Ricard Pagès: el banquero omnímodo

04 de mayo de 2013 (23:16 CET)

Por arte de birlibirloque, meritó un fondo de pensiones de 11 millones de euros. Fue deglutido por la codicia. Ricard Pagès Font, el ex presidente de Caixa Penedès, es un banquero vocacional reducido a chivo expiatorio. El Fiscal, Emilio Sánchez Ulled, pide para él tres años y medio en la sombra y, en su auto de acusación, el ministerio público califica al ex directivo de “omnímodo” por su don de la ubicuidad en materia de papeles, firmas y rúbricas.

Pagès estampó su firma en el comité de remuneraciones de Caixa Penedès, en la Intervención de la entidad que lo acreditaba como alto ejecutivo y hasta en su hoja de servicios. Quiso asegurar el tiro. Fue arte y parte de su millonaria pensión. Y ahora su delito resulta tan evidente que no hacía falta invocar a la alta jurisprudencia para inventarle un adjetivo; es omnímodo, por lo menos.

Cuando hace años, Pagès sustituyó a Joan Insensé en la histórica caja comarcal, el Penedès entero se vino abajo. De la profesionalidad pasaron al desorden y, de ahí, a la desmesura en la era infame del ebitda y el diseño facilón (la viña desparramada sobre un logo mercantil de dudoso gusto).

Las uvas de la gloria son ahora las uvas de la ira; y, como el sector del cava siga así, el rostro atormentado de Henry Fonda (en la película homónima de John Ford, sobre la conocida novela de Steinbeck) acabará impregnado en los nuevos vagabundos de la cosecha, los okies del Penedès, disueltos por la Depresión y la voracidad de su banco.

El pasado acecha. Cuando se constituyó en 1913, Caixa Penedès era la caja fuerte de la pequeña explotación agrícola, de los dependientes del comercio y del ateneo obrero. Fundada por la Asociación Católica, cobijó a los ancianos del Inglada-Via y refundó el mítico Fòrum Berger Balaguer. En la etapa de su impulso profesional, la caja entró en el capital de Acesa (la autopista que cubre su territorio) y promovió vivienda social para capear las urgencias del salto migratorio.

Pagès apostó por el crecimiento en depósitos, oficinas e hipotecas. Tanto que, en su último año antes del Frob, Caixa Penedès tenía 633 oficinas (537 en Catalunya y el resto en Aragón, Madrid y Valencia).

Poco después, en junio de 2010, puso en marcha una fusión virtual con Caja Murcia, Sa Nostra y Caja Granada; fue su último suspiro antes de convertirse en BMN (Banc Mare Nostrum), con domicilio fiscal en Madrid. Pagès ocupó la presidencia del banco recién creado en enero de 2011 pero, unos meses más tarde, se conoció el generoso fondo de pensiones, que se había otorgado a sí mismo y a otros directivos (con retiros más modestos) como Manuel Troyano, el último director general, o Joan Caellas, conocido como el Breve, porque fue cesado a los pocos días de su nombramiento.

Durante años, Pagès atizó la brasa incandescente del metro cuadrado. Curiosamente, su perdón judicial depende ahora de su capacidad avaladora: casas en Barcelona, Vilafranca, Baqueira y la costa. Su mejor pelotazo había de ser el retiro truncado de 11 millones, un pellizco goloso pero muy lejos todavía de las pensiones que adornan las sienes de Goirigolzarri y de Alfredo Saénz, ambos justificados por periódicos como el ABC o La Razón por tratarse de remuneraciones de empresas privadas.

El apellido Pagès vive a la sombra de Raventós. Y, en ambos casos, el gentilicio hace la cosa; son dos de los brazos familiares de Codorniu, el árbol del cava con centenares de miembros en permanente disputa por la herencia moral de las catedrales del vino, irradiadas a partir de la sede de Puig i Cadafalch.

No hace tanto, los Raventós reunieron en Sant Sadurní d’Anoia 525 integrantes de las cinco ramas de la familia (208 son accionistas del grupo, a través de la patrimonial Unideco) y de allí saltó Ricard Pagès al consejo de administración de la empresa de cavas. Los descendientes de los pioneros, Manuel o Jaume Raventós, pensaron que colocar un banquero en el sanedrín daría lustre a una sala de reuniones con telas de Casas y Utrillo, colgadas en sus paredes.

Transcurrido un tiempo prudente, solo cuatro miembros de la extensa saga están involucrados en la gestión de la empresa: Mar Raventós (presidenta), Xavier Farré, Ricard Raventós y Xavier Pagès, director general y hermano del ex presidente de Caixa Penedès.

La entrada de Ricard Pagès en el consejo de Codorniu se realizó en 2004, a través de Gestió Integral, una filial de Caixa Penedès, de discutible impronta. Aquella operación, criticada por los actuales gestores, coincidió con la salida de la rama de Magí Raventós, el hombre que había encabezado al grupo en la llamada guerra del Cava.

Raventós es un cruce de caminos sin perfil definido. Una nube de parientes y contraparientes, cuya complejidad ha visto nacer los protocolos de empresa y los comités de liquidez capaces de alimentar a los cónyuges que un día irrumpen con el ¿qué hay de lo mío? La tierra ensimismada. El miedo cerval al mercado de valores; pasto de las escuelas de negocio, que han sustituido a los canónigos y albaceas testamentarios de otro tiempo.

El flanco catalán de Los Buddenbrook, la opera prima de Thomas Mann; un tronco común en el que conviven tradiciones industriales --los Blanc, Fernández-Urrutia, Vidal o Basagoiti-- junto a recorridos de perfil autodidacta, como el de Ricard Pagès.

El banquero omnímodo ha sido también un directivo hermético. La estructura corporativa de su caja se lo permitió. La red comercial de Caixa Panedès creció tanto como su opacidad. Pero, ahora, Anticorrupción le hinca el diente. Parece que la Fiscalía ha encontrado petróleo; alguien a quien cargar el mochuelo; un freno ejemplar; la expiación arbitraria ante la destemplanza de tantos.
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