Rafael Spottorno: El valido de la monarquía delenda

11 de enero de 2014 (19:07 CET)

Aparca en Zarzuela y se recoge en el Madrid de los Austrias, el mismo barrio en el que vivió un tiempo su tío, José Ortega y Gasset. El jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, primo hermano de José Ortega Spottorno, hijo del gran filósofo, nació el mismo año en el que el pensador revivió Revista de Occidente (con la ayuda de Fernando Vela, Julián Marías, Ruíz Castillo o Ernesto Halffter) y pronunció una conferencia en el Ateneo de Madrid, casi al calor de los últimos cañonazos, con este ilustrativo final: “viejo que venís el Cid/viejo venís y florido…”.

Los Ortega son gentes de grosor, que acaban siempre diciendo lo que piensan. Y por eso, a muchos les extraña el papelón de Spottorno en la Casa del Rey, un cargo al que fue nombrado en 2011 en sustitución de Alberto Aza, sigiloso gato de jardín entre donjuanes de noche y lentejuelas.

A pesar de ser diplomático de carrera, Spottorno fue el gran recomendado. O al menos eso dijo en vida el canciller Fernández Ordóñez, Superpaco, cuando se quejó a Zarzuela por la presión que ejercía Jesús de Polanco, el ex dueño de Prisa, a favor del nombramiento. El valido, Rafael Spottorno, entonces accionista minoritario del grupo mediático, tuvo que esperar tres años para que le nombraran secretario de S.M. el Rey, antesala de su jefatura actual, con rango de ministro.

Spottorno vale, pero muestra un tipo de adorno mesetario que solo está al alcance de los muy íntimos del Círculo de Bellas Artes. Por su apellido, es deudor mostrar la sobradez simpática de la Institución Libre de Enseñanza, pero no; Rafael prefiere la displicencia elegante. Quizá le viene de casta profesional, porque desempeñó cargos diplomáticos de poco trabajo y mucho cocktail en la embajada de Habana o en la de Río de Janeiro, y en otra un poco más labrada, como Bruselas, inundada por infinitos informes de los comisarios europeos.

Fue un filtro de pésima calidad el día en que Pilar Urbano, traicionando la confianza de Aza, fintó las barreras de Zarzuela, se metió en el tocador de la Reina y publicó las verdades de la griega. No supo cercenar con mano dura los negocios del consorte Urdangarin y no encontró el momento de decirle a su majestad Juan Carlos I que pusiera fin a las visitas de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, a la sazón, alteza serenísima.

Tampoco despidió a tiempo al Duque de Palma del consejo de Telefónica. Dicen que esto último fue un desliz, que una noche de ópera en el Real (daban Così fan tutte), Alierta le comunicó el cese del consorte; vamos, algo parecido a la foto del elefante en Botswana. Casi se enteró por la prensa.

Digámoslo claro: Spottorno no ha sabido aislar al Rey, como sí supieron hacerlo, en su momento, Nicolás Cotoner, Sabino Fernández y José Fernando Almansa, que también fueron jefes de Zarzuela. Al monarca, le pueden las compañías. Su Madrid valleinclaniano no pasa por el callejón del Gato. Su paraíso perdido está algo más lejos del centro, en las playas vírgenes de ultramar, en las marismas reservadas o en el Club de Tiro de Somontes; y es quizá allí donde bullen los entornos agresivos, poblados por hombres de negocios de Estado y buscadores de perlas, como los definió en su momento el New York Times.

A Spottorno le ha faltado sensatez. Y más ahora, a las puertas de una abdicación inevitable, se diga lo que se diga. El valido quiso una foto para la historia y la tiene. Pero se ha negado a sí mismo el respeto que obtuvo su tío Ortega y Gasset en Delenda est Monarchia, el famoso artículo aparecido el 15 de noviembre de 1931 en el diario El Sol, después de que Alfonso XIII, el abuelo de Juan Carlos, apoyara la dictadura de Primo de Rivera y tratara de reinar sobre la dictablanda de Berenguer. Zarzuela no es la Cartago de los númidas; no será destruida, pero las palabras de Ortega resuenan: “Españoles, vuestro Estado no existe ¡Reconstruidlo!”.

Cuesta vivir como un ciudadano más en tiempos tan poco gratos como los actuales. Todos caen. Spottorno también. El jefe de la Casa del Rey casó a su hija Blanca en el castillo de Batres, propiedad de los Moreno de Gala, pegado a Griñón. La madre de la novia, Pía Rubio d’Hiver, “experta en el arte de recibir y de la mesa”, se encargó de los adornos. Ella es la dueña de una tienda de porcelanas en el barrio de Salamanca, zona nacional, donde las esposas de los patricios de Madrid compran joyas de la Compañía de Indias.

Se le ha escapado in extremis la imputación de la Infanta Cristina, una nimiedad de comparecencia para que, “el señor juez se realice”, en palabras lamentables de la defensa. La calle está con José Castro, el magistrado que practicó la esgrima japonesa (kendo) y que es poco amigo del aplauso de la gente agolpada frente a la Audiencia de Palma cada vez que hay sesión del caso Nóos.

La España de la rabia y de la idea no está descartada.

El Directorio de Castro y del fiscal Pedro Horrach no alberga dudas respecto a la imputación en presuntos delitos de dos miembros de la Corona. Expulsando al consorte, no se ha podido evitar el escándalo. Castro, que ya instruyó los casos Palma Arena, Calvià y Sóller, ha convertido a su excelencia en el ciudadano Urdangarin. Pronto, la infanta solo será señora doña.
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