Reformar en democracias maduras

Rafael Suñol

25 de enero de 2015 (20:24 CET)

¿Quién Reforma? La pregunta es pertinente en el caso italiano, pero también se puede generalizar. Y si alguien está interesado en la ficción/realidad puede seguir la serie Borgen. Casi todos los países necesitan reformas, aunque para algunos son imprescindibles y urgentes.

Sin embargo, no siempre, ni necesariamente, confluye el carácter ineludible de las reformas con los gobernantes, es decir, los que tienen el poder político a los ojos de los ciudadanos y los que realizan las reformas. Pero sobre el carácter de las reformas necesarias, hablaré más adelante. 

Si siguen la política italiana verán que parece que se halla ante el "ahora o nunca". Por un lado, la situación económica es muy mala, peor que la española. Casi no crece, con un objetivo del 0,5% sobre el PIB para este 2015 y una deuda pública que asciende al 135% del PIB y que ha continuado creciendo en 2014. La tasa de desempleo se sitúa en el 13,4%, siendo del 50% entre los jóvenes. Se trata de unas condiciones, objetivas, para que cualquier país haga algo serio.

De momento, el primer ministro Matteo Renzi, líder del partido mayoritario en la Cámara, social-demócrata, heterodoxo, de 40 años, se ha empeñado en ser el reformador. Italia lleva 20 años perdidos con Berlusconi y con un sistema de organización política ineficiente. Era muy difícil obtener mayorías para gobernar y cuando sucedía, entonces ésta no se comportaba tan compacta como era necesario.

En el caso italiano, cuyo gobierno proviene de la izquierda, las reformas necesarias atentan al status de sus teóricos votantes, entre ellos los potentes sindicatos de clase. A pesar de la frontal oposición de "los suyos", parece que Renzi va avanzando en su reforma del mercado de trabajo --similar a la española-- que es clave para ser admitido en el club de las reformas que Bruselas y Berlín reclaman.

Renzi no tiene miedo. Proviene de la administración local. Fue alcalde de Florencia, popular y diríamos que sin complejos ideológicos. Derribó a Letta, un primer ministro amigo de Bruselas, apoyado por su partido. Llegó a Roma con un programa de reformas, ganó las elecciones europeas y pactó con Berlusconi, su enemigo político, para consensuar el alcance de las reformas. Ha sido ferozmente criticado por su ala más de izquierdas.

Pero parece que, de momento, va avanzando, no sin dificultades, en su plan. Cuenta con el apoyo del presidente de la República que ahora, dada su avanzada edad, dimite. Otra piedra. ¿El próximo presidente apoyará tanto como lo ha hecho Giorgio Napolitano?

Italia es muy complicada. No ha tenido un reformador como Felipe González y la corrupción, Berlusconi y la Mafia han hecho mucho daño. Además, es un país partido en dos mitades.También en Borgen, la interesante serie danesa, se producen situaciones muy similares, salvando las distancias. En la coalición de gobierno participa el partido laborista (socialistas) y tras una discusión sobre las jubilaciones anticipadas, el grupo se divide, creando una crisis de gobierno importante.

Reformar es difícil, como lo es cambiar las cosas en cualquier organización. La situación tiene que ser grave, acuciante. Tiene que existir un líder que empuje y el sistema político, o las mayorías parlamentarias, tienen que permitirlo. Cuando escribo estas líneas tienen lugar las elecciones griegas y hace unas semanas vimos el caso francés.

Todo tiene que ver con cambiar, con abordar problemas de fondo enquistados. Otro asunto es acertar en el tipo de reformas necesarias. Con la mayoría absoluta, por ejemplo, es suficiente para flexibilizar el mercado de trabajo o controlar las pensiones (caso de España), incluso, con ayuda europea, rescatar el sistema financiero.

Pero para liberalizar mercados, para hacerlos más competitivos, es mucho más difícil porque afecta directamente a unos intereses económicos concretos. Conseguir un sistema fiscal moderno es más difícil todavía, porque la equidad y la eficiencia perjudican a grupos concretos. Reformar el sistema administrativo y la administración de justicia también tiene sus resistencias corporativistas. Reordenar el gasto en educación, sanidad y protección social es ya una asignatura casi imposible. Italia está en ello. Esperemos que la Roma clásica les inspire
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