Rajoy y Sánchez acosados por su propio partido

06 de octubre de 2015 (20:54 CET)

Es un síntoma de la crisis profunda del sistema de partidos y de los partidos mismos. Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, jefes del PP y del PSOE respectivamente, se encuentran en situación de liderazgo vigilado. Es la respuesta lógica a sus posiciones de cesarismo dentro de sus partidos. Ordenan, mandan, deciden y comunican sus instrucciones, sin apenas guardar las formas de sus órganos de dirección. La resultante es un liderazgo débil en el momento en que se produce la más mínima contrariedad. Sus subordinados reproducen el mismo sistema y se adueñan de los pedazos de poder que ocupan en las organizaciones. Y desde allí, cuando el César está débil, afilan sus cuchillos.

Desde su llegada a la secretaría general del PSOE, Pedro Sánchez ha sufrido la contestación de la poderosa secretaria del partido en  Andalucía y presidenta de la Junta. Susana Díaz no solo no oferta disimulos del chantaje que ejerce sobre el secretario general, sino que cada vez que puede deja clara la vigilancia que ejerce sobre él.

El mensaje constante ha sido el condicionamiento de la permanencia en la secretaria general del PSOE a los resultados electorales, primero en las elecciones municipales y autonómicas; ahora en las próximas generales.

El último aviso se lo ha dado sorprendentemente Ximo Puig, presidente de la Generalitat Valenciana, con un juego de palabras latinas: "Carpe diem, tempus fugit. Todo en la vida, efectivamente, es revisable".

La situación no debe ser muy buena en el PSOE, cuando Pedro Sánchez, en una entrevista en directo con Carlos Herrera se ha mostrado sorprendido y contrariado por las declaraciones de Puig. O no ha tenido reflejos para quitar importancia a lo que pudiera ser una butade del líder valenciano o ha querido mandar un mensaje a otros dirigentes socialistas.

La verdad que la entrevista con Herrera no ha sido precisamente brillante. Enredado en "no estoy dispuesto a gobernar a cualquier precio" ha mostrado que la política diversa de alianzas desarrollada en los últimos tiempos por el PSOE, es uno de los flancos débiles del partido y es y será objeto de ataques por parte del PP.

La situación de Mariano Rajoy no es mucho mejor. Desde el mismo momento que se conocieron los resultados de las elecciones catalanas, José María Aznar se ha erigido en líder contra el presidente del propio partido, llegando a afirmar que Ciudadanos, de hecho, es percibido por los ciudadanos como el mejor defensor de la Constitución y como el verdadero representante del centro político. Con compañeros tan significativos como los que ahora tienen Rajoy y Sánchez, no necesita enemigos exteriores.

El verdadero ganador de estas disputas internas en el seno de los dos grandes partidos es, sin duda, el líder emergente, Albert Rivera. Solo tiene que poner el pie para que los balones entren en la portería de sus dos competidores.

El cesarismo en las organizaciones políticas es contagioso. Quien alcanza el poder en una comunidad o en una parcela del partido quiere reproducir el mismo esquema de barón. Y se considera en derecho de actuar para conservar su parcela de poder en un equilibrio oligárquico y piramidal, donde los militantes individuales son solo peones en manos de estos reinos de taifas.

En plena campaña electoral de hecho, las debilidades de Rajoy y Sánchez acentúan el estrés al que los jefes del PP y del PSOE se encuentran sometidos al estar en liderazgo vigilado.

Las últimas entrevistas radiofónicas de Rajoy y Sánchez demuestran que están inseguros. Mariano Rajoy, registrador de la propiedad, y en consecuencia, supuestamente experto en derecho civil, no supo explicar a Carlos Alsina como se pierde la nacionalidad española. Y Sánchez, hecho un manojo de nervios, ha dejado la puerta abierta a quienes utilizan como ariete que el PSOE solo llega al poder con "acuerdos de perdedores".

La situación en Podemos también es de calma tensa. Después de los resultados catalanes, su líder Pablo Iglesias, ya no es un mesías fresco, coletudo y descamisado. Y hasta se permite el lujo de pedir la palabra en una importante sesión del Parlamento Europeo para quedar en evidencia por encontrarse ausente cuando es llamado a la tribuna.

Con estos mimbres, estos líderes, dos meses y medio de campaña electoral pueden deparar cualquier resultado.

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