Ratas con galones, placa y pistola oficial

02 de julio de 2015 (12:00 CET)

¿Hemos de mantenernos cruzados de manos ante los excesos policiales que, en materia de contra inteligencia e intoxicación se fabrican en las cloacas del Estado? A algunos mandos políticos del Ministerio de Interior, el llamado proceso catalán les ha hecho salir del armario. Algunas prácticas, por sucias y torpes, parecen propias de otra época. Y de otro régimen.

En un Estado fascista, la Policía tiene manga ancha para actuar. La Policía de un estado fascista es…fascista, por lo tanto ejerce su autoridad a través de la violencia, la represión y la intoxicación sirviendo a intereses bastardos y tenebrosos.

España es un país democrático, por lo tanto su Policía es democrática. Pero, por lo que parece, no del todo. O no toda.

La sociedad, o la parte del Estado no represivo ni estrictamente gubernativo, adolece de mecanismos para impedir el uso torticero y particular que gobernantes o partidos políticos hacen o pueden llegar a hacer de las fuerzas de seguridad. Se podría decir que cierta casta del poder, en el poder, atesora su propio pequeño ejército de policías leales y untados de forma material o ideológica, que hacen y deshacen al margen de la tutela y el escrutinio de los otros poderes del estado y de la propia sociedad.

Ya lo dijo recientemente la presidenta del PP catalán: "(…) unos policías de los nuestros", refiriéndose a unos mandos en activo que le suministraban información delicada obtenida en consideración a su cargo.

Ocurrió en Cataluña hace muchos años, en plena investigación policial (y judicial) del llamado caso Pallarols. Se sabía que el empresario, sospechoso de falsificar cursos y embolsarse el dinero correspondiente a las consecuentes subvenciones de la Generalitat, tenía en un despacho de Andorra las pruebas documentales de su trama criminal.

El caso Pallarols afectaba a una parte importante de la coalición Convergència i Unió, que gobernaba entonces en la Generalitat. Esa parte afectada de CiU, una sombría agencia estatal de detectives y algunos sabuesos con carnet de la coalición nacionalista y placa oficial de Mossos d´Esquadra se conjuraron para que aquellos documentos delatadores que almacenaba Pallarols, desaparecieran. Y desaparecieron.

Alguien los robó antes de que la comisión judicial entrase en ese despacho para registrarlo. Una parte de CiU respiró aliviada. Y lo festejó jactándose de ello.

Dicen que alrededor de determinados comisarios, con el amparo del Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz y el beneplácito del PP, se ha dispuesto un enjambre de mandos policiales al servicio de la contrainteligencia, la intoxicación y la desinformación. Los convergentes lo llaman el GAL político.  

El proceso nacionalista catalán ha enervado al Partido Popular y ha sacado del armario y, también de sus casillas, a estos policías. Unos tipos turbios, al servicio del poder, militantes del poder y obedientes preventivos de las consignas del poder.

Se han fabricado dosieres falsos sobre los Pujol. Se ha intentado engañar y captar para la causa a reputados fiscales anticorrupción que a poco estuvieron de morder el anzuelo. Han elaborado dosieres y sometido a seguimientos, ni más ni menos, que a jueces y magistrados que firmaron un manifiesto defendiendo el derecho a decidir. Han filtrado decenas de mentiras con o sin el conocimiento de los periodistas que las han publicado. Mentiras crueles sobre personas vinculadas con el proceso, con el objeto de desgastarlo, deslegitimarlo y ahogarlo.

Hoy por hoy, Interior alberga y ampara a policías que deberían ser acusados, como poco, de inducir al delito, porque buscan lo que desean, aunque no exista. Y malversación de caudales públicos porque pagan por ello. Y pagan alegremente con el dinero de todos.

Ese tipo de cosas son las que dicen que hacen esos policías fascistas.

Lo de la corrupción en Cataluña es una metástasis voraz e ingente, afecte mucho, poco o nada al proceso. No es una invención del llamado GAL político.

Se trata de un escándalo de tal magnitud y con tales certezas jurídicas y penales ya sobre la mesa, que los cerebritos de la inteligencia del Estado no deberían de andarse fabricando gusanos para agujerear el queso que fabricó 25 años de gobierno monocolor. Simplemente, porque no es necesario. El queso, se descompone a pesar y con independencia de las ratas que lo merodean.

Todos los esfuerzos, los medios y sobre todo el dinero que ocupan en esta obsesión por buscar novias de juventud a los protagonistas del proceso catalán, podrían dedicarlo a la lucha contra la corrupción que ellos, de alguna forma, alientan con su conducta antidemocrática. La UDEF, ahogada por el volumen de trabajo y las presiones, lo agradecería.

La Policía se deslegitima en la medida que sus actuaciones, propias de otra época, salen a la luz.

Resultará, pues, que los únicos mecanismos de control efectivos contra esas prácticas fascistas se encuentran, hoy por hoy, en la prensa. Esta afirmación (o suposición), a un reportero como el que suscribe, resabiado, escéptico pero ineludiblemente romántico para con su profesión, no le suena del todo mal.

Sin embargo, visto con una perspectiva amplia, esa música no puede ser una buena señal de salud democrática por cuanto, además, la mayoría de la prensa de este país no actúa, precisamente, en un clima de independencia ni siquiera de mínimos. La prensa está subyugada por las subvenciones públicas y las hipotecas bancarias. Y en esa coyuntura de crisis profunda, se ladra mucho pero se muerde poco.

No debe de ser la prensa sino el poder judicial y la fiscalía, los organismos e instituciones que han de golpear duro en la línea de flotación de esos fascistas que viven en sus atalayas de poder, observándonos gracias a esos anteojos que lo ven todo (y sino, lo fabrican) y con el endiosamiento de quien ha comprado información sucia, a intermediarios y traficantes sucios que se pirran por el dinero sucio.

Esa información, como ocurriera con el histórico director del FBI, John Edgar Hoower, les confiere la patente de corso para la impunidad.

En un estado social y democrático de derecho no tiene cabida la impunidad. En el nuestro, por lo que se ve, sí.

Da la sensación de que aquellos mossos al servicio de CiU y estos policías al servicio del PP son de la misma calaña y actúan con similar arrogancia y ante la apática y casi cobarde inacción de los jueces y fiscales que mandan.

Mientras jueces poderosos y fiscales-jefe lo saben todo, y con todo especulan, y soplan, y resoplan, y contemporizan y hacen ver que trabajan removiendo la ensalada de los temas inocuos, algunos periodistas, quizá por apaleados, no dejan de ladrar. Una parte de ellos, incluso, moviendo el rabo para disipar las moscas que fabrica esta democracia totalitaria y escatológica en la que nos ha tocado vivir.

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