Rodrigo Rato: el ciudadano desleal camino de la cárcel

07 de diciembre de 2014 (00:00 CET)

Génova, núcleo de la corrupción sistémica, se desangra. La caída de Rodrigo Rato por la estafa de Bankia lleva la podredumbre hasta el artífice del falso milagro español. José María Aznar gobernó con dos manos extendidas: una hacia su vicepresidente, Rodrigo Rato, y la otra, hacia su amigo del alma, Miguel Blesa.

Rato liberalizó el precio del suelo para entrar en la gran burbuja; Blesa, por su parte, inventó activos ficticios para financiar la misma burbuja.

Rato es desleal. Su engaño va más allá de la sospecha; su estética se aproxima al dintel de la náusea. ¿Qué queda de aquel ministro de Economía que festoneaba los Ecofin europeos? ¿Dónde está el discurso del ex gerente del FMI? Abandonó lo público para enriquecerse. Desveló su nulo sentido del deber.

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*Ilustración de Lluís Recasens "L'Avi.-"

Se convirtió en Arsenio Lupin, el ladrón de guante blanco, desenmascarado ahora por los peritos del Banco de España que han descubierto el maquillaje de las cuentas de Bankia, el banco que él presidió y desde el cual estafó a 370.000 accionistas.

La OPS de Bankia multiplicó el precio de las acciones y, a los pocos días de su cotización, el núcleo duro del banco, integrado por empresas participadas, se enriqueció vendiendo al precio hinchado. Fue un delito de iniciados. Una operación inside ante las narices de Rato que o consintió o cerró los ojos o, peor aún, se lucró.

Hubo trato de favor en operaciones de riesgo de miembros del consejo de administración. El perjuicio directo ha causado a los inversores una suma equivalente al importe de los fondos captados en la salida a bolsa. A lo que hay que añadir 22.000 millones de euros, el dinero público del rescate de Bankia con el que se evitó la quiebra. Y esta última cantidad la hemos pagado a escote, accionistas y no accionistas.

Rato ha sido cazado cuando empezaba su retiro dorado. Vivía el síndrome de Mansfield Park, encarnado en un personaje de Jane Austen que se refugia en las Antillas para poner orden en su dinero desde la opacidad.

El ex vicepresidente ya formaba parte de una lista exclusiva de españoles desterritorializados enormemente ricos (Folch Rusiñol, Demetrio Carceller o el mismo Aznar) que han puesto pies en polvorosa en el reflujo de la gran estafa.

Pillado al filo de la campana, Rato ya era un ciudadano apátrida con un pie en un valle helvético o en algún principado offshore, como lo hicieron mucho antes otros ilustres cazadores de fortunas, como Enric Masó o el mismísimo Julio Muñoz Ramonet.

Rato entró en Bankia propulsado por Mariano Rajoy, gracias en parte al giro espectacular con el que Prisa (El País, Ser, etc.) dio soporte a esta operación con la ayuda de Juan Luís Cebrián, Ceo del multimedia, y de Matías Cortés, el que fuera abogado de cabecera del fallecido Jesús de Polanco.

Una vez en el banco, vendió a mansalva las preferentes creadas por Miguel Blesa, el Alí Babá de la banca española. En el momento de la salida a bolsa y a falta de inversores internacionales de peso, colocó el 26% de Bankia a pequeños clientes a través de la red de oficinas.

El mal ya estaba hecho y sus consecuencias penales son ahora dramáticamente impredecibles, aunque todas pasan por la puerta de Soto del Real. La puesta de largo del banco en el parqué madrileño, con Rato en el atril y toque de campanilla, fue una metáfora del capitalismo español de amiguetes, acomplejado y de toque anglosajón.

Bankia saltó en el vacío con la complicidad de la consultora Deloitte, del Banco de España (un Supervisor que no supervisa) y gracias a la nula calidad de la CNMV. No era el primer estreno de Rato Figaredo, un hombre de empresa familiar antes que político; un sabio de gabinete incapaz de llevar la emoción a las urnas, pero muy ágil en las transacciones de pasadizo, allí donde se cuecen los pactos profundos.

Su padre, Ramón de Rato Rodríguez-San Pedro heredó una importante fortuna procedente del abuelo Faustino Rodríguez-San Pedro, alcalde de Madrid en 1890 y ministro de Antonio Maura en 1903. Sufrió el encono autárquico de Delitos Monetarios y legó a su prole el maquillaje contable de los buenos fajadores.

Fundó la Cultural Ramiro Ledesma, en honor del gran joseantoniano, y fue miembro de la Orden Hospitalaria de Jerusalén, un nido de ultras. En los años del hierro, participó en la fundación de Radio Nacional y ayudó a Manuel Aznar, el abuelo del ex presidente, a reactivar la cadena Ser. Pero, sobre todo, creó Radio Toledo, el germen de Cadena Rato, la divisa familiar.

La Bankia del ex vicepresidente gozó de todos los favores, pero engendró todos los males. Uno de ellos despierta ahora concomitancias con Gürtel, la hidra de mil cabezas que corroe a la derecha conservadora. En uno de sus terminales, la piel de Bankia tocó a Martinsa-Fadesa y a otras empresas como Polaris World, Pinar o Sando.

Y a otra muy escandalosa: la de la aseguradora Caser, que garantizaba el cobro de las preferentes a los estafados. Rato y Blesa han mostrado que antes de llegar a lo ominoso se pasa por lo chabacano. Rato, un abogado con terminología de economista, ha tirado por la borda un caudal de credibilidad probablemente inmerecido, y ahora ocupa un lugar preferente en la orgía del hostigamiento.
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