¿Queremos oportunidades y crecimiento? Tecnocracia representativa

Jordi Joly i Lena

14 de enero de 2013 (11:36 CET)

De las crisis salen las mejores oportunidades, y es ésta una auténtica realidad. Aunque en algunos casos se puede convertir en una oportunidad para ir precisamente hacia donde de ninguna manera se tiene que ir, ya que podemos incluso hacer pasos atrás importantes.

En situaciones como las actuales todo el mundo pone de manifiesto la necesidad de cambio, un cambio que posibilite no cometer los mismos errores del pasado. Aun así, los cambios no siempre son acertados, algunos pueden entender como cambio, por razones de proteccionismo a ultranza, volver al pasado, hacer pasos atrás que nos harán perder la competitividad de nuestro entorno y las garantías sociales de las futuras generaciones. Un ejemplo claro lo encontramos en la forma de entender la política y las organizaciones públicas (la administración pública).

Por reacción proteccionista, y a falta de saber ver más allá de la inmediatez, la política reacciona ante la situación de fuerte déficit público e indignación social, volviendo a un modelo que no se quiere acercar a la profesionalidad y la gestión. Si dejamos de lado las demagogias y los fuertes impulsos irracionales propios de la opinón inmediata del entorno actual, creo que una amplía mayoría estaría de acuerdo con las siguientes afirmaciones:

Primero, que la sociedad y el mundo actual son difíciles de gestionar, que si queremos ser competitivos nos hace falta máxima eficacia, eficiencia y productividad, nos hace falta una política y un sector público excelente y profesionalizado que gestione con altas capacidades los recursos públicos, y que sólo a través de estas capacidades se puede realmente salir antes de la crisis y construir un futuro más sostenible.

Segundo, si el mundo, la sociedad y los servicios públicos son complejos, como lo son también las grandes organizaciones públicas donde trabajan muchas personas y funcionarios con grandes valores y aptitudes, éstas se tienen que dirigir con gran experiencia y preparación. Por lo tanto, la función directiva pública profesional es algo absolutamente imprescindible si queremos un sector público excelente y que nos represente con dignidad y fortaleza.

Tercero
, que la alineación entre la política y las organizaciones públicas (administración pública) tiene que ser total y absoluta. La política tiene que entender que detrás de la misma va la gestión, que al mundo actual, la política sin capacidad ejecutiva se convierte en pura demagogia y está muerta a corto plazo, no podrá competir, no podrá aportar confianza a la ciudadanía.

Cuarto, que la función directiva pública no es política, es gestión y management de altísimo nivel, los llamados "altos cargos" políticos, no tendrían que existir excepto en muy contadas posiciones de enlace y apoyo, si hablamos de dirección de grandes organizaciones con recursos económicos y personas, tendríamos que hablar "de altos directivos", de contratos profesionales de alta dirección, que no sólo tienen que tener las capacidades propias para gestionar grandes organizaciones privadas sino que para acceder a la pública, además tendrán que disponer de otras muchas capacidades adicionales para saber dar respuesta a algo todavía más complejo de gestionar y gobernar cómo es el entorno público.

Si estamos de acuerdo con las afirmaciones anteriores, concluiremos que se está llevando a cabo una reacción equivocada. Se legisla para lograr la estabilidad presupuestaría de forma urgente e inmediata. Se condiciona la estabilidad presupuestaria al regreso a una administración clásica, una administración en manos únicas y exclusivas de un alto funcionariado mal entendido, un funcionariado controlador y contrapuesto a cualquier modernización organizativa de la administración, muy lejos del que tendría que ser una organización ágil, flexible, competitiva y a la altura de las necesidades actuales, una administración que dialogue y encuentre espacios de partenariat público-privados en claro beneficio para la sociedad actual.

Se parte de la base que no se puede dar ningún tipo de autonomía organizativa ni de política financiera a nadie, sencillamente por el hecho que tenemos unas organizaciones públicas incapaces y una política que nunca superará el interés para el corto plazo, el interés hacia su colectivo y resultado electoral. En conclusión, no nos damos cuenta pero, que estamos provocando la retirada, se toman soluciones radicales pero fáciles y parvulistes, no estamos dispuestos a correr ningún riesgo más, aquí no se cree en un mismo y por lo tanto se está apostando por un regreso al pasado.

Nada de administraciones públicas que estén a la altura de los retos actuales, nada de ser ágiles y competitivas, nada de tener capacitados auto organizativas (ni que estés en plena estabilidad presupuestaria y con bajísimos niveles de deuda), nada de innovar aquí. No hay ni existirá confianza, aquí sólo hay que volver al pasado. Haz lo que está escrito en la ley y punto, no pienses, no vayas más allá, no construyas nada de nuevo.

Si el pasado nos diera pruebas que antes, con la administración pública clásica se había dado ejemplo, pues quizás, aunque contrariados, nos podríamos quedar algo más tranquilos. Pero no es así, los presupuestos no se han gestionado nunca de forma correcta (evidentemente generalizo y loables excepciones afortunadamente dan muestra de que todavía hay esperanza), ni en tiempo de bonanza ni en tiempo de crisis, y si no miráis atrás y miráis a cuántos días ha pagado de forma histórica el sector público a sus proveedores, ¿es que ha pagado alguna vez bien? Tendríamos problemas incluso para recoger datos, puesto que este indicador, los días que se tarda al pagar a un proveedor, no ha sido hasta hoy una preocupación política ni de la propia administración. Los que lo han sufrido siempre de manera silenciosa han sido los proveedores y el sector privado en su conjunto.

En definitiva, para cumplir los objetivos de estabilidad y poner orden al sector público y sus finanzas, tenemos dos modelos sobre la mesa para hacerlo posible, por un lado el cambio a una auténtica modernización y profesionalización que vaya más allá y sea auténtico motor de crecimiento económico, y de la otra, el regreso a modelos clásicos, administrativos y burocráticos. Está claro que desgraciadamente, se está imponiendo este último, vamos hacia una política más sectaria, más alejada de la gestión y la profesionalidad, y hacia una administración burocrática, sin espíritu ni capacidad de superarse a sí misma por carencia de motivación.

Si cogiéramos el modelo de cambio competitivo nos haría falta una nueva manera de entender la política, una política más profesional, tecnocràtica, esta palabra que tanta angustia les hace a muchos, pero que se condición absolutamente indispensable para garantizar la sostenibilidad y el bienestar social en un mundo complejo. Es la tecnocràcia representativa posiblemente la garantía democrática más radicalmente social contra el que parezca a primera vista, seguramente, pero no estamos todavía preparados para verlo y aceptarlo. Seguramente tendríamos que empezar para redefinir y formular cuál es, en el marco de la época actual, la función de un partido político.

Si cogiéramos el modelo de cambio competitivo tendríamos que repensar la política y apostar por la profesionalización de la misma. A la vez, esta tendría que ser responsable de proveer y fomentar un sistema con la creación, impulso y promoción de auténticos directivos públicos capaces de ponerse al frente de organizaciones muy complejas, tanto públicas como privadas.

El sentido común nos tendría que decir, si queremos que nuestro país sea competitivo y nos garantice el futuro, que necesitamos una política que garantice las capacidades personales y profesionales, y unos directivos que sean incluso mejores que los directivos de las empresas privadas. No podemos castigar el talento y fomentar la salida de los que puedan tener capacidad para afrontar estos retos.

En cambio, y esto es muy grave, como damos por hecho que no confiamos en la política, hay que reducirlos a la mínima expresión los sueldos en comparación a los enormes retos que tienen que gestionar, desgraciadamente, el efecto que conseguiremos será todo el contrario, una consolidación de la mediocridad y el fomento de los partidos clásicos de toda la vida. A muchos ya les va bien, pocas personas capaces y preparadas querrán formar parte de proyectos similares. Luchamos con las herramientas equivocadas para estar a la altura de la complejidad del mundo actual.

Vamos en dirección contraria, esto si se consigue unanimidad, puesto que hacer ver que se castiga a la política y a las direcciones públicas es venta garantizada. La demagogia permite tranquilamente crear el mejor escenario para los oportunistas, sólo hay que decir que todo el mundo se bajará el sueldo a mínimos y no gastaremos nada, es el anticompetitivitat socializada, es el castigo al talento, a la superación personal, a los retos y al querer ser mejores ...nuestro problema es claramente cultural y las soluciones pasan por el individuo, todos somos culpables del que ha pasado y tendemos a traspasar la responsabilidad a entes impersonales como la política, los bancos, etc., sin cesar ni ha pensar en nuestra propia responsabilidad como personas, las organizaciones y las instituciones públicas y privadas. No sueño nada más que la suma de elementos culturales formadas por la acción de las personas, las personas sufrimos las consecuencias de aquello que hemos creado, de aquello que hacemos y construimos, por eso se tanto importando la cultura y los valores que conforman la base de un pueblo.

Yo apuesto para volver el valor y la confianza a la política, quiero y necesito tener los mejores políticos posibles para mi país, sencillamente porque lo quiero. Y quiero que logre todos sus objetivos colectivos, por ahora, para superar las adversidades actuales y para nuestros hijos, ante quienes somos responsables directos del que les dejaremos.
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