Rajoy, Montoro y Botella, un trío de 'House of Cards'

10 de septiembre de 2014 (00:00 CET)

El presidente Mariano Rajoy; su ministro de Economía, Cristóbal Montoro; y la alcaldesa del Madrid más pepero, Ana Botella, son un trío indisoluble. El presidente del Gobierno tiene entre sus virtudes conservadoras el manejo de los tiempos; el ministro de Hacienda, por su parte, es el rey del exabrupto y del frontismo; en el caso de la señora Aznar, todo es aún más complejo: se ha convertido en el esperpento del conservadurismo mesetario, en una especie de representación casposa del PP que congeniaba con Rouco Varela e Intereconomía.

Rajoy está tocado por su dominio del calendario. Lo hizo con la eventual intervención de la economía española por parte de la comunidad internacional y lo está repitiendo con el asunto del frente catalán. De hecho, este pasado junio dijo en la reunión del Círculo de Economía que sus críticos siempre sostenían que no tomaba decisiones sobre esas dos cuestiones, pero que justamente su inacción era una forma de gobernar, de tomar parte paciente por lo que sucedía.

El titular de Hacienda es un jienense que se cree gracioso, que se mete con los medios de comunicación (aún conservo su incunable burofax) que le critican y que es más papista que cualquier habitante del Vaticano. Con el caso Pujol, la Agencia Tributaria ha tenido un papel determinante, pero también ha cometido graves errores. No es éste el lugar para explicarlo, pero pronto lo señalaremos. Por eso sorprende que el bueno de Montoro se explaye sobre las chorizadas tributarias de Pujol mientras él tiene algún pequeño (o gran) cadáver en el armario de su partido.


 
La renuncia de la alcaldesa de Madrid es inteligente: de haber seguido habría perdido su cargo en las urnas

El caso de Botella es tan próximo a ese ejercicio del poder mediático y despiadado que retratan los cineastas y las televisiones americanas en series como House of Cards que hay poco comentario sobre ella que añadir. La mujer de José María Aznar entró en una lista electoral municipal de su partido cuando su esposo era el señor del partido. Por esos extraños recovecos de la política, acabó de alcaldesa de Madrid aunque ningún ciudadano de la capital española la hubiera votado. Ahora, Ana Botella anuncia que se va y que no volverá. Algo dice a su favor: si hubiera continuado habría perdido la alcaldía en las elecciones, un precio que no estaba dispuesta a pagar después de su majestuoso paso por el poder municipal. Ha sabido pasar a la historia sin acumular una derrota.

 

Cualquiera de los tres permitiría recrear un personaje de la serie estadounidense. Si no la han visto, recuperen sus capítulos y verán que estos personajes de ficción no distan mucho en esencia de los papeles que ejercen nuestros actores aspirantes locales. Por desgracia, los americanos no han creado todavía una teleserie sobre una comunidad con ansias independentistas (pese a la proximidad del Quebec), pero el día que lo hagan también podríamos sugerirles un suculento reparto para que lideren la audiencia. Aquí ya tenemos el cuerpo preparado y estamos dispuestos a acurrucarnos en el sofá.

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