Responsabilidad y humildad

23 de diciembre de 2012 (12:51 CET)

El fuego cruzado que ha precedido y persiste al pacto CiU-ERC por la transición democrática y nacional, denominada por algunos Pacto por la Libertad, es una demostración de la capacidad de la onda expansiva generada desde Catalunya en las aguas estancadas del régimen de la Segunda Restauración española.

La respuesta virulenta del entorno de Moncloa es, sin embargo, una respuesta a la defensiva. Las amenazas de más asfixia económica y la ofensiva en temas simbólicos como la lengua indican que desde Madrid siguen la tan antigua tradición imperial británica: ni fuero, ni huevo. Enfocándolo desde la óptica económica, que es la que interesa a los lectores de Economia Digital: economía son números y psicología.

Los números son que Catalunya representa la quinta parte del PIB español, casi la cuarta parte de los ingresos del Estado, se acerca a la tercera parte de la exportación y a la mitad en ciertos ámbitos de la investigación y la innovación, y es el primer destino turístico.
 
Si Catalunya se queda en España, la incapacidad de la casta dirigente madrileña para abordar una reforma en profundidad que libere las potencialidades de los territorios a la vez que despoje al Estado de burocracia inútil, acompañada de ese orgullo hispano de querer aparentar más de lo que se es, llevará a la ruina toda la península, incluida Catalunya.

El análisis psicológico se puede describir rápidamente. Lo que está haciendo el Estado con Catalunya emula la escena del imbécil que sierra la rama donde está sentado o mata la gallina de los huevos de oro. Alguien puede decir que, precisamente, lo que quiere es que la gallina siga en el corral.

La gallina, sin embargo, está anémica y la sociedad catalana, activa y más innovadora, se está galleguizando mentalmente, por primera vez desde hace siglos. Ahora, la cuestión para la mayoría preparada no es estudias o trabajas; sino te sumerges o emigras.

Por tanto, los analistas internacionales bien informados, que no tienen en consideración ni las bravatas incendiarias del sistema comunicativo español ni las dosis de baño María del sistema catalán, saben que Catalunya, si no se va políticamente, se irá física y económicamente de España.

El imbécil habrá serrado la rama, pero habrá caído al pozo. Pongamos un ejemplo, el del tándem Montoro-Soraya: cerrar el grifo y suprimir la autonomía. ¿Quién se creen ustedes que debería hacer frente al pago de nóminas de sanidad o enseñanza cuando la Generalitat cayera en quiebra o fuera intervenida? Madrid. Y veríamos más que nunca, de forma descarnada y sin almohadas autonómicas protectoras, el choque frontal entre los derechos sociales de la ciudadanía catalana y el aparato del Estado. Una vía aún más rápida hacia la independencia.

En este contexto, el acuerdo Mas-Junqueras es el único revulsivo bueno para Catalunya y España, y por tanto para Europa. Escribo el artículo, mientras miro el debate de investidura. Y les aseguro que no hay ninguna euforia en los rostros de los firmantes del pacto, porque son conscientes de que eligen un camino partidistamente complicado, pero a partir del único análisis realista que se hace hoy en la Cámara catalana.

Un análisis que, partiendo de proyectos sociopolíticos alternativos (CiU y ERC), y reconociendo defectos propios de las administraciones, que en el tránsito hacia el Estado deben ir corrigiendo, pone el dedo en la llaga de la principal contradicción: ante la crisis global, incluso las naciones que tienen un estado, tienen dificultades para abordar su salida; Catalunya que tiene un estado en contra, no tiene salida.

Pero España, tampoco. Incapaz de cambiar con su composición actual, cuando se desprendiera de Catalunya y/o de Euskadi, se vería obligada en seco a reinventarse.

Veríamos renacer Al Andalus comercial e innovador construyendo puentes con Marruecos, veríamos un espacio gallego-portugués activo e, incluso, Castilla redescubriría el gusto por la posesión de una burguesía industrial y comercial que desplazara del poder a la oligarquía burocrática-financiera que manda desde la derrota de los Comuneros.

En Catalunya, en este contexto, sólo dos fuerzas abordan con decisión el enfrentamiento al principal reto estructural. Pero está claro que sin la apertura de más consensos políticos y sociales el reto es inalcanzable. Por tanto, en este momento escudarse en la inquina del Estado no sirve.

Depende únicamente de las fuerzas políticas catalanas, y de los agentes económicos y sociales, mostrar que están a la altura del cambio de ciclo histórico y por lo tanto dispuestas a sentarse en torno a una mesa para firmar una tregua social que dure mientras dure la transición. De la misma manera que las fuerzas españolas firmaron el Pacto de la Moncloa en los inicios de la democracia.

Esto es lo que daría estabilidad y confianza económica. Es patético, que alguna patronal verbalice la oposición al pacto sin proponer ninguna alternativa plausible, que no sea mendigar por enésima vez en Madrid para que no nos ahoguen, la misma semana que el frente PP-PSOE (eso sí que es frentismo) ha intentado de nuevo colar el Corredor Central a Europa sin éxito.

Que algún sindicalista se limite a reivindicar el no a los recortes, obviando las dependencias económicas de Madrid, que está centrifugando el rigor y la austeridad, y centralizando la flexibilidad y el gasto, sólo se puede entender desde prejuicios ideológicos estatalistas.

Por lo tanto, si las cúpulas sindicales y patronales no quieren ser barridas por el tsunami de sus bases, harían bien en sentarse a hablar con el eje Mas-Junqueras --y de otras fuerzas-- alrededor del Pacto Social por la Libertad, para ver qué sacrificios se está dispuesto a hacer y qué beneficios sociales habrá que priorizar a medida que lo permitan los pasos hacia la soberanía.

Éstos irán acompañados de una explosión de creatividad e incremento de recursos. Desde la humildad y con responsabilidad.
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