Reindustrializar España por encargo

26 de mayo de 2014 (13:52 CET)

Ha pasado medio año desde que una consultora multinacional ---Boston Consulting Group-- terminara su plan, encargado por el gobierno español, para el reforzamiento y desarrollo del sector industrial en España, con el que se pretende crear 370.000 nuevos puestos de empleo en un plazo de tres años.

Hasta ahora, lo único que se conoce de su implementación es un titular de prensa del ministro de Industria, José Manuel Soria, diciendo que necesitamos reindustrializar España, lo cual es una afirmación hecha con tiza o de trazo grueso que poco aporta a las necesidades futuras de la economía española que van dirigidas en ese sentido.

Resulta un lugar común para observadores y analistas de la economía española que nuestro país requiere con urgencia una política industrial, que ayude a convertir el conocimiento generado a través de la política de ciencia y tecnología, en nuevos productos, procesos, servicios y modelos de negocio. El problema es que la política de I D i en España deja mucho que desear y la crisis y los recortes presupuestarios la han dejado tocada del ala.

Nadie duda de que en nuestro país hay mucho margen de mejora en el proceso de transferencia de la universidad a la industria. Es una de las asignaturas suspendidas que requiere de una tarea ingente como es la reforma de la Universidad. Pero esa materia no se aprueba en un curso, sino que es una labor de décadas y convertir a nuestras universidades en un foco de creatividad y de innovación es una quimera que por ahora nadie se ha propuesto iniciar.

Pocas cosas han sido más estudiadas que las políticas de reindustrialización de un país y el consenso suele ser muy elevado ya que, mayoritariamente, se considera que todo país desarrollado, europeo, debe centrar sus esfuerzos en aquellas áreas y sectores relacionados con la economía del conocimiento. O bien tienen alta capacidad de tracción sobre otros sectores en el tránsito hacia este modelo de economía, o presentan ventajas competitivas más claras para esos países. Ningún miembro de la eurozona tiene otra aspiración, así que no somos exclusivos.

Tres son las áreas sobre las que los expertos recomiendan actuar con el máximo esfuerzo:

La primera, hace referencia al sistema educativo y de formación --fundamentalmente el universitario-- en donde sobresale la desconexión existente con la economía real frente a las necesidades de un entorno económico y social en constante transformación.

En segundo término, el objetivo es la economía del conocimiento que se apoya en la existencia de mercados tecnológicos competitivos y favorables a la innovación, orientados a la creación de valor y de bienestar. Y ello puede conseguirse sin necesidad de abarcar toda la cadena de valor, sino mediante pequeños agentes con capacidades competitivas en determinados eslabones de la cadena.

Y, por último, estarían las infraestructuras. No sólo las tradicionales, sino aquellas que incluyendo las tecnologías de la información y la comunicación, son piezas insustituibles que incorporan y generan conocimiento en los procesos de creación de valor, siempre que comporte la participación coordinada de distintos agentes que van desde las universidades a centros de investigación, pasando por científicos, empresas, emprendedores, etc.

España se enfrenta a la imperiosa necesidad de definir un nuevo modelo económico que debe considerar el desarrollo, la competitividad y la utilización permanente del conocimiento, como elementos fundamentales en la generación de valor de nuestra economía, inmersa en unos mercados que se suponen permanecerán globalizados como hasta ahora. Ese objetivo no pasa, desde luego, por un informe encargado a una consultora internacional que suele tirar de manual y vender a España lo que meses antes ha podido vender a cualquier otro país.

La experiencia de nuestro entorno pone de manifiesto que mejoras sostenidas de la productividad y la solidez de las economías son consecuencias de la transmisión y la utilización del conocimiento. Los rankings mundiales de competitividad reflejan que los primeros puestos están copados por países que han sabido hacer del avance tecnológico y la innovación, los motores de su competitividad y de su crecimiento económico. España, desde luego, no se encuentra en la parte alta de esos rankings.

España ha experimentado una pérdida de peso considerable en materia de innovación y su actual patrón de crecimiento se ha ido alejando de las premisas de la economía del conocimiento y, por ello, debería enfrentarse con urgencia a decisiones con un marcado carácter estratégico. Se trata de determinar dónde queremos estar dentro de dos o tres décadas, además de qué debemos hacer y cómo hemos de actuar. Y eso solo se consigue con planes de acción efectivos que solo pueden ser el resultado de planes de Estado aprobados por los grandes partidos que puedan asegurar su supervivencia en el tiempo.

Hasta ahora, los gobiernos españoles han demostrado cómo se puede dar la vuelta a una economía utilizando el BOE. Así están sectores, como el inmobiliario o el de las energías renovables, para demostrarlo. Aunque en ambos casos las experiencias hayan resultado ser tan caras como traumáticas. El solo hecho de pensar de lo que se hubiera sido capaz de hacer con dedicar al mundo del conocimiento una parte de lo que se ha ido en primas a las renovables, resulta muy ilustrativo.

Durante el gobierno de Zapatero, se implementó la estrategia de economía sostenible, aprobada en diciembre de 2009. Supuestamente vigente, está dirigida a renovar el modelo de crecimiento de la economía española, haciéndolo más eficiente en el uso de recursos y más sostenible en los ámbitos económico, medioambiental y social.

En su seno se enmarca el plan integral de política industrial 2020 cuyas acciones se vertebran en: mejorar la competitividad de la industria; fomentar la innovación y la I D; fomentar el crecimiento y el dinamismo de las pymes; favorecer la orientación de las empresas a los mercados internacionales y reforzar los sectores estratégicos. ¿Alguien se acuerda de él? ¿Es ese el final que el destino tiene reservado para el papel elaborado por el Boston Consulting Group? ¡Así, desde luego, no salimos del hoyo!
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