Reivindiquemos el jamón y al cartero

19 de diciembre de 2013 (17:43 CET)

Como muchos de ustedes, sufro el aluvión de felicitaciones electrónicas que aterrizan en el buzón de correo durante los últimos días. Al principio, cuando el correo electrónico era todavía compatible con el fax y las postales, hacía gracia que algunos remitentes te hospedaran en su base de datos. Si encima el mensaje era personalizado, resultaba toda una atención. Pero hoy, les confieso, es otra cosa, y he decidido dejar de sufrirlo en silencio...

No me opongo a recibir los centenares de felicitaciones electrónicas que recuerdan la proximidad de las fiestas navideñas y el cambio de año. He decidido, eso sí, no responderlas. La postal navideña de antaño era más entrañable, te daba datos valiosos sobre el remitente. Por ejemplo, sesgos como su letra manuscrita o su gusto y sensibilidad en la elección. Ver la firma de algunos amigos siempre resulta un pequeño placer grafológico. Cierto, en las empresas era un lío, pero uno de aquellos berenjenales que resultaban casi entrañables.

 
Ver la firma de algunos amigos siempre resulta un pequeño placer grafológico

Que la crisis haya reducido los regalos de empresa es entendible. Que se persiga un gasto más simbólico y recordatorio que otra cosa es de país moderno. Los lotes navideños lo han notado, según explican desde la industria, de forma notable. Nada que decir. Nos aplasta la lógica.

Ahora bien, quienes han sustituido todo el romanticismo navideño por una postal electrónica que sale disparada a un conjunto de destinatarios de una amplísima base de datos profesional deberían cesar en su actitud. No convence. Y si quieren felicitar por este medio de distribución y contacto, que tengan la atención de personalizar los mensajes. Que te hablen de algo común, de alguien o algo que conozcan de tí, de una afición... lo que sea para darle un toque mínimamente relacional al mensaje o felicitación.

A los periodistas (supongo que como en otras ocupaciones) nos sucede que por razones profesionales recibimos miles o cientos de miles de correos electrónicos al año del todo uniformizados. Es lógico. Pero siempre habíamos pensado que al menos las fuentes, sean políticas, empresariales o deportivas una vez al año, te miraban con otros ojos, más personales y menos industriales. La llegada del cartero o del mensajero con el jamón era casi un acontecimiento. Lo del e-mail navideño, en cambio, es más una estampa de Buñuel, aunque utilice tecnología del siglo XXI.
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