Razones (publicables) para que Conde y Lacalle no presidan Fira de Barcelona

07 de octubre de 2011 (19:27 CET)

En Catalunya los debates importantes, aquellos que se llevan con anticipación, planificación y discreción, se empiezan a tejer desde los verdaderos centros de poder. No me refiero al poder democrático, simbolizado por las instituciones, con la Generalitat de Catalunya y su gobierno al frente, sino al auténtico poder político, económico y social subyacente. Un poder que no se ve, pero que existe, y del que no se puede dar fe pública por la complejidad de los vericuetos por los que discurre y el silencio cómplice con el que se mueve.

Hay quien dice que en eso no somos diferentes de Madrid, pero después de años de olisquear uno y otro comportamiento, me atrevo a asegurar que sí. Sí hay un hecho diferencial en las actitudes. Igual que existe interés del grupo de poderosos catalanes por pasar inadvertidos mientras en la capital española quien no sale en la foto, no participa en el sarao o no le recibe el ministro de turno no existe.

Dicho eso, al grano. El próximo verano vencerán los mandatos de una buena parte importante de los consejeros de Fira de Barcelona. Su presidente actual, Josep Lluís Bonet (Freixenet), parece dispuesto a dejar el cargo después de un largo periodo al frente de la institución y después de haber dejado, atado y bien atado, el congreso mundial de móviles que le da oxígeno a la entidad ferial durante un tiempo prudencial. Agustí Cordón, el director general de la institución, tiene una meritoria cuota de éxito en todo ello.

Pues bien, en la trastienda empresarial, han comenzado los movimientos. Todos aquellos que están en el entorno de Fira de Barcelona insisten en que dos personajes han acelerado sus contactos y actividades públicas postulándose para suceder a Bonet. Se trata del cazatalentos Luis Conde y del inmobiliario Enrique Lacalle.

Ambos tienen cosas en común. La primera, que forman parte del entorno del conde de Godó y su grupo editorial (incluso son consejeros de la empresa). La segunda, que sus eventuales candidaturas son consideradas una amenaza a la ecuanimidad en la gestión de la institución por quienes ahora forman parte de ella. Hay una tercera, ninguno de ellos es visto como un candidato inmaculado, sino como sendos relaciones públicas de de alto nivel enla ciudad.

Centrémonos en esta última. Aunque Lacalle jura y perjura que no tiene interés y que las maledicencias que circulan sobre sus actividades y prácticas empresariales son fruto de la envidia, no niega que es un Firaman. Hace unos años, un presidente de la feria ya fallecido explicaba que nada más ser nombrado recibió una llamada de felicitación de Lacalle en la que le decía “esta es la mejor silla de la ciudad”. Lacalle lo niega y quien lo explicaba en su día no puede defenderlo, así que no merece la pena darle más pábulo.

Se gana la vida, principal y públicamente, con Barcelona Meeting Point y el Salón Internacional de la Logística. A punto de celebrarse, el certamen inmobiliario sufre la crisis. Las empresas nacionales no van y veremos gran cantidad de rusos pasear por los estands. Lacalle es un cliente de la Feria. “¿Te imaginas que alguien siente en su consejo a uno de sus clientes?”, me dice un empresario. Atrás queda su fama de comisionista, que algún diario de Madrid no deja de recordarle; aquel incidente de financiación ilegal del PP que lo vinculó con Javier de la Rosa y otras batallitas menores, como los favores prestados a no pocos periodistas influyentes de la ciudad, de los que el propio Lacalle no abomina.

Luis Conde tiene una empresa de selección de altos directivos. Durante años, muchos de los altos ejecutivos han pasado por su despacho y no pocos le deben favores. Es una buena atalaya para acometer un proyecto como la presidencia de Fira. Sus próximos dicen de él que es un lobista genético. Ahora preside el Salón Naútico de la ciudad. No tiene gran tradición ferial, pero según su entorno le ha cogido apego al asunto.

La última de sus hazañas es promover el regalo de un llaüd (pequeña embarcación de vela) a una alta personalidad del Estado, que diría Bárbara Rey. El asunto tiene coste e intentó endosarle el pago del detalle a la propia Fira de Barcelona. Tras recibir una contundente y financieramente argumentada negativa, Conde ha iniciado un periplo por la ciudad pidiendo fondos a empresas y empresarios. Como la especie ha corrido como la pólvora, muchos intentan evitarlo nada más notar su proximidad.

Esta misma semana le han dado la Llave de la Ciudad. En el acto no estaba Lacalle, que es un habitual de ese acto social con olor a rancio y por el que acaban pasando todos y cada uno de los altos ejecutivos de la ciudad. La ausencia fue largamente comentada entre los asistentes. ¿Habrá comenzado ya el distanciamiento?, sopesaba la discreta maledicencia barcelonesa.

A día de hoy, ni uno ni otro están bien vistos por buena parte del empresariado barcelonés. Algunos dicen que tanto Lacalle como Conde viven sus sueños feriales de la amistad invocada con Godó, Juan Rosell y/o Miquel Valls. Otros, llanamente, abogan por la opción de que, como ha sucedido en el poder político real, llegue la renovación a este tipo de instituciones. Vamos, que nadie le hace ascos a un cambio que oxigene algunos espacios del ámbito ferial catalán, en lo público (lo conocido) y en lo privado.
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