en el tumulto de la ciudad ensimismada. Le persigue la guerra mercantil abierta hace tiempo por su ex marido, Rafael Martínez Plaza, que fue matador de toros antes de asociarse con la diseñadora. Él la acusó de falsear cuentas; lo hizo en sede judicial, el foro público en el que confluyen tantas batallas mercantiles privadas.

Clará fue imputada, pero no vencida. Hoy, sin embargo, el mercado se angosta al ritmo de la gran depresión. La selección natural dicta su ley. Clará ha vestido de novia a Mischa Barton, a Paula Echevarría, a la cantante Paulina Rubio, a modelos y a celebrities como la americana Amanda Hearst, bisnieta del magnate de la comunicación. Su estilo define a Catalunya como principal motor exportador de vestidos y complementos de novia. Madrid solo nos gana en los bautizos, el segundo estandarte prosaico de la vida social de un país territorialmente escindido. El paseo de banderas de la Navy británica en del Peñón de Gibraltar ha abierto, en los últimos días, el apetito del españolismo rancio. Trescientos años después, la sombra del Tratado de Utrecht rememora la alianza entre el archiduque Carlos y la punta del Sur de Europa. El atlantismo catalán saca pecho. Quizá a destiempo, como la alta costura.

El Eixample de Barcelona no cuenta con una arteria como el Faubourg Saint-Honoré del viejo París. Clará interpreta el mundo tras los ventanales de Diagonal, aunque su mejor escaparate no es precisamente la tienda de referencia, sino el salón Noviespaña de Fira Barcelona, con una gran afluencia de visitantes rusos, la auténtica bourgeoisie comprador del siglo XXI. En verano, el litoral de tramontana, donde veranean algunos de nuestros diseñadores, mira de lejos a Roquebrune-Cap-Martin de la Riviera francesa. Allí, el arquitecto Robert Streitz levantó la mansión de Coco Chanel. Y allí, el gran músico Ígor Stravinski se enamoró perdidamente de la genial sombrerera e inventora del canotier masculino.

Un siglo después, el Dedal de Oro parisino sigue marcando el compás. Clará pugna por mantenerse a flote. Pero los lunares, las flores y el leopardo rivalizan con el blanco satén.
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